Palabra de preso

El programa Ahórrate la Cárcel pone frente a frente a internos de la prisión de Córdoba y jóvenes de un centro de menores para que no repitan sus errores. «Estáis a tiempo de echar el freno y corregir la marcha»

Juan Luis abraza a un joven al final del encuentro celebrado en una de las aulas del Centro de Menores Medina Azahara, en Córdoba./SUSANA ZAMORA
Juan Luis abraza a un joven al final del encuentro celebrado en una de las aulas del Centro de Menores Medina Azahara, en Córdoba. / SUSANA ZAMORA
SUSANA ZAMORA

a vida les llevó a escoger el mal camino. Ese en el que, una vez dentro, parece imposible salir. Ese en el que, encadenados a las drogas y a las malas compañías, acabaron presos de su propio destino. En la cárcel, por su mala cabeza y perdidos en un torbellino de sentimientos de miedo, culpa, tristeza, impotencia y frustración. Salir de ese fango les ha costado años de terapia. Ahora, empiezan a levantar cabeza después de haber tenido que airear miserias, confesar maldades, llorar la culpa y lograr el perdón de sus familias para reconciliarse con ellos mismos. El de las víctimas es otro cantar.

Es el peaje que han tenido que pagar para tomar otra salida y enfilar por el camino correcto. Les quedan años de condena por delante, pero se sienten libres para contar su aciago viaje a quienes ahora lo empiezan y están a tiempo de decidir qué dirección escoger. Esta semana, tres internos del Centro Penitenciario de Córdoba se han abierto en canal y han contado las consecuencias que tiene la toma de decisiones equivocadas a chicos adolescentes del Centro de Menores Medina Azahara, que han empezado a tontear con el lado oscuro de la vida y que, desafiantes con padres y extraños, entonan, creyéndose los reyes del mambo, el «yo controlo».

Internos y menores, frente a frente gracias al programa Ahórrate la Cárcel, que este año cumple diez años con el objetivo de favorecer la reinserción del interno y lanzar una advertencia a quienes pisan la línea roja: los errores se pagan. Los reclusos voluntarios llevan seis meses preparándose para esta cita, trabajando su biografía, reflexionando sobre sus decisiones y haciendo hasta simulacros.

«Cuando logran sacar su fondo de armario, se sienten con ganas de participar», asegura Rafael Rubio, educador social al frente del este programa desde que arrancó. «Una parte importante de los programas de tratamiento es la reparación del daño causado y estas charlas son una forma de que el interno resarza la deuda que tiene con la sociedad», explica Yolanda González, directora del Centro Penitenciario de Córdoba.

Juan Luis Torres (30 años de prisión)

En mitad de un silencio sepulcral, diez menores escucharon este pasado martes el relato de Juan Luis, condenado a 30 años por nueve robos. Llegó a la charla como un flan y casi en estado de 'shock' tras conocer minutos antes que le habían concedido el tercer grado. 17 años en la cárcel y, por fin, había llegado su momento. Durante el desayuno previo al encuentro, en el bar Muñoz , junto al centro de menores, responsables de la prisión esperaron a que Juan Luis diese el último sorbo a su café solo para darle la noticia.

