SALTAMONTES

ARANTZA FURUNDARENA

Hace unos días asistí a una conferencia sobre el yoga. La impartía un gran experto en la materia. Pero aquel hombre risueño, lejos de lanzar afirmaciones rotundas o emitir revelaciones inapelables, constantemente interrogaba a la audiencia y a sí mismo. ¿Qué es el yoga?, se preguntaba con una risilla... Empecé a acordarme del viejo chiste de la reválida en el que un alumno justifica su ignorancia ante su examinador alegando que al abrir el libro de Química había leído 'Nitrato de cobre', 'Nitrato de plata', y lo había cerrado de golpe pensando: «Este libro no trata de nada». Aquel hombre sí trataba de algo (el yoga), pero no parecía estar muy seguro de ello.

Yo llevaré unos quince años practicando yoga. Y diría que me sienta bien. Sin embargo, en todo ese tiempo no he conseguido pasar del nivel de 'pequeño saltamontes'... Y si me preguntan qué es el yoga no sabría responder. Por eso aquel impreciso conferenciante me cayó genial. Mientras le escuchaba pensé: «Quién sabe, tal vez mi aparente ignorancia de eterna aprendiz sea indicio de una gran sabiduría»... Entre otras anécdotas, el hombre contó que una vez llevó a una amiga a conocer a su gurú. A la salida le preguntó: «¿Qué te ha parecido?». Y la amiga respondió: «Que está muy gordo». Lo curioso es que a mí me pasó lo mismo hace años, cuando me presentaron a una gurú tremendamente obesa. Llámenme superficial, pero una en el fondo espera que un espíritu puro sea casi puro espíritu.

La charla discurría por cauces de lo más ambiguos. El yoga, según él, era todo y era nada. Lo más trascendental y lo más insustancial. Y, sin embargo, a lo tonto, aquel hombre iba desgranando verdades como puños. Empezó a entrarme la risa (por dentro). No sé si llegué a entender algo, pero me fui más contenta de lo que había llegado. Al bajar las escaleras escuché a mis espaldas una conversación... «Pues a mí no me ha convencido», dijo una mujer. Y otra protestó: «Ni siquiera ha hablado de la Tercera Puerta». De pronto me pareció estar dentro de una película de Woody Allen y me costó reprimir una carcajada. Salí a la calle y todo me parecía ligero y amable, como si la vida me hiciera cosquillas... Esto debe ser el yoga, pensé.

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