Un niño prodigio de las teclas

Yoav Levanon, al día siguiente de su recital en Madrid. :: alberto ferreras/
Yoav Levanon, al día siguiente de su recital en Madrid. :: alberto ferreras

Yoav Levanon dio su primer concierto a los cuatro años, a los seis cautivó en el Carnegie Hall y ahora, a los catorce, suma premios

DOMÉNICO CHIAPPE

A los tres años empezó a tocar el piano, a los cuatro se subió a un escenario, a los cinco ganó su primer concurso, a los seis tocó en el Carnegie Hall y a los siete dio su primer recital como solista con la Orquesta de Cámara de Israel. Ahora, con catorce, con un delgado cuerpo de metro setenta, con cara de niño y finos dedos, Yoav Levanon es un joven prodigio de la música que suele elegir composiciones de difícil ejecución como otros chutan un balón. Rachmaninov, Chopin, Mozart. «Me gustan muchos compositores, pero prefiero no mencionarlos por sus nombres porque podría olvidarme de alguno», dice Levanon con voz delicada, palabras pausadas y la vista fija en un punto de ninguna parte.

«Un músico tiene que ser alguien que solo comparte la música con la audiencia, tal como la siente. Es lo que transmite a la gente». De aquellos años en que se forjó una reputación como músico y sorprendió por su cortísima edad, Yoav no tiene imágenes concretas, sólo sensaciones. Ninguna relacionada con el nerviosismo. «No recuerdo mucho de cuando era niño», dice. «Sólo que era una cosa divertida que me gusta. Nunca sentí que perdía algo de mi infancia. Mis padres nunca me han empujado a hacer nada, al contrario. Yo no quiero hacer nada más. No quiero jugar al fútbol. Tengo buenos amigos, gente normal, y disfruto con ellos». Aficionado a construir y hacer volar drones «muy muy rápido», dedica gran parte del día a entrenarse con su instrumento. «No me gusta mirar el reloj cuando practico», dice, vestido con traje y corbata, un sobrio pin en la solapa y el cabello cortado al estilo Mozart. «Hago sólo lo que necesito y nunca cuento cuánto toco».

Antes de sus primeras clases formales con un profesor local, jugaba a golpear las teclas en el piano de su madre. Aprendió el ritmo antes que a saber contar y las notas eran sus números durante las lecciones iniciales en el pequeño pueblo de Israel donde nació y donde aún vive. Un lugar de 200 familias, a diez minutos de la ciudad, donde se pueden escuchar los pájaros y recoger frambuesas, según su padre, Shai Levanon, que lo acompaña en su visita a Madrid. «Cuando tocaba el 'Nocturno' de Chopin apagaba todas las luces. Yo le preguntaba por qué estaba tan oscura la casa y él respondía que así era como él lo sentía». «Después del concierto en el Carnegie Hall recibí muchas llamadas para invitarlo, y a todas dije que no», asegura el padre, que también le ampara como agente. «A veces hay que decir 'espera un segundo', y pensar dónde es divertido tocar para él».

En su concierto de Madrid, organizado por Amigos de la Orquesta Filarmónica de Israel en España, la Fundación Excelentia y la Embajada de Israel, eligió abrir con la 'Sonata no 1' de Haydn y casi al final del concierto interpretó la 'Rapsodia española' de Liszt. «Ahora sólo subo al estrado y toco». ¿Y el futuro? «Me veo haciendo lo que quiero ser: concertista».

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