No me toques el patriarcado

La próxima vez que te alteres ante la palabra feminismo y lo que conlleva , piensa de qué lado estás y qué tipo de ser humano prefieres ser

No me toques el patriarcado
PATRICIA PAZ
CRISTINA CONSUEGRAMÁLAGA

En los últimos años, de entre todos los ismos posibles [reales y ficticios], el feminismo ha ganado la batalla de la opinión pública. Se ha incorporado a las arterias de las sociedades contemporáneas que aspiran a asentar y fortalecer los valores democráticos. Ahora bien, antes de lanzar fuegos artificiales o de abrir un perfil anónimo en Twitter, hay que considerar que esta amplificación en la potencia de su mensaje [lleva siglos luchando por ser escuchado] no se traduce, de modo proporcional, en la realidad real de la vida de las mujeres, especialmente, en lo que a violencia de género se refiere, pues sigue siendo éste [y no otro] el asunto primordial que cualquier Estado debería aspirar a solucionar utilizando para ello cuantos recursos estén a su alcance. Falta una legislación actualizada, adaptar la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género que se ha quedado obsoleta en algunos aspectos. Y, por supuesto, cumplir el Convenio de Estambul. La norma señala horizontes, modifica comportamientos y abre en canal prejuicios. Es hora de que la legislación se ponga dura con el patriarcado. Por cierto, cuando ponemos en duda la conciencia feminista, en realidad, estamos poniendo en entredicho la propia democracia. Conviene aclararlo.

Feminismo. Cuánta belleza encierra y cuánta incomodidad genera. La hemos susurrado durante años, la hemos nombrado con la boca pequeña, entre toses, en alguna ocasión, incluso, nos hemos atragantado. La hemos hecho carne ante miradas implacables, ante la ignorancia de quien cose su significado a la supremacía de las mujeres [¡ese hype! Ni machismo ni feminismo y blablablá]. Feminismo. Su eco aspira a llegar a los tribunales para que quienes juzgan no perviertan sentencias bajo una visión basada en la pornografía hegemónica; el mismo eco que lleva a las calles el mensaje de rechazo y denuncia por las violaciones en grupo [más de 100 desde 2016]. Por la violencia de las agresiones y abusos en el ámbito profesional que deja en el camino el talento de miles de mujeres [ ver 'The Loudest Voice' serie que muestra los abusos y agresiones que sufrieron empleadas de Fox News por parte de su fundador, Roger Ailes. Patrón común]. Feminismo. Su latido nos interpela, así, los principales medios de comunicación [obsesionados por el tráfico en redes, cierto, pero también por la responsabilidad social] han incorporado secciones desde las que reflexionar sobre la práctica feminista [aceptemos los escritos desde una misoginia militante como animal de compañía]; ese latido ha encontrado acomodo en las conversaciones, se produzcan en el ámbito público o privado, y ya no es tan fácil desplegar el amplio abanico de idioteces habituales que el patriarcado lleva incorporado de serie [piropos, manos XXL y -todo un clásico- el mansplaining]. Feminismo. Su impulso, siempre crítico, cuestiona el urbanismo de las ciudades [las mujeres, con sus cuidados impuestos y cansancio a cuestas, necesitan zonas más espaciosas], el modo con el que nos relacionamos en las calles, en el transporte público [ay, el despatarre masculino]; este impulso, cuya ética te lleva a plantearte una manera de estar en el mundo [colectiva, justa, igualitaria] contraria a la exigua oferta del individualismo, tan voraz y hostil con la experiencia de la vida, dialoga con el ecologismo y la ética animal. Feminismo. Una única palabra, y su significado, para corregir los estereotipos que observamos en los parques infantiles; para corregir las asimetrías de nacimiento [mochila de piedras, para ellas; mochila de privilegios, para ellos] y su cultura del doble esfuerzo; para corregir esas masculinidades trasnochadas que causan tanta infelicidad a los hombres. Feminismo para construir sociedades justas, libres e iguales [¿y más cultas?].

Feminismo. Cuánta belleza y cuánta incomodidad genera

Dice Espido Freire, en el prólogo a la edición actualizada de 'Feminismo para principiantes', de Nuria Varela, justo en el arranque de ese texto esencial: «los libros han de recuperar el ritmo lento, la necesidad de trascendencia imprescindible para que la reflexión y el aprendizaje brinden un mínimo de sentido a la sociedad moderna. Actuar de otra manera sería, a estas alturas, imperdonable». Esta cita que destaco, siempre me ha parecido, en cierto modo, una definición precisa de lo que es el feminismo [sustitúyase libro por feminismo]. También reside en ella lo que no debe ser, hay demasiados intentos por secuestrarlo, por manosearlo y retorcerlo hasta que pierda su sentido; por vincularlo a ideologías de rapiña; demasiados intentos por mover a la mujer del centro del feminismo, por borrarnos como sujeto político para ser sustituidas por quienes sólo le hacen el juego al patriarcado. Por convertirlo en un movimiento urgente frente a lo que siempre ha sido un movimiento político, importante, ambicioso, académico, rebelde, insumiso. El patriarcado es implacable, sí, pero el feminismo es el único contrapoder posible, basado en la justicia, articulado por mujeres que «toman conciencia de las discriminaciones que sufren por la única razón de ser mujeres». Está todo ahí. Ni más ni menos.

Así que la próxima vez que te alteres ante la palabra feminismo y lo que conlleva piensa de qué lado estás y qué tipo de ser humano prefieres ser. Porque, además de todo lo escrito, el feminismo te hace ser alguien digno de estar en el mundo.