El día no podía empezar mejor. Con lágrimas en los ojos recibía las felicitaciones de los otros dos reclusos que le acompañaban, pero a Juan Luis solo le preocupaba llamar a su madre. «¿Cuándo voy a poder hacerlo?» Fue lo primero que preguntó este cordobés de 45 años, que con tan solo ocho sufrió los abusos de una persona cercana a la familia. Nunca lo contó y aquel silencio hizo mella en él. Se volvió una persona reservada y dejó de ser un niño revoltoso y alegre para convertirse en otro rebelde y violento, que a duras penas acabó la EGB (hoy Primaria). «¡Cuánto me arrepiento de no haber seguido estudiando!», se lamenta. Para que aprovechara el tiempo, su padre le ofreció la posibilidad de trabajar en el taller de un amigo suyo, pero aquello fue su perdición. Se vio con dinero y pensó que el mundo era suyo. Primero vino el alcohol, luego el consumo de sustancias varias y, al final, las malas compañías con las que empezó a cometer los primeros robos. «Yo mismo me preguntaba por qué lo hacía si ganaba lo suficiente para comprarme lo que quisiera», relata. Entró en una espiral endiablada en la que la cárcel solo era cuestión de tiempo. Llegó sin esperárselo, después de que en la mili se quedara dormido en una guardia y al despertarse drogado con un Cetme encima reaccionara violentamente contra su superior. Fue condenado a un año de prisión por el Tribunal Militar de Sevilla y en 1993 la condena se hizo efectiva.

Recuerda el miedo que pasó en su paseíllo hasta llegar al módulo de ingresos, mientras soportaba que otros presos le tiraran cosas y le insultaran. «Fue como en las películas». Desde aquel momento, la vida de Juan Luis nunca fue igual. Los permisos penitenciarios los malgastaba en drogarse y en alargar su pena. Siempre encontraba la excusa perfecta y las recaídas eran cada vez peores.

En 2009, y tras un robo con intimidación a una pareja, se juntó con 30 años de cárcel, que hoy tiene recurridos al Tribunal Supremo. En su huida de la Policía acabó en la enfermería y después en el hospital. «En los 18 días que estuve ingresado, no faltó ni un día nadie de mi familia. Aquello me removió por dentro. Asumí que mi vida era la cárcel, pero que tenía que cambiar para que mis padres y mis hermanos dejaran de sufrir, y yo dejara de engañarme. Me di cuenta de que tenía que poner orden en mi vida, liberarme del pasado y empezar a trabajar en un futuro en positivo», asegura.

Actualmente, lleva siete años en Proyecto Hombre y desde hace cuatro sale tres veces por semana a una comunidad terapéutica para seguir con el programa. No ha habido ningún traspiés desde entonces y su constancia ha tenido recompensa. Ahora, con el tercer grado en la mano, podrá continuar con su tratamiento, pero sin tener que regresar a la cárcel.

Rafael Serrano (10 años de prisión)

A Rafael le ha costado una vida perdonar a su padre. «Más de una vez pensé en matarlo, en levantarme de la cama una noche y acuchillarlo para que pagara por todo lo que le hizo a mi madre».

A su 38 años, este interno, natural del municipio cordobés de Baena, le sigue costando digerir una infancia difícil, que transcurrió en un internado junto a sus otros seis hermanos sin pena ni gloria... Hasta los nueve años, en que su vida dio un giro de 180 grados con la detención de su madre. «Mi padre le era infiel y lo sorprendió con otra mujer. No se lo pensó dos veces, cogió un machete y se fue para ella. Le cayeron tres años y medio. Lo realmente doloroso fue comprobar cómo a los 18 meses, cuando sale de la cárcel con los primeros permisos, vuelve de nuevo con mi padre, que no había dejado de ponerle los cuernos con la misma mujer a la que había agredido mi madre», lamenta Rafael. No entendía nada y ese sentimiento de rabia y odio fue creciendo proporcionalmente a las palizas que recibía de su progenitor, con quien discutía constantemente por incumplir las normas que imponía en casa.

El oficio de mecánico que le enseñó su hermano le dio las alas (y el dinero) que necesitaba para escapar de casa, aunque solo fuera por unas horas para emborracharse. Entró en la mili con una adicción seria al alcohol y acabó expulsado del Servicio Militar por el robo de una tarjeta de crédito a un compañero y enganchado a la cocaína y al éxtasis. «Cada vez necesitaba más dinero para conseguir la droga y, agobiado por las deudas, empecé a robar». Terminó en la cárcel. Sintió miedo, mucho miedo. «Allí me encontré a gente a la que debía dinero y no tuvieron compasión: me pegaron, me humillaron, me robaron la tarjeta del economato... Vivía intimidado y juré y perjuré que no volvería a robar más. Tardé en olvidarlo lo que duró mi trayecto al aparcamiento el día que salí».

