Los secretos de la imprenta del 'Quijote'

La novela se publicó con más de mil erratas a causa de las prisas. En Madrid hay una réplica de la imprenta...

José Francisco Castro, regente de la imprenta de la Sociedad Cervantina, gira la prensa para que la tinta empape el pliego/Elvira Megías
José Francisco Castro, regente de la imprenta de la Sociedad Cervantina, gira la prensa para que la tinta empape el pliego / Elvira Megías
ANTONIO PANIAGUA

En un sótano del antiguo taller de Juan de la Cuesta, en pleno centro de Madrid, existe una réplica exacta de la imprenta donde se alumbró en 1605 'El Quijote'. No solo la obra maestra de Cervantes vio aquí la luz, sino también los libros de Quevedo, Tirso de Molina, Lope de Vega, Calderón de la Barca o Ruiz de Alarcón. El lugar no es muy grande y apenas dos «sórdidos ventanucos», como escribió el autor de la novela, permiten la entrada de algunos rayos de sol. En el habitáculo se encuentran las banquetas y el componedor, la regla de madera donde el impresor componía las letras de un renglón. La tinta, hecha a bases de aceite de linaza y hollín, no era entonces tan líquida como ahora, sino que presentaba una densidad pastosa. El papel no se extraía de la celulosa, sino de trapos de lino y algodón. Por esos años no existían los derechos de autor: el librero se encargaba de imprimir los pliegos y daba una cantidad fija al autor, con independencia del número de ejemplares que se vendieran con posterioridad. En la primera edición de 'El Quijote' se prepararon unos 1.800 ejemplares, una cantidad estimable para la época. Había prisa por que circularan las copias. Y es que se no se quería que saliera prácticamente a la vez que la segunda parte del 'Guzmán de Alfarache', novela picaresca de Mateo Alemán que representaba una apuesta segura.

Casi al mismo tiempo que el 16 de enero de 1605 salía impresa la primera parte de 'El Quijote', se vendían dos ediciones piratas en Portugal y otra legal en Aragón. La aparición en 1614 de un 'Quijote' apócrifo firmado con el pseudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda impelió a un indignado Cervantes a entregar a la imprenta la segunda parte de la novela. En vísperas del Día del Libro, que se celebrará el martes, se antoja oportuno conocer la intrahistoria de la publicación de la más célebre novela de caballerías.

En el taller se ejercían diversos oficios: ahí está el corrector, versado en ortografía y gramática y persona que hace la copia del libro sin errores; el cajista, que compone los tipos sueltos; el batidor, responsable del papel y la tinta, y el tirador, que coloca en el tímpano el pliego de papel. Todos ellos trabajaban a marchas forzadas, en medio del ruido y los improperios salidos de gargantas remojadas en vino. La tarea era mucha y agotadora y suponía la impresión de mil pliegos por máquina.

Intrahistoria

Edición príncipe
En enero de 1605 se publicó la primera parte de 'El Quijote'. Se imprimió en el taller de Juan de la Cuesta, mientras que el librero, encargado de pagar al autor y comprar el papel, fue Francisco de Robles.
1.800
eran los ejemplares que se imprimieron en la primera edición, llena de erratas a causa de las prisas. No se quería que salieran a la vez 'El Quijote y el 'Guzmán de Alfarache'.
Papel
En esta primera edición el papel era de pulpa de trapos de lino y algodón. El de celulosa aún no se había inventado.
1615
Aparece la segunda parte de la novela, como reacción a la publicación de una obra apócrifa firmada por Alonso Fernández de Avellaneda. Este libro gozó también de muy buena aceptación.

En el número 87 de la calle Atocha, donde hoy se encuentra la Sociedad Cervantina, que acoge la imprenta, se levantaban la iglesia y el colegio de los Desamparados, donde se escolarizaba a niños huérfanos. En este emplazamiento se enclavó después, en el siglo XIX, el Hospital del Carmen, en el que estaban internados enfermos incurables. Hace cuarenta años el edificio se caía a pedazos. De hecho, solo se mantenía en pie la fachada exterior y el conjunto de lo que fue la iglesia. A principios de los ochenta se acometió una rehabilitación profunda y se mandó construir una réplica de la imprenta, ya que las originales se perdieron en 1691, cuando desapareció el negocio.

