Soulemanou descubre la tierra prometida en Málaga

Acompañamos a un inmigrante camerunés llegado a la capital en patera en sus primeros pasos libres por el sueño europeo

Soulemanou regresa con su hijo por primera vez al Puerto de Málaga, donde recaló tras ser rescatado por Salvamento Marítimo. /FRANCIS SILVA
Soulemanou regresa con su hijo por primera vez al Puerto de Málaga, donde recaló tras ser rescatado por Salvamento Marítimo. / FRANCIS SILVA
Susana Zamora
SUSANA ZAMORA

Su 1,95 de altura no le alcanza para ver su futuro en España. Incierto, como la travesía que emprendió hace siete meses cuando abandonó Camerún, pero tan esperanzador como aquel buque, de nombre 'SAR Mastelero', que lo salvó de morir en aguas del Estrecho después de que la patera en la que viajaba perdiese el norte y él, toda la confianza de alcanzar Europa con su hijo de año y medio. Lo hizo en la noche de San Juan, entre hogueras, algarabía y fuegos artificiales, que atesora en su memoria como la bienvenida al primer mundo. Soulemanou Kenfack Ndikaye, de 28 años, había alcanzado «el sueño que todo africano tiene desde niño», cuenta en francés a este periódico horas después de su llegada a España, un país que ya siente como propio, en donde, pese al abismo administrativo que se abre ante él, ha encontrado «la paz» que buscaba al dejar Camerún.

A diferencia del resto de inmigrantes que lo acompañaban, que quedaron bajo custodia policial esa noche y durante las 72 horas posteriores que establece la ley para su identificación y apertura de expediente sancionador de devolución, Soulemanou saboreó la libertad desde que pisó tierra al ir acompañado de un menor.

«Llegar a Europa es el sueño que todo africano tiene desde que es pequeño»

Le cuesta describir las primeras sensaciones al entrar en el hospedaje que le facilitó Cruz Roja, cuyo personal se ha dejado la piel en las últimas semanas para aliviar la pesada carga de los que, casi sin aliento, llegan a puerto. En realidad, no hacen falta muchas palabras. Su rostro lo dice todo; sus pupilas se dilatan cuando recuerda que pudo «dormir en un colchón». Sí, un colchón, tan simple como eso. Y «en una habitación con luz», tras meses esperando al raso, en un bosque de la ciudad marroquí de Nador, el aviso para partir hacia la Península. «Me costó coger el sueño por la emoción, por lo preocupado que había estado, por la responsabilidad que tengo sobre mi hijo... Pero estaba, por fin, a salvo, tranquilo, y el agotamiento me venció».

Aquella mañana de San Juan empezaba una nueva vida para este inmigrante. «Sin soldados ni tiros alrededor, me sentí libre por primera vez en mucho tiempo. Aquellas voces en español que escuché al despertar me resultaron inicialmente extrañas, hasta que reparé dónde estaba y me reconfortaron. Había llegado a mi país», zanja Soulemanou, a quien lo primero que le chocó esa mañana de domingo fue la pequeña tarrina de mermelada que acompañaba la tostada para el desayuno. Jamás la había probado. Ahora no le falta ningún día.

Una larga travesía de siete meses

Dice Soulemanou Kenfack Ndikaye que se siente feliz porque en pocas horas en España ha logrado lo que en años no ha tenido en su país: seguridad. En noviembre de 2017 decidió abandonar Camerún acompañado de su mujer y su hijo. Huía «por cuestiones políticas», recalca este camerunés, que solicitará asilo alegando estos motivos.

Mecánico de profesión, nunca le faltó dinero para mantener a su familia. Pero su lugar de origen es un país en conflicto, que sufre las tensiones separatistas por la división entre el Camerún francés y el Camerún británico tras la Primera Guerra Mundial. Ante esta situación, Soulemanou buscó refugio en otros países, pero «nunca nos sentimos bien acogidos en África». Y a medida que ascendía por el continente, la idea de cruzar a Europa cobraba más sentido. Con trabajos esporádicos y la ayuda de la familia, lograron atravesar Nigeria, Níger y alcanzar Argelia, donde decidieron dar el paso final. Cruzaron a Marruecos y esperaron durante meses en un asentamiento en Nador la oportunidad de lanzarse en patera.

Sin embargo, Soulemanou acordó con su esposa dividir la familia para que, si ocurría una tragedia, no muriesen todos. No cabían más opciones. La avanzadilla tenía que ser él con su hijo. «El asentamiento está a tres días andando de la costa de Nador. Si dejaba al pequeño con mi mujer, le costaría llegar más que si iba sola», relata. Antes de 'saltar', la víspera de San Juan, dejó pagado el viaje de los tres: 3.000 dirham, unos 300 euros al cambio. Fueron 17 horas en una balsa neumática, con el mar en calma, pero sin rumbo fijo. Hasta que Salvamento Marítimo apareció. Ahora solo espera un mensaje de su esposa: «He salido ya».

Con un kit de ropa nueva y libertad absoluta para entrar y salir, lo primero que Soulemanou hizo nada más poner un pie en la calle fue buscar un parque para su hijo. Habían sido horas muy duras para él, pero también para el pequeño Mohamed Amine, quien, confiado y ajeno a la odisea familiar, no duda en echarle los brazos a quien se le acerca. Necesitaba distanciarse de ese pasado tan negro y ponerle color al presente de su hijo. No le costó. En aquellos columpios encontró la cercanía de otros padres. «Temía que nos pudieran hacer el vacío. Me chocó que no nos rechazaran y que se mostraran tan cariñosos con Mohamed», revive.

