La familia diezmada

Varios hermanos y primos afganos iban al colegio cuando vieron un objeto que les llamó la atención. El explosivo mató a cuatro de ellos y les costó al menos una pierna a los siete supervivientes

Los siete niños con piernas amputadas./Noorulla Shirzada
Los siete niños con piernas amputadas. / Noorulla Shirzada
FERNANDO MIÑANA

Se dice que los niños pobres son tan felices como los niños ricos. Que lo son porque no conocen una referencia que envidiar, algo que añorar. Hasta que crecen o la vida se tuerce. Y a veces hasta se retuerce. De eso sabe mucho la familia Mirza Gul, que vive en la provincia de Nangarhar, al este de Afganistán, donde llevan 18 años de guerra entre los talibanes y las fuerzas afganas apoyadas por tropas extranjeras.

Hamisha Gul era el patriarca de un núcleo formado por 24 personas. La noche del 28 al 29 de abril de 2018 no pegó ni ojo. El estruendo de los disparos y las explosiones llenaba cada rincón de la casa. Y con cada sacudida temía por la vida de sus protegidos. Pero al alba, el horror dio paso a la calma.

A las seis salieron de casa para ir a la escuela. Cuando no llevaban ni un kilómetro andado, un objeto llamó la atención de los más pequeños y lo cogieron para verlo más de cerca. Jalil, de 16 años, intuyó que podía ser peligroso y les pidió que lo dejaran. Los niños, para quienes todo es un juego, no querían soltarlo y, en el forcejeo, cayó al suelo y explotó. Y la vida, de repente, se retorció.

La pequeña Marwa perdió a su mitad, su hermana gemela, y a su madre, Brekhna –hermana de Hamisha, el patriarca–, y a su prima de seis años. Su primo Jalil resistió hasta la noche, cuando cedió en el hospital. Los siete supervivientes sufrieron graves daños en sus piernas. Cinco perdieron una. A los otros dos les amputaron ambas.

«Me siento triste cuando veo a otras chicas caminando hacia la escuela», se lamenta Rabia

Abdul Rashid, que tenía 12 años, uno de los que perdieron las dos extremidades, se quedó inconsciente con la explosión. Cuando se despertó, lo primero que intentó fue levantarse. «Pero mis piernas se habían ido». Su hermano Mayal, de 11, aterrorizado, intentó llegar a casa de rodillas. Se desmayó por el camino.

El doctor Sayed Bilal Miakhel estaba a cargo del quirófano ese día. Él, como todos los médicos, ya está desgraciadamente inmunizado al espanto de las amputaciones. Pero siempre hay, también para él, un día en el que la vida se retuerce. «Quería llorar», explicó al 'New York Times' sobre lo que sintió al ver a siete miembros de una misma familia, todos niños, desgarrados y desangrándose.

Un somnoliento Hamisha Gul estaba en la calle aquella mañana del 29 de abril. Cuando escuchó la detonación, se giró y vio una nube de polvo. El patriarca, que tiene 66 años, fue con sus niños al hospital y allí, durmiendo en el suelo, consolándoles, se tiró casi un mes. A ratos, solo cuando se quedaba solo, se permitía añorar a los difuntos. Como Jalil, que era una lumbrera, el número uno de su clase, y ayudaba a sus primos y hermanos.

Los supervivientes pasaron unos días espantosos en el hospital, compartiendo cama y con el nombre escrito en el pecho con un rotulador indeleble. Fueron semanas cargadas de pena y frustración, de hambre y dolor.

Afganistán

18
años dura ya la guerra entre el régimen brutal de los talibanes y las fuerzas afganas respaldadas por tropas extranjeras.
3.804
civiles murieron en Afganistán en 2018, el año más mortal hasta ahora. De ellos, 900 eran niños. A esta cifra de Naciones Unidas hay que sumar unos 7.000 heridos.
178.00
ciudadanos hay en Afganistán con necesidades ortopédias. Cada año llegan a los centros de Cruz Roja unas 10.000 personas, de las que solo el 10% quedaron tullidos como consecuencia directa de actos de guerra.

Siguieron estudiando

Safiqullah tenía 13 años esa primavera y, aunque fue de los más perjudicados –perdió las dos piernas por encima de la rodilla y eso le condena a una silla de ruedas–, tuvo tiempo para pensar que los exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Así que reclamó libros y papel donde escribir, que por la noche escondía bajo la almohada envueltos en una bolsa de plástico. Hamisha es analfabeto, como el 62% de los adultos en Afganistán, y quizá por eso todos tienen clara la necesidad de aprender y prosperar. Uno de sus hijos, el gemelo Abdul Rashid, de 14 años, está decidido a convertirse en médico.

Poco a poco fueron volviendo a casa. El último, el 31 de mayo, fue Abdul Rashid, que antes llamó a los suyos para decir que dejaba el hospital y que era feliz. La familia huyó del barrio, dominado por los talibanes, donde los niños de ocho años ya van por la calle empuñando armas, y los chicos empezaron a estudiar en su nueva vivienda gracias a que la ONG Enabled Children les proporcionó un maestro.

Los siete primos y hermanos fueron llevados al centro ortopédico del Comité Internacional de Cruz Roja. Allí conocieron a Alberto Cairo, que ya tiene 65 años, pero que llegó a Afganistán mucho más joven, en 1990. Cairo era fisioterapeuta y aterrizó en Kabul con la idea de colaborar un año con la Cruz Roja y volver después al norte de Italia. Pero no se ha movido de Afganistán, donde se ha convertido, tres décadas después, en una institución, como cuenta el periodista Antonio Pampliega en 'Las trincheras de la esperanza'. Cairo ha abierto siete centros ortopédicos en un país lleno de tullidos.

Arriba, algunos de los niños caminando delante de Hamisha Gul, el patriarca. Abajo, a la izquierda, junto a la abuela Niaz Bibi, armada con un fusil. Y a la derecha, la pequeña Marwa, de seis años, que perdió a su madre, su hermana gemela y a dos de sus primos, escribiendo en la rudimentaria pizarra que tienen en casa. / Noorulla Shirzada/AFP

Los niños comenzaron a aprender a andar con unas pequeñas muletas rojas y después, cuando ya les hicieron unas piernas ortopédicas, pasaron a practicar avanzando entre dos barras metálicas desgastadas dentro del centro ortopédico de Jalalabad. En agosto, los que habían perdido una extremidad ya iban con la prótesis y un flamante par de zapatillas.

Su vida fue enderezándose. Por la mañana estudian y por la tarde juegan en la calle. Solo van a la escuela a examinarse. Allí los caminos, llenos de piedras, están sin asfaltar y sus muñones, todavía demasiado tiernos, se llenan de molestas ampollas. Van despacio, como despacio avanza su humor. «Me siento triste cuando veo a otras chicas caminando hacia la escuela y no puedo andar como ellas», se lamenta Rabia, con 10 años, quien ya conoce qué añorar, qué envidiar. «Estaba feliz cuando tenía piernas, pero después de perder una ya no lo soy», insiste. Hamisha, más curtido, como la abuela Niaz Bibi, que camina junto a ellos con un fusil en las manos, está convencido de que la cultura lleva más lejos que las piernas. «Sin educación, no son nada», declaró a la revista 'Time'.