Aquella primera experiencia no le sirvió de escarmiento y siguió delinquiendo «sin ser consciente de que los robos con violencia que cometía conllevaban una pena mínima de cinco años». En poco tiempo se juntó con una condena cercana a los diez años, que terminará de cumplir en 2023.

Mientras tanto, trata de aprovechar el tiempo perdido y recuperarse de su adicción en una comunidad terapéutica de Proyecto Hombre fuera de la cárcel gracias a su tercer grado. «Cuando salgo los fines de semana, me encuentro con muchas carencias; me está costando mucho superar esto, pero la diferencia ahora es que cuando meto la pata, me abro con los terapeutas y evito agravar la situación como hacía antes». Con lágrimas en los ojos, reconoce que se siente libre, que ha dejado de mirar para atrás cuando va por la calle. Solo hay dos cosas que siguen pesando en su conciencia: haber culpado a su hermano de un delito que él cometió y que le llevó a un centro de menores siete años y otra que tendrá aún que esperar: conocer a su hijo de 13 años al que un día abandonó con su madre.

Luciano Pérez (10 años de prisión)

Este cordobés de 33 años nació en una familia trabajadora, en la que nunca le faltó de nada. Quizá por eso se fustiga reconociendo lo «egoísta, inconsciente y dañino» que fue con ella. Tiene grabado a fuego el día que lo llamó su madre llorando: «Nano, Nano, la Policía me ha rodeado y me ha apuntado con pistolas pensando que yo he cometido un delito». En realidad, fue una confusión, porque al que buscaban era a Luciano, que usó para el atraco a dos sucursales bancarias (cometió uno más y otro a un establecimiento de 'Compro oro') uno de los dos vehículos de la empresa familiar, que se repartían él y su madre. Acabó en prisión por los cuatro delitos de robo con una condena de 10 años, que ahora sigue cumpliendo en régimen abierto, incorporado al mundo laboral y con una pulsera para su control telemático.

Él sitúa el origen de todo en su infancia. Tras sobrevivir a un accidente con un año y ocho meses, en el que falleció su hermana de cuatro, se convierte en el niño mimado de la casa. Se vuelve caprichoso y manipulador, siempre quiere salirse con la suya. Perpetró su primer robo con tan solo ocho años. «Fui al Pryca (hoy Carrefour) con mi primo y le pedí que me comprase unas llaves Allen. Se negó y las cogí», confiesa. En ese tiempo sufrió una hepatitis que le hizo engordar tanto que a los 18 años pesaba 118 kilos. Cuando dos años después logró adelgazar, recuperó la autoestima y se subió a un alocado tren de vida basado en el alcohol, las drogas y el sexo en una relación «completamente tóxica». La cárcel estaba por llegar. De aquel tiempo entre las cuatro paredes de su celda solo recuerda «el miedo y la pena». «Hacedme caso, aquello no es vida para nadie», apostilla.

Los chavales escuchan estupefactos y tratan de recomponerse de tanto drama. «La mayoría son como las cebollas: entran desafiantes, te advierten de que son peligrosos, pero al cabo de unos días, cuando ya no se tienen que hacer los fuertes, se relajan y vuelven a ser ellos mismos», retrata Manuel Garramiola, director del Centro de Menores Medina Azahara.

A algunos solo les interesó saber qué se come en prisión. «Mejor que no tengas que probarla», le comentaron los internos. Pero otros, devorados por la culpa que arrastran, se sintieron identificados y no dejaron de llorar en toda la charla. Lo hizo Pedro (nombre ficticio), cuyo internamiento hace cuatro meses, a sus 17 años, por un delito de maltrato en el ámbito doméstico es una losa que le pesa demasiado.

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