Turismo carcelario: preso por placer

En la antigua prisión militar de Karosta (Letonia), si lo desean, los viajeros pueden incluso pernoctar en una celda siendo tratados como los reclusos en la época soviética... 'La noche extrema', lo llaman

Turismo carcelario: preso por placer
ISABEL IBÁÑEZ

Al pisar la isla de Alcatraz, la sensación de haber estado ya en la penitenciaría más famosa del mundo se apodera del visitante; incluso le parece haber logrado escapar de sus muros, soportando las gélidas aguas de la bahía de San Francisco (EEUU) y sorteando tiburones. ¡Si solo hay que fabricar un modelo de la propia cabeza con yeso, pintura y pelo y excavar un túnel con una cuchara! Tan potente es la historia de esta cárcel y tan bien la reflejó Don Siegel en su película de 1979 'La fuga de Alcatraz', protagonizada por Clint Eastwood, que recorrer sus pasillos es caminar como por un decorado de Hollywood. Esperando descubrir al entrar en cualquier celda a Burt Lancaster cuidando de sus pajarillos, como vimos en la tierna y brutal 'El hombre de Alcatraz' (John Frankenheimer, 1962). La Roca, así la llaman, recibe unos 5.000 visitantes diarios, más de millón y medio cada año, a 39,90 dólares el tour diurno y 47,30 el nocturno (35 y 42 euros, respectivamente). El turismo carcelario tiene su público, y mucho. Hagan cuentas.

Hay muchas prisiones para visitar a lo largo y ancho del planeta, pero entre las más curiosas está, sin duda, la de Karosta –un barrio de la ciudad de Liepaja, 70.000 habitantes, la tercera más grande de Letonia–, construida recién estrenado el siglo XX con la intención de ser hospital, aunque nunca lo fue. Y es tan llamativa, en primer lugar, porque se mantiene prácticamente igual que cuando encerraba entre sus paredes a soldados y oficiales, porque se trata de una cárcel militar de la época soviética que funcionó hasta 1994, cuando fue abandonada. Durante la ocupación alemana del territorio letón en la Segunda Guerra Mundial fue utilizada con los mismos fines por los nazis (Hitler enviaba allí a sus desertores para que los fusilaran). Y antes también fue penal en la época zarista. Así, cientos de prisioneros de diferente signo han sido asesinados entre sus muros. Muchos están enterrados en el bosque que los rodea.

Pero, aparte de su interesante historia, ofrece un ingrediente especial: un 'show' en el que los visitantes pueden sentir en propia carne lo que pudo ser 'vivir' en ella. Más allá, incluso es posible pernoctar en sus celdas, algo que se puede contratar en otras cárceles reconvertidas en hoteles. Pero aquí no ha habido reconversión alguna, vaya, y el cliente deberá dormir en los catres metálicos donde antaño lo hacían los reos.

Interrogatorios, flexiones, sustos durante la noche, limpieza de letrinas... Aunque el tour de 2 horas ya basta para vivir «una genuina experiencia carcelaria»

Existe otra posibilidad, la más 'heavy': 'la noche extrema', la llaman, donde será tratado como un preso siguiendo el protocolo que funcionaba en los años ochenta: le obligarán a hacer flexiones y correr por el patio –«¡Caminen más rápido, cerdos, no aflojen el paso!»–; le despertarán quién sabe para qué demonios en medio de su sueño, que disfrutará tirado sobre un delgado colchón en el suelo o sobre el camastro de hierro, usted elige; le gritarán a dos centímetros de la cara; tendrá que limpiar el retrete con un cepillo de dientes; aguantar chillidos desgarradores en medio de la noche y ducharse con agua fría... Antes deberá haber firmado un papel donde da su consentimiento para soportar los abusos verbales y el ejercicio físico a los que le someterán. ¿El menú? El que corresponde a su condición de reo: mendrugo de pan y té. Todo por 17 euros. ¿Divertido? Los calabozos aguardan listos para acoger a los más díscolos.