Venta en pliegos

En el Siglo de Oro los libros se vendían en pliegos, circunstancia que los hacía más asequibles para bolsillos maltrechos. Quienes disponían de medios los mandaban encuadernar, todo un lujo que solo se podían permitir los titulares de haciendas opulentas. A lo sumo, el librero podía entregar los pliegos cosidos, pero desguarnecidos de tapas.

Elvira Megías

En cuestión de meses, el librero pidió una segunda reimpresión de otros mil ejemplares, cosa rara en aquellos tiempos, en los que apenas sabía leer el 10% de la población. «La primera impresión hubiera supuesto cuatro meses de trabajo, teniendo en cuenta que había cuatro prensas. Pero sabemos que se hizo en solo dos. En vez de las 100 o 150 erratas habituales en cualquier libro, 'El Quijote' estaba plagado de más de mil, muchas más de las acostumbradas», dice José Francisco Castro, regente de la imprenta. ¿Por qué tantas prisas? En aquella época los libros eran tan caros que era muy difícil comprar dos muy seguidos. «El impresor hizo todo lo posible para adelantar la salida de 'El Quijote' con el fin de que entre medias hubiera tiempo para que el comprador se repusiera y pudiera adquirir la segunda entrega del 'Guzmán de Alfarache', un libro que se hizo muy popular».

En los diez años que median entre la aparición de la primera parte y la segunda de 'El Quijote', la obra gozó de enorme popularidad, en buena medida gracias a Francisco de Robles, librero real, que lo puso a la venta y cuya figura encarnaba un marchamo de calidad. En ese decenio salieron de la imprenta de la calle Atocha tres ediciones, dos se produjeron en Lisboa, dos en Valencia, dos en Amberes, una en Milán, una en París traducida al francés y otra en Londres vertida al inglés.

Casi al mismo tiempo que la novela, salieron dos ediciones piratas

La imprenta casi siempre estuvo en manos de una mujer. Los primeros dueños fueron Pedro de Madrigal y su esposa, María Rodríguez Rivalda, quien se hizo cargo del negocio a la muerte de su marido. Rodríguez Rivalda tenía una sobrina, María de Quiñones, que se casó con el regente de taller Juan de la Cuesta, que desapareció dos años después de la impresión del Quijote. «Pese a que se había marchado, los libros siguieron saliendo firmados por Juan de la Cuesta, quien se había hecho famoso gracias a la obra de Cervantes. A la muerte de su tía, heredó el taller María de Quiñones, quien estuvo a la cabeza del negocio otros 30 años y se retiró a los 82. Fue la primera impresora de Madrid que firmó con su nombre, no como viuda ni heredera». Traspasó el negocio a otro matrimonio, el formado por Melchor Alegre y Catalina Gómez, quien también quedó viuda. Catalina se casó por segunda vez con otro impresor, fallecido al cabo de 17 años, siguiendo el signo fatídico de los propietarios varones. «Fue entonces cuando la imprenta se desmanteló y el edificio se convirtió en colegio».

Leche contra el plomo

El oficio no dejaba de ser ingrato. Muchos de los operarios sufrían envenenamiento por plomo, el material con que estaban hechos los tipos. Para evitarlo solían tomar leche, un remedio no muy eficaz para combatir la ingesta de partículas de este metal.

El escritor de novelas no gozaba de mucho prestigio, honor que se reservaba a los poetas. Quienes de verdad ganaban dinero eran los autores de teatro, un arte popular cuya entrada costaba 20 o 30 maravedíes, la décima parte del precio de un libro. A lo que en realidad aspiraba Cervantes era a hacerse un rico escritor de comedias, que era lo que daba dinero. No se hizo famoso con 'El Quijote', pero sí le dio la suficiente fama para poder publicar las 'Novelas ejemplares', la segunda parte de las aventuras del ingenioso hidalgo o 'Los trabajos de Persiles y Sigismunda'.

Pese al analfabetismo dominante en el Siglo de Oro, mucha gente pudo tener acceso a pasajes de 'El Quijote' gracias a lecturas en voz alta. Y es que en la España de los Austrias solo leían los hidalgos, los caballeros cultos, algunos criados suyos y los miembros del clero dotados de curiosidad intelectual.

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