El español que triunfa como tertuliano en China a lo Risto Mejide

Miguel Pérez fue incapaz de adaptarse al sistema educativo español. Escapó a Kunming sin el graduado escolar y ahora se ha labrado una exitosa carrera en Oriente. En 2012 obtuvo la calificación más alta de chino en la universidad, un récord que nadie le ha arrebatado en siete años

El español que triunfa como tertuliano en China a lo Risto Mejide
ZIGOR ALDAMA

Miguel Pérez (Madrid, 1988) no tuvo una infancia y una adolescencia felices. Lastrado por un trastorno de déficit de atención e hiperactividad, no logró encajar en el sistema educativo español y acabó tan desesperado que la idea de suicidarse le rondó la cabeza durante un buen tiempo. «Entré en una dinámica peligrosa y, aunque no me sentía así, terminé por creer que era tonto y vago. Es la única explicación que me daban», recuerda. Pérez era incapaz de permanecer sentado durante una clase entera, se convirtió en el compañero abusón que tenía atemorizado al resto de niños, y desarrolló un complejo de inferioridad acrecentado por el hecho de que en su familia todos los miembros habían logrado un título universitario. Él, sin embargo, repitió un curso tras otro y el graduado escolar se convirtió en un muro infranqueable. «Mi padre todavía no me perdona que no haya estudiado», confiesa.

Ya mayor de edad, fue en busca de ayuda. Y la encontró en el escritor y gurú espiritual Alejandro Jodorowski: «Sabía que cada día ofrece consejo gratuito a 22 personas, y me planté en París para pedírselo. Después de escuchar mi historia, me aconsejó ir a un país exótico». Dicho y hecho. Con 19 años, se desplazó a la ciudad china de Kunming para aprender el idioma. Asegura que fue la mejor decisión de su vida, porque su suerte ha dado un vuelco en el gigante asiático.

Pérez ha dejado de ser un fracasado al que todas las puertas se le cerraban por no tener títulos académicos para pasar a disfrutar del éxito: en 2012 obtuvo la calificación más alta de chino en la universidad, un récord que nadie le ha arrebatado en siete años, y más adelante ganó el primer premio en el concurso de lengua china del Instituto Confucio y se colgó la medalla de bronce en las olimpiadas culturales y de chino de Shenzhen. Ahora es tertuliano en medios de comunicación chinos y se gana bien la vida con la empresa de consultoría que ha fundado.

«Tuve que hacer varios trucos para que me aceptaran en la universidad, pero luego me dejaron a mi aire porque les interesa tener a extranjeros. Eso permitió que desarrollase mi potencial», afirma. Estudió por su cuenta y fue ganando seguridad. «Terminé saliendo todas las noches para ligar, que era un incentivo para aprender el idioma», reconoce entre risas. Y cuando adquirió un buen nivel de chino, se lanzó en busca de fama. «Creé un alter ego inspirado en Risto Mejide. Un tipo chulesco que choca con la humildad de la que hacen gala los chinos y que llamaba su atención. Veían en mí a una especie de Trump capaz de soltar refranes antiguos y comenzaron a llamarme para tertulias de televisión», cuenta.

Tres líneas rojas

Tuvo éxito gracias a su conocimiento de la cultura. «Hay que respetar sus tres líneas rojas: nada de política, ni de religión, ni de sexo. Y conviene reafirmarles en su sentimiento de superioridad cultural», explica. No obstante, algo debió de hacer mal en un programa en el que participó en varias ocasiones porque no le volvieron a llamar. «Me querían para llevarme la contraria, y tenía que hablar sobre si es correcto que los padres presionen a sus hijos para que se casen. Algo inapropiado debí decir», ríe. En cualquier caso, su cara ha aparecido por todas partes. Hasta en las pantallas del metro. «No puedo decir que sea famoso, pero sí conocido», sentencia.

Ahora, su ejemplo le hace reflexionar sobre el sistema educativo español. «No puede funcionar igual para todos. No entiendo por qué tengo que estudiar religión y no filosofía, por qué no se incentivan las aptitudes naturales de los alumnos, y por qué, más que inteligencia, se exige la obediencia de un cadáver», critica. «En España, muchas veces me sentí forzado a permanecer en clase, aprendiendo cosas para las que no tenía talento, que no me interesaban y que no me servían para nada. Sabiendo, además, que estaba dejando de desarrollar mis aptitudes naturales», añade.

Pérez critica que no haber acabado la ESO aboque a la clase más baja. «Creo que he suplido mi falta de formación académica con premios de concursos que prueban mi valía, pero a menudo siento discriminación por esa carencia», reconoce. También reivindica que la educación sirva para crear personas íntegras con las herramientas necesarias para ganarse la vida, no para obtener títulos. «Espero que la formación del futuro sea diferente y que se juzgue a la gente por cuánto ha aprendido y no por cómo». Pérez se acuerda de los niños que, como él, se sienten desesperados y piensan en soluciones traumáticas porque no se adaptan al sistema. «¿Cuántos chavales españoles podrían brillar si se les dejase aprender de otra forma?», inquiere dolido.