«Abrimos en 2003 con 'Tras las rejas', un 'show' interactivo de unas dos horas que brinda a los visitantes una genuina experiencia carcelaria. Pero fue el público quien demandó experimentar esto durante una noche completa, y lo hemos cumplido», dice Monta Krafte, portavoz de la prisión de Karosta, que además de 'hotel' es también museo. Informa de que ha habido hasta el momento unas 6.500 personas «lo suficientemente valientes» para superar esta modalidad desde que la puso en el mercado. Se llega a las nueve de la noche y hasta las nueve de la mañana permanecerá recluido. Doce horas en las que no se aburrirá: prometen ejercicios militares, controles médicos a cara de perro, interrogatorios, caminatas a paso de marcha... «En su mayoría, los 'reos' reaccionan normalmente, porque es algo que han elegido sabiendo las consecuencias de antemano. Solo en alguna ocasión han decidido abandonar». Una decena de personas hace posible este espectáculo; «ninguno de ellos actores, sino entusiastas de la Historia y de este periodo en particular».

De todos modos, el grueso de los visitantes de Karosta no se atreve con 'la noche extrema' y contrata solamente el tour de un par de horas, donde asisten a una pequeña muestra de todo esto. Unos 30.000 curiosos recorren las instalaciones de esta edificación de ladrillo cada año, una de las atracciones turísticas más populares de Letonia. «Creo que son las ganas de experimentar la sensación auténtica de estar en un lugar que se ha mantenido prácticamente sin cambios desde los tiempos del zar lo que les atrae», dice Monta Krafte desde la prisión.

La madrileña Marta Aguilera vivió para contarlo. Ha visitado varias cárceles famosas, entre otras la de Alcatraz. De ésta dice: «Una de las visitas más interesantes que he hecho. La forma en que cuentan la historia es muy atractiva, así que estás todo el recorrido pegada a la audioguía. Además, el sitio es una pasada». También paseó entre los muros del penal de Ushuaia, la 'cárcel del fin del mundo', que funcionó en aquella ciudad del sur de Argentina entre 1902 y 1947 para recluir a delincuentes comunes reincidentes y a los más peligrosos, además de presos políticos; estaba tan aislada y las condiciones climáticas son tan duras que ni siquiera ponían empeño en perseguir a los fugados; volvían muertos de frío o hambre. Y si no volvían era porque estaban muertos, pero de verdad.

Otros puntos de interés en Karosta (Liepaja, Letonia)

Edificios soviéticos abandonados
Hasta que se fueron los últimos soldados de la URSS, Karosta fue una base militar cerrada a los civiles de la ciudad de Liepaja (a la que pertenece), con 25.000 militares. Con su marcha, la mayoría de los edificios, típicos de la arquitectura soviética, quedaron deshabitados y así permanecen en buena parte hoy.
Base naval y fortaleza
La fortaleza y el canal fueron las primeras construcciones del gran complejo militar de Karosta, levantado entre 1893 y 1906 por el zar Alejandro III. Hay una visita guiada que ofrece la posibilidad de ver los restos de esta base naval a orillas del Báltico para recorrer sus laberintos subterráneos a la luz de las antorchas.
Catedral ortodoxa de San Nicolás
Construida en estilo bizantino entre 1900 y 1903, no tiene una sola columna; la masa de cinco cúpulas está sostenida por cuatro arcos que se cruzan. Es la iglesia ortodoxa más grande de Letonia. En época de la URSS resultó muy dañada (la utilizaron como club de marineros y cine), y fue recuperada en los años 90.

En el curso de su viaje a Letonia, Aguilera quiso hacer parada en Karosta y lo narró en su blog de viajes (www.lamochilademama.com), aunque solo hizo la visita corta.

¿Se quedó con ganas de pasar la noche como reclusa?

– No me hubiese importado, tiene que ser una experiencia muy curiosa. De eso nos enteramos cuando ya estábamos allí y no había hueco, así que nos conformamos con la visita guiada y sus pequeños castigos.

¿Qué fue lo más impactante?