Regresar al kilómetro cero

Volver al Puerto de Málaga, al kilómetro cero de su nueva vida, era un riesgo. Quizás demasiado pronto para una herida todavía sangrante. Pero aquel muelle oscuro en el que desembarcó exhausto ya no es el mismo. Soulemanou no lo reconoce. Ahora luce el sol del que hace gala esta costa, radiante y cálido en un cielo azul despejado. Pasea con su crío dormido en brazos mientras se mezcla entre turistas que van y vienen; no puede apartar su mirada de los yates atracados a unos metros de donde unas horas antes empezó todo. Ha pasado poco tiempo, pero siente que ya nada es igual. Está «encantado». «Algún día volveré a subirme a un barco y repetiré la travesía que hice por el Estrecho para saber qué se siente haciéndola de forma legal», afirma, mientras enfila la emblemática calle Larios, referente del ocio y las compras en la capital.

Es la primera vez que se adentra en el centro de Málaga. Mediodía, un auténtico hervidero de gente. El trasiego comercial es incesante. Soulemanou lo analiza todo con una sorprendente naturalidad. Le admira el tráfico y «el orden» con que los peatones cruzan la carretera; también el toldo que cubre esta arteria y que el Ayuntamiento instala en los meses centrales del verano para defenderse del calor. «¡Qué comodidad!», resume.

Soulemanou recorre el centro comercial y turístico de Málaga, antes de regresar con su hijo al hospedaje que le ha facilitado Cruz Roja.

Le suenan algunas marcas comerciales. «Una vez escuché algo de Zara en la tele. Es una tienda de ropa, ¿verdad?», pregunta inseguro, mientras clava los ojos en el interior del establecimiento. Prosigue el itinerario por el corazón del consumismo occidental, y Soulemanou observa, pero ajeno a lo que ocurre a su alrededor, como si aquello no fuera con él. Solo captan su atención unos relojes que ha visto en el escaparate de una lujosa joyería. «Me gustan todos, pero en la vida no podemos quemar etapas; ahora no puedo permitirme el lujo de comprarme ropa o un reloj, pero estar aquí me motiva para conseguir hacerlo algún día como cualquier otro español», admite. Dirige ahora su mirada a la gran bandera de España que preside la plaza de la Constitución. Tras unos segundos absorto, reacciona: «Siento que una parte de mi sueño se ha cumplido».

«Lo primero que hice al salir a la calle fue buscar un parque para mi hijo»

Pero la tarde con otros inmigrantes en el salón del hospedaje humanitario lo devuelve a la realidad. Recuerdan las penurias sufridas en sus viajes y, sí, cuánto bueno han conseguido en tan poco tiempo, pero toca asentar los pies en tierra. Ha disfrutado de la libertad antes que el resto, aunque su paso por la comisaría de la Policía Nacional para identificarse es obligatorio. La intranquilidad vuelve a asaltarle. Ha entrado de forma irregular y teme que esa infracción lo devuelva a su país de nuevo, tirando por la borda todo el esfuerzo realizado. Otros compañeros le tranquilizan, y técnicos de Cruz Roja le explican la importancia de hacer bien las cosas. Le garantizan que va a estar asistido por un traductor y un abogado del turno de oficio.

Pocas expulsiones

La realidad es que la cifra de expulsiones es «mínima», dada la dificultad que entrañan. No es tan complicado identificar al inmigrante.Sí, en cambio, documentar correctamente esa expulsión en un plazo de 60 días, demostrando fehacientemente que ese ciudadano es de donde dice que es. Si no se logra, las autoridades de origen rechazan la deportación. «Por eso es absurdo tener encerradas a estas personas en Centros de Internamiento (CIE) durante dos meses, cuando se sabe que va a ser casi imposible cumplir con ese trámite», explica Álvaro García, abogado especialista en la Ley de Extranjería.

Así, con sus órdenes de expulsión en la mano, como actualmente tiene ya Soulemanou, los inmigrantes se convierten en una especie de «fantasmas». «Son personas transparentes para la sociedad y los poderes públicos porque, salvo los 'manteros', que tienen más visibilidad, la mayoría acaban trabajando irregularmente en la economía sumergida», detalla Samuel Linares, coordinador de Cruz Roja en Málaga desde 2009. Es su única salida para sobrevivir hasta que, transcurridos tres años, tal y como contempla la legislación, el inmigrante pueda presentarse ante la Administración y poner un contrato encima de la mesa para solicitar un permiso de trabajo con todas las de la ley.

«Cuando desperté en España me sentí libre por primera vez en mucho tiempo»

Mientras tanto, gracias a organizaciones como Cruz Roja, Soulemanou podrá disfrutar inicialmente de catorce días de hostal. Transcurridos, y dado que tiene un bebé a su cargo, podrá acogerse a otro programa de ayuda humanitaria que tiene esta organización, dirigido a colectivos vulnerables, durante otros tres meses más. «En ese tiempo, trabajará el aprendizaje del español y el conocimiento del entorno para obtener unas herramientas con las que poder desenvolverse», explica Linares. Agotado este recurso, siempre le quedará un último cartucho, el de los servicios sociales. «Este es el gran valor del Estado del Bienestar, y del que nos podemos sentir orgullosos», sentencia Linares.

 

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