Pescadores de redes

Los aparejos abandonados son el 10% de la basura marina. Millones de animales mueren atrapados o se envenenan con microplásticos

Buzos inflan bolsas atadas a 'redes fantasma' en el fondo del mar frente a las costas de Stratoni, cerca de la península de Chalkidiki (Grecia)./Reuters
Buzos inflan bolsas atadas a 'redes fantasma' en el fondo del mar frente a las costas de Stratoni, cerca de la península de Chalkidiki (Grecia). / Reuters
INÉS GALLASTEGUI

Pescan después de haber pasado a mejor vida. Las 'redes fantasma', artes de pesca perdidas o abandonadas, son trampas mortales para los animales que se enganchan en ellas o se tragan sus fragmentos. Con la particularidad de que estas capturas 'póstumas' no le sirven a nadie; simplemente, contribuyen a reducir la biodiversidad y a agotar unos recursos marinos ya de por sí sobreexplotados. Es una basura de la que se habla poco, pero, según Naciones Unidas, hasta un 10% de los residuos que almacenan nuestros océanos son aparejos de la industria extractiva. Hay distintas iniciativas para sacarlas del agua y reciclarlas; la última de ellas, la semana pasada en Grecia. En España los armadores de Vigo se han unido a un proyecto científico para recoger estos desechos. «Identificar o geolocalizar las artes de pesca y establecer un régimen sancionador son medidas sencillas para reducir la 'pesca fantasma'», propone Eneko Aierbe, responsable del sector en Ecologistas en Acción.

La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) alertó en 2009 de que cada año se pierden o son abandonadas en los océanos de todo el mundo 640.000 toneladas de redes, trampas, hilos y sedales. Las artes de pesca pueden ser arrastradas desde los barcos por una meteorología adversa y acabar a la deriva o romperse al engancharse a las rocas del fondo. Cuando la actividad es ilegal, hay más probabilidades de que sean arrojadas al agua tras cumplir su vida útil o dejadas a su suerte. Estas últimas, perpetuamente extendidas gracias a plomos y a flotadores, son las más peligrosas.

Están hechas con fibras sintéticas que pueden durar siglos antes de descomponerse

Hay varias formas en las que una red abandonada puede matar animales marinos: de hambre, al restringir el movimiento necesario para buscar su alimento; de una infección producida por las heridas causadas al quedar atrapado; o por asfixia, en aquellas especies que necesitan volver a la superficie cada cierto tiempo para respirar, como las ballenas, los delfines o las tortugas marinas. Las víctimas, además, se convierten en un atractivo cebo para los carroñeros, que caen, a su vez, alimentando un ciclo mortal.

Mortal y casi eterno. La organización internacional Ghost Fishing (Pesca Fantasma) recuerda que las redes modernas son de fibras sintéticas muy resistentes, para durar lo más posible, por lo que «seguirán pescando durante décadas, posiblemente siglos». Pero si se deterioran –y en algún momento lo hacen– dañan la vida marina en todos los eslabones de la cadena trófica, desde el plancton hasta los peces carnívoros, para acabar en nuestros platos. También pueden alterar el ecosistema de los fondos marinos, llegar hasta las playas, donde son un riesgo para las aves, o causar accidentes de buceo o de navegación.

Al detalle

10%
de la basura de los océanos está formada por aparejos perdidos o abandonados, según la FAO. Son unas 640.000 toneladas al año.
Las más peligrosas
Para Eneko Aierbe, de Ecologistas en Acción, las artes de pesca más peligrosas son las que se dejan tendidas, listas para atrapar animales, como las nasas o jaulas y, sobre todo, las redes de enmalle o agallas, lastradas al fondo y sujetas con flotadores, que forman 'paredes' kilométricas.
8.500
redes de enmalle perdió en 2003 la flota del Cantábrico, una media de 13 por barco, según el estudio europeo Fantared 2. La situación en el Mediterráneo es incluso peor, pero está menos estudiada, dice la FAO.
Economía circular
Las redes fantasma son reciclables:una vez limpias, se transforman en hilo de nailon que se usa para fabricar bañadores, ropa de deporte, calcetines o alfombras.

Implicar a los pescadores

Entre las medidas propuestas por la FAO está el marcado o la geolocalización de estos equipos, de modo que se pueda identificar a los propietarios y localizar los aparejos, así como la mejora de los mecanismos de información para avisar cuando se produzca una pérdida involuntaria y la tripulación no pueda recuperarla. También aboga por establecer un sistema de incentivos para los barcos que recojan redes perdidas y un régimen sancionador para los infractores. Ni la Unión Europea ni España los han implantado.

En los últimos años, ONG, universidades, empresas privadas y unos pocos gobiernos están llevando a cabo acciones de prevención de esta pesca pasiva en distintos lugares del mundo. La semana pasada concluyó en Stratoni, al nordeste de Grecia, una operación de limpieza promovida por Ghost Fishing y otras organizaciones. Diez buzos griegos y holandeses se sumergieron en el Egeo para extraer tres toneladas de redes en esta zona de alta biodiversidad donde varias especies –incluido el caballito de mar– se encuentran amenazadas. Los promotores aprovecharon para hacer pedagogía entre la población local. Los submarinistas mantuvieron un encuentro con niños y adultos para mostrarles la basura rescatada y explicarles el daño que hace al medio ambiente y a su economía.

Reuters

En España no se han llevado a cabo acciones organizadas de retirada de redes, más allá de las que realizan de forma puntual las flotas pesqueras y algunos centros de buceo. La delegación española de Ghost Fishing se encuentra en Tossa de Mar, en la Costa Brava, donde la escuela Kraken Dive organiza periódicamente inmersiones para recolectar artes de pesca y otras basuras hundidas, financiándose vía 'crowdfunding'. «La localización casi siempre es visual, por buceadores o pescadores, y recogemos entre 40 y 300 kilos de residuos cada vez», explica su responsable, Raúl Álvarez, partidario de buscar la colaboración y no la demonización de los pescadores.

Esta visión la corrobora la iniciativa emprendida por la Cooperativa de Armadores de Pesca del Puerto de Vigo (Arvi), quese ha sumado a un proyecto piloto de las universidades de Oporto, Santiago y Aveiro financiado por la UE para incorporar en los buques un sistema de detección y recogida de redes fantasma mediante sensores acústicos y vehículos sumergibles robotizados. Para su director, José Antonio Suárez, uno de los aspectos más interesantes de este proyecto es la formación de las tripulaciones en sostenibilidad. «Para el sector, las capturas son tan importantes como el medio ambiente», asegura. Sin olvidar que perder redes es perder dinero: en tiempo, en aparejos y en pescado.