– Durante el tour guiado te ponen en situación. Por ejemplo, les obligaban a leer durante una hora en cuclillas con la espalda pegada a la pared. Pues nos tuvieron unos minutos en esa posición... ¡y es muy duro! No me quiero imaginar una hora así. Otra cosa que me sorprendió es que, al parecer, nadie logró escapar de esa cárcel. Si ordenan apagar las luces o guardar silencio, hay que obedecer sin rechistar. De lo contrario, te meterán en la celda de castigo en la más absoluta oscuridad durante cinco minutos.

Esta visita se enmarca dentro del llamado 'turismo oscuro'. ¿Qué opina de este concepto?

– No sé decir si me gusta o no. Lo que sí me gusta es conocer lugares reales donde han sucedido cosas. Por ejemplo, ahora que está tan de moda Chernóbil por la serie, creo que nunca iría a ese lugar. No sé si Auschwitz es considerado turismo oscuro, pero yo lo definiría como turismo necesario. Necesario porque es importante conocer y ver con tus propios ojos lo que supuso el Holocausto, para que jamás vuelva a repetirse. Más allá del punto morboso que tienen este tipo de visitas, creo que en este caso es necesario hacerse una idea de lo que fue esa salvajada. Hay cosas que los libros de Historia no son capaces de transmitir.

Caminando por el lado salvaje es una serie de reportajes sobre lugares sacudidos por el crimen, la desgracia o la polémica que los turistas visitan para concienciarse, conocer de cerca o... por puro morbo.
Caminando por el lado salvaje es una serie de reportajes sobre lugares sacudidos por el crimen, la desgracia o la polémica que los turistas visitan para concienciarse, conocer de cerca o... por puro morbo.

Peter Hohenhaus es un alemán curtido en destinos 'oscuros' porque ha visitado ¡más de 700! y tiene una web donde se explaya a gusto sobre el tema (www.dark-tourism.com). Estuvo en Karosta en 2014 y reconoce que estamos ante uno de los destinos «más oscuros» del mundo. Contrató un tour privado por su cuenta: «Mi guía trabajó en la prisión como 'guardia' una temporada. Nos condujeron a través de algunos corredores oscuros y nos mostraron varias celdas, algunas con pintadas en las paredes, desde mensajes genuinos de prisioneros de la época hasta nombres de bandas añadidas recientemente, vi un AC/DC y un Depeche Mode. Las letrinas fueron una vista particularmente desalentadora, especialmente después de que nuestro guía informara de que, en el pasado, a los presos se les permitía el acceso a estas 'instalaciones' solo dos veces al día, todos a la vez, bajo observación y con una presión severa. Entonces, si no podías 'hacerlo' en tales circunstancias... ¡mala suerte!».

El viajero alemán decidió no realizar ninguno de los tours dramatizados, al considerarlos inapropiados: «¿Es éticamente aceptable interpretar los horrores de una prisión de este tipo para turistas que posiblemente estén más interesados en algún tipo de 'experiencia extrema' que en conocer los antecedentes históricos?». La mayor parte de las cárceles reconvertidas en hoteles son hoy eso solamente, lugares modernos donde pernoctar, nada de camastros ni 'performances'. Y luego están las que honran la memoria de lo que allí pasó, ofreciendo visitas informativas, sin mayor aderezo. Es el caso de la de Alcatraz o la dublinesa Kilmainham Gaol, en Irlanda, conocida gracias a la película de Jim Sheridan 'En el nombre del padre'. Allí rodó la historia real de la injusta condena por acto terrorista a los 'Cuatro de Guildford', con Gerry Conlon a la cabeza. También la pavorosa S-21, donde los jemeres rojos eliminaron previa tortura a decenas de miles de camboyanos, y la sudafricana Número 4, en Johannesburgo, testigo mudo del 'apartheid', al que hoy recuerda en un memorial;separados por colores, dormían tres blancos por celda, el mismo habitáculo en el que podían hacinarse hasta 60 negros.

