Ha muerto una estrella

La 'Asterias rubens' es la estrella más común en los mares europeos. /R.C
La 'Asterias rubens' es la estrella más común en los mares europeos. / R.C

El calentamiento del agua provoca la desaparición de millones de estos animales en el Pacífico

INÉS GALLASTEGUI

En diciembre de 2013, la bióloga Drew Harvell paseaba por una playa de Seattle, en el Estado de Washington, cuando descubrió cientos de estrellas de mar muertas o moribundas en la arena. La marea había arrastrado cuerpos enteros, brazos que andaban solos y fragmentos reducidos a una masa blanquecina. Era una masacre. Antes de aquello, a Harvell y su grupo de investigación en la Universidad de Cornell ya les habían llegado noticias de un aumento de la mortalidad de estos equinodermos, pero tuvieron que bucear bastante –literal y metafóricamente– para llegar a la conclusión de que millones de ellos estaban sucumbiendo a todo lo largo de la costa del Pacífico, desde México hasta Alaska. Primero les aparecían unas marcas en la piel, después empezaban a perder la 'carne' de los brazos y estos se les caían. Finalmente, morían. Seis años después, los científicos acaban de encontrar al culpable: la subida de las temperaturas marinas a consecuencia del calentamiento global causado por el hombre las hizo más vulnerables a un virus letal.

Harvell y su equipo, que han publicado sus conclusiones en la revista 'Science Advances', comprobaron que el microorganismo causante de la atrofia afectaba a unas veinte especies, pero se centraron en la población de estrella girasol, la más castigada. Sus conclusiones fueron que la mortandad de estos animales del fondo marino estaba claramente relacionada con el fenómeno conocido como La Mancha (The Blob), una enorme lengua de agua caliente de unos 1.600 kilómetros de longitud y 90 metros de profundidad que entre 2013 y 2015 se extendió a lo largo de la costa oeste de Norteamérica.

El aumento de 2,7 grados de media en la temperatura del océano –hasta 6º en las playas de California– tuvo efectos devastadores en cadena, ya que favoreció la floración masiva de algas tóxicas y provocó la muerte de leones marinos, ballenas y aves. En el caso de las estrellas, los investigadores no saben si el ambiente más templado fue el causante directo de la carnicería o actuó como desencadenante de la epidemia, al debilitar a estos organismos frente al ataque del agente patógeno.

Desequilibrio ecológico

Tras el catastrófico paso de La Mancha, algunas de las especies diezmadas han comenzado a regresar a las aguas americanas en los últimos años. Pero de la girasol solo han vuelto a verse algunos ejemplares pequeños en Alaska. La desaparición de esta y otras especies de asteroideos puede tener consecuencias impredecibles para el ecosistema marino en esos 3.000 kilómetros de costa, al causar desequilibrios en la cadena alimentaria. Por simpáticas que nos resulten, las estrellas de mar son unas voraces carnívoras. Por ejemplo, la 'Pycnopodia helianthoides' (girasol) se alimenta sobre todo de erizos de mar; si la población de estos, a falta de su principal depredador, crece descontroladamente, pone en peligro los bosques de kelp, un alga gigante cuyas formaciones protegen la biodiversidad.

Curiosidades

No es la única que pone en riesgo a otras especies con su glotonería: la 'Acanthaster plancii' o corona de espinas –35 cm de diámetro y entre 8 y 21 brazos recubiertos de pinchos– constituye una grave amenaza para la barrera de coral australiana, ya que es capaz de engullir cada día medio metro cuadrado de las colonias de cnidarios.

«Aunque algunas especies concretas puedan correr riesgo de extinción, se trata de animales muy resistentes y con bastante capacidad de adaptación al medio», explica Celia Ojeda, bióloga marina de Greenpeace España. Hay unas 1.800 especies distintas que viven en hábitats de lo más variado, de los mares del Trópico al Ártico, en zonas litorales y hasta a 6.000 metros de profundidad.

Aunque en algunos lugares costeros estos bellos animales se secan y se venden como souvenirs turísticos, su captura no tiene grandes salidas comerciales, por suerte para ellos, resalta Ojeda. A diferencia de sus primos hermanos los erizos de mar, las estrellas no se comen, salvo que uno sea un cangrejo rey o una gaviota. Su piel calcificada y sus colores brillantes las protegen de los depredadores.