Pensamos con más frialdad al usar una lengua extranjera

Pensamos con más frialdad al usar una lengua extranjera

Un estudio demuestra que existe una estrecha relación entre cada lengua, el contexto en el que se ha aprendido y el procesamiento de las emociones.

REDACCIÓNBILBAO

Un estudio del Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL) y la Universidad Pompeu Fabra ha demostrado que pensamos con más frialdad en una lengua extranjera que en la nativa, y que nuestras acciones están menos influenciadas por las emociones cuando usamos un idioma foráneo. Probablemente esto se deba a que lenguas nativas se adquieren generalmente en contextos emocionalmente ricos, como el seno familiar, mientras que las extranjeras se suelen aprender en entornos escolares o académicos con una menor carga emocional.

La investigación, publicada en la revista científica Journal of Experimental Psychology, se investigó si la distancia lingüística y emocional tiene tanta importancia como para manifestarse incluso en etapas automáticas del procesamiento de las emociones. «Vernos representados en un elemento que ha de ser aprendido proporciona una recompensa emocional que, de acuerdo con nuestra investigación, se atenúa cuando utilizamos para este aprendizaje una lengua que no hemos aprendido en casa», explica el investigador del BCBL Jon Andoni Duñabeitia, responsable del estudio realizado junto al investigador Albert Costa, de la Universidad Pompeu Fabra, y la estudiante de doctorado Lela Ivaz. «Nuestra conclusión es que existe una estrecha relación entre cada lengua, el contexto en el que se ha aprendido y el procesamiento de las emociones».

Respuestas emocionales

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores realizaron un experimento en el que 126 participantes, cuya lengua materna era el castellano pero que tenían también un alto nivel de inglés, tuvieron que pasar un test de aprendizaje en ambos idiomas, que eran en realidad estímulos dotados de diferente carga emocional. En el test se les mostraron formas geométricas asociadas a palabras, cuyos significados contenían distintos grados de carga emocional (un amigo, uno mismo, el otro). La tarea consistió en memorizar a qué forma geométrica estaba asociado cada término, para presentarse luego en uno u otro idioma.

«Este sesgo se debe principalmente a la recompensa emocional que implica verse representado a uno mismo, o alguna persona cercana, en un contexto de aprendizaje por asociación», explican los investigadores. «Así, se interiorizan de un modo más sólido los conceptos que contienen una mayor carga emocional. La cuestión que los investigadores exploraron en este estudio con bilingües es si este sesgo emocional se vería alterado al aprender los conceptos relacionados con uno mismo en una lengua extranjera».

Al pasar a la lengua materna, las respuestas de los participantes fueron significativamente más certeras y más rápidas cuando las palabras resultaban más cercanas a ellos, y en la lengua extranjera los resultados mucho más parejos entre los distintos tipos de términos, probando una clara disparidad en las respuestas que ofrecían en función de si se empleaba su lengua materna u otra. «Este estudio demuestra mediante respuestas emocionales automáticas que somos más emotivos en nuestra lengua materna que en otra», concluye Duñabeitia.