Memoria. Arriba, la isla de Alcatraz. Debajo, la cárcel dublinesa de Kilmainham Gaol y los 5.000 cráneos en honor de las víctimas de la prisión camboyana S-21. / Reuters

Ciudad abandonada

El vallisoletano afincado en Cataluña Rubén Alonso, viajero y bloguero (www.rubenyelmundo.com), estaba haciendo un viaje por las repúblicas bálticas, «pero tenía ganas de conocer las cosas más extrañas, frikis, y locas conectadas con el periodo soviético». Y leyó sobre Karosta, «una antigua zona militar con bunkers muy poco visitada, con el atractivo de la ciudad fantasma casi totalmente deshabitada». Porque, con la marcha de los últimos soldados (25.000 llegaron a vivir allí), la base militar cerrada para los civiles pasó a ser un barrio de Liepaja, aunque buena parte de los edificios construidos en estilo soviético quedaron vacíos y fueron ocupados en buena parte por personas desfavorecidas. También están saqueadas las casas de la época zarista. En Karosta solo viven hoy unos pocos miles de personas, aunque el turismo impulsado por la prisión está devolviéndole la vida poco a poco.

A Alonso, que hizo la visita de dos horas por la cárcel, le pareció «divertida, interesante y estresante. Lo hacen muy bien porque, desde el minuto uno, procuran que no te lo tomes a chiste; no es una chapuza, los actores están fenomenal y se meten en el papel de polis buenos y malos o brutos; al graciosete del grupo le obligan a una sesión doble de abdominales y le dejan encerrado, y son más flojos con el que va estresado o agobiado. Aunque, al final, se convierte más en parodia». Al terminar, organizan una charla didáctica para complementar el aprendizaje y explicar que las cosas que se ven allí dentro ocurrieron, «para que se sepa lo que eran realmente las prisiones soviéticas. Muy interesante, porque hay muchas cárceles convertidas en hoteles, pero esto es diferente», dice el viajero, que grabó un vídeo sobre su visita que ha sido visto 35.000 veces. En los cien años que esta prisión se mantuvo en activo, nunca nadie consiguió escapar. Sobre la puerta de la celda de aislamiento puede leerse esta frase: «Izeja no elles», que significa «Salir del infierno».

Otros destinos de turismo carcelario

Alcatraz (EE UU)
Es la prisión más conocida del mundo pese a que solo estuvo abierta 29 años, sobre todo por la película 'La fuga de Alcatraz'. Se basa en la historia real de la única huida con éxito de los catorce intentos registrados, que protagonizaron Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin. 1,5 millones de personas visitaron en 2018 la prisión de Alcatraz. Todos los días está completa.
Tuol Sleng, S-21 (Camboya)
Entre 1975 y 1979 desapareció la cuarta parte de la población camboyana; 2,5 millones de personas murieron en esos cuatro años de régimen de los Jemeres Rojos, que pusieron en marcha 150 centros de exterminio. El más famoso fue el S-21, reconvertido en 1980 en el Museo de los Crímenes Genocidas de Tuol Sleng.
Robben Island (Sudáfrica)
En una celda de dos por dos metros de esta prisión a 12 kilómetros de Ciudad del Cabo pasó Nelson Mandela 18 años de los 27 que padeció encerrado a lo largo de toda su vida. Clausurada y reconvertida en museo en 1999, recibe a unos 50.000 visitantes al año.
La Torre de Londres
Construida en 1076 como fortaleza, el primer reo data de 1100. Entre los ejecutados allí destacan Ana Bolena y Tomás Moro. 2,8 millones de visitantes en 2018 hacen de las mazmorras londinenses uno de los mayores atractivos de la ciudad.
En España
La Modelo de Barcelona se inauguró en 1904 y en 2017 cerró sus puertas al confinamiento para abrirlas a las visitas. Viernes, de 17.00 a 18.00 horas, y sábados, de 10.00 a 18.00. El patio exterior está disponible de lunes a sábado de 10.00 a 19.00 horas. Gratis y sin inscripción previa. La cárcel de Broto (Huesca) tiene una interesantísima colección de pintadas de reos en sus muros, desde el siglo XVIal XX.