«Antes se ligaba en la 'disco'; ahora en Tinder»

«Antes se ligaba en la 'disco'; ahora en Tinder»

La noche ya no es tan rentable. «Todo está enfocado al 'pide cómida, quédate en casa y pégate un maratón de series'», se queja un empresario

ANTONIO PANIAGUA

Ante el umbral de una discoteca de moda en el centro de Madrid, varios porteros se preparan para una noche de trabajo. Mientras la gente está de farra, ellos curran. Visten de negro, lo que les confiere un aire respetable y severo a la vez. Todos llevan en el oído un auricular con micrófono para ponerse en comunicación con los trabajadores del interior y escuchar sus requerimientos en caso de que haya alguna trifulca. En la mano portan un contador de personas con el fin de calcular el aforo. Los hay corpulentos y de gesto temible, pero también tipos que pasarían por padres de familia ejemplares. El estereotipo de portero bravucón y macarra tiende a desdibujarse. Al calor de las nuevas legislaciones autonómicas que regulan la labor de los controladores de accesos, a los vigilantes se les pide más mano izquierda y menos derechazos directos al mentón, destrezas para lidiar con clientes de aliento aguardentoso y hablar balbuceante. «Que no entren los británicos», dice Miguel con acento asertivo. Al cabo de media hora prohíbe la entrada a un tipo que le cubre de improperios. A Miguel no le ha gustado su pinta: barba de tres días, cabeza rasurada y cierto desaliño.

Más

La tarea de un portero se asemeja mucho a la de un árbitro de fútbol. Los dos están acostumbrados a permanecer impertérritos cuando mientan su linaje y las costumbres sexuales de su madre. «Los clientes abusan cada vez más. Saben que en caso de conflicto, nosotros llevamos las de perder. Puede que algunos de nosotros todavía se crean Rambo, pero son la excepción. También hay algunos que van buscando bronca para poder denunciarte, ir a juicio y sacarse un dinero, porque nosotros estamos muy indefensos», cuenta Miguel.

Jornadas de frío y sueño

Barba dibujada con tiralíneas, porte estatuario, barbilla prominente y verbo persuasivo, Miguel habla con amargura de un oficio que conlleva más penalidades que gratificaciones: «Aparte de los clientes, que están muy crecidos, hay que aguantar el frío y el sueño. Ha habido veces que de camino a mi casa me he salido de la carretera por culpa de las cabezadas que iba dando».

El ContraClub, en el madrileño barrio de La Latina, es un local de referencia del indie-rock y la canción de autor. En él actuaron cuando aún no eran famosos Mikel Erentxun, Iván Ferreiro, Coque Malla, Zahara y Sidecars, entre otros. La sala de conciertos la regenta ahora Sergio Blanco, de 38, quien en su juventud ejerció de portero de discoteca. Su caso es la encarnación palmaria de cómo un currito de la noche se reconvierte y transfigura en empresario, nocturno y diurno. Porque aparte de programar su sala, Sergio Blanco lleva una empresa que organiza conciertos y procura porteros, azafatas y trabajadores de la limpieza a quien lo demanda. A su entender, la decadencia del guardián del garito está íntimamente relacionada con el declive de la vida noctívaga. «Antes el negocio era muchísimo más rentable de lo que es ahora. Los jóvenes actuales son más de estar en casa. Si te das cuenta, la publicidad está enfocada al 'quédate en casa, pide comida y cena en casa, ponte un videojuego y pégate un maratón de series en casa'. Mi generación frecuentaba las discotecas para bailar, ligar o beber. Ahora lo segundo se hace sin mucha dificultad; basta con sacar el teléfono y conectar el Tinder para tener una cita».

Rita, que debe de rondar los 20 años, y sus amigas discrepan entre sí sobre la influencia de las herramientas informáticas en la concurrencia a discotecas. «Se sigue yendo igual de fiesta, primero te pones moco y luego vas a guarrear», ilustra Rita. No está sin embargo de acuerdo su amiga: «A una discoteca voy a pasármelo bien; si quiero ligar cojo el Tinder». Rita ha tenido malas experiencias con porteros, aunque admite que en el gremio hay de todo. «Una vez los porteros empezaron a ligar con mi amiga, le dijeron que era muy guapa y tal y cual. Entonces el novio se mosqueó. Les dijo que dejaran de ligar con ella. Al final se enfadaron con él y no dejaron entrar ni a mi amiga ni al novio».

Los viejos antros para tomar una copa y bailar sufren los embates de una competencia inesperada: botellón y 'lateros', esos vendedores ilegales de bebidas que esconden su mercancía en alcantarillas y papeleras. Son la pesadilla de los dueños de locales. «En vez de ir a la barra, muchos clientes salen fuera a comprarles una lata de cerveza. Antes eran chinos, ahora bangladeshíes. Los clientes arman ruido y dejan la calle llena de basura. Nosotros no tenemos la culpa», afirma el dueño de un pub del barrio madrileño de Malasaña.

Heridas de guerra

Francisco lleva el pelo recogido en una coleta corta y en su rostro tiene marcados los sinsabores de una dedicación peligrosa. Una cicatriz que le alcanza casi hasta el ojo, producto de un botellazo, le ha dejado desfigurada la nariz. «Me han roto dos costillas, el tabique nasal lo tengo deformado, me han tiroteado y me han dado dos navajazos. La nariz me la rompieron con un casco de botella, cuando intenté evitar que unos cinco o seis adultos pegaran a dos chavales de 18 años a los que estaban masacrando. Estuve de baja ocho meses». No es un hombre fornido, pero a sus cincuenta años tiene un cuerpo atlético. Trabaja en un hospital y no recomendaría el oficio de portero de discoteca a nadie: «Después de 20 años estoy loco por dejarlo, sigo trabajando porque no hay más remedio, tengo una hija y mi mujer está en paro. Ahora estoy preparando unas oposiciones».

Mientras pulsa el contador de personas, habla con Gabriel, un repartidor de hielo que conoce también el carácter desabrido de la noche y que le acaba de comprar un café para mantenerse despierto. «Es mi único vicio». Los dos están convencidos de que la sociedad ha retrocedido en lo que atañe a la educación y el respeto. Mientras sorbe el café, se despide de la clientela con un buenas noches al que no todos responden. «Se ha perdido el aprecio por la vida. El peor público es el extranjero. La gente latina suele ir muy armada y les da todo igual. Yo lo achaco a las drogas de diseño, que son muy baratas. He visto a una chica retorcerse de convulsiones. Le pregunté qué había tomado y me dijo que unas pastillas que le vendieron por tres euros. A saber qué tenían».

El intrusismo y la irrupción de empresas que procuran controladores de acceso a las discotecas han devaluado los salarios de los porteros, según Francisco, que aduce que «hay mucho cabestro en este oficio».

Los bares, que en Madrid pueden estar abiertos hasta las dos de la madrugada, van cerrando y la calle se despuebla de gente. En la plaza de Tirso de Molina, un grupo de chavales apuran unos botellines. «Todo el que haya ido de discotecas ha tenido alguna vez una mala experiencia. Sin llegar a la violencia, te miran con asco y te empujan. Hacen una utilización muy déspota de su poder. A mí no me han dejado entrar por ir con un 'piercing' después de guardar la cola», se lamenta Airam.