A cuatro manos: ¿Irse o quedarse en la tierra?

A cuatro manos: ¿Irse o quedarse en la tierra?
Carolina Cancanilla
ISABEL BELLIDO y TXEMA MARTÍN

¿Irse o quedarse en la tierra? Esa es la cuestión cuando se trata de sobrevivir en el mercado laboral

Isabel Bellido Al trabajo en hyperloop

Vaya por Dios: toca quejarse de Málaga otra vez. Si la semana pasada escribíamos sobre la decadencia del ocio y la cultura alternativa en la noche malagueña (también en el día: la de conciertos diurnos que podrían celebrarse en el Eduardo Ocón, donde, por cierto, no hay ni rastro de las supuestas obras que impidieron programar actuaciones para este verano), esta toca hablar de la multitud de jóvenes que dejan nuestra provincia, con más o menos ganas, por la imposibilidad de trabajar en ella. Lo escribo desde Torremolinos, con un pie fuera, sabiendo que el fin del verano también será el comienzo de una nueva –y seguramente precaria– aventura laboral. Lo escribo desde la queja, tan mal vista en este país –que la necesita más que muchos–, ignorante a veces de que si una protesta es porque algo le duele, le aflige, le asola, y, en definitiva, le importa.

Málaga cuenta con una tasa de paro juvenil del 32,94%; 47,65% de los 16 a los 24 años y 21,03% de los 25 a los 29, según los últimos datos facilitados por el INE. Algunos de estos miles disfrazados de porcentajes son mis amigos, soy yo misma. Nos recuerdo en ese primer grupo de edad: a los 18 comenzamos a estudiar en una Universidad que a los 19 ya nos decepcionaba; a los 20 comenzamos nuestras primeras prácticas en empresas locales en las que dimos muchísimo más de lo que se nos dio a cambio. A los 22 terminamos la carrera y a los 23 estábamos yéndonos de aquí: no había sitio para nosotros, aunque nos hubiésemos dejado algunos créditos a propósito para alargar y alargar nuestro periodo de becas y prácticas. No había contrato posible, así que nos fuimos. Sorpresa: muchos de los que lo hicieron –cráneos privilegiados– no van a volver. No comenzarán aquí sus 30. Como el célebre poema de Idea Vilariño en una vil versión laboral: ya no será.

«No pocos querrían volver ahora a Málaga, o quizás en unos años, pero sienten que no habrá sitio para ellos»

Ahora trabajan en La Sexta, en Vozpópuli, en Infolibre, en prestigiosas agencias de publicidad, en Telecinco, en Movistar, en CNN, en El Español, en productoras que trabajan para Televisión Española. Muchos quisieron irse, por supuesto: aspiraban a ocupar puestos que solo existían en la capital. Pero otros tantos vacilaron antes de marchar, intentaron quedarse, postergaron su despedida; no pocos querrían volver ahora a Málaga, o quizás en unos pocos años, pero sienten que, incluso tras labrarse excelentes currículos, en esta ciudad no habrá sitio para ellos.

Queda claro que la mayoría de mis amigos pertenecen al mundo de la comunicación –y este muchas veces resulta uno aparte–, pero allá donde voy escucho acentos y acierto: como aquello de la ardilla y el árbol, en Madrid puedes ir de barrio en barrio juntándote únicamente con andaluces y, en mi caso, malagueños. Ahora van a instalar un centro de experimentación del hyperloop (capaz de viajar a 1.200 km/h) en Bobadilla. Es una excelente noticia (creará, de primeras, 250 empleos directos), pero no puedo evitar la pregunta: ¿Me servirá, en un futuro, para viajar fuera a trabajar y volver de vacaciones? Y otra: ¿Permitirá nuestro paupérrimo sueldo pagarlo alguna vez o saturaremos su web en busca de ofertas, como ocurre con el AVE?

Txema Martín Irnos de Andalucía

Me ha venido a la cabeza el 'Ojú qué calor' de la Peña Wagneriana para convencerme de que no encuentro ningún drama en tener que irse de Málaga para hacer cualquier cosa. Hasta ahora vivíamos establecidos en un proyecto de la vida que se basaba en un proceso que atesoraba muy poca diversión, basado en nacer, crecer, reproducirse, envejecer y morir en la misma ciudad. Menudo aburrimiento. Me sorprende ver a la gente quejarse de tener que irse porque ha habido varias veces en la que he considerado un fracaso haberme quedado aquí. A veces las circunstancias nos obligan a hacer algo mejor que seguir la inercia. Es una suerte haber nacido en una época en la que resulta tan fácil viajar. De toda la vida lo mejor que ha tenido Málaga ha sido la Universidad y un aeropuerto internacional, que son dos entes que nos han dado algo muy importante en esta vida que es, en todos los sentidos, la posibilidad de huir.

Hay una cosa cierta: los años en la Universidad han resultado ser decepcionantes. En mi época las licenciaturas de Ciencias de la Comunicación eran todavía relativamente nuevas y resultaba evidente que muchos profesores no tenían ni la más remota idea de lo que estaban enseñando. Hubo una vez un momento bochornoso en clase cuando un alumno corrigió a un profesor en una materia relacionada con la tecnología. Está claro: estudiar fuera es tan fundamental como tener idiomas, por no hablar del grado que aporta haber tenido experiencias profesionales fuera. Irse de Málaga, irnos de Andalucía, es bueno para prosperar (por obligación) o para airearse (por propia voluntad) sea, o no, una dolencia del sistema. Una parte inasumible de los problemas que tenemos se producen porque la gente no viaja lo suficiente.

«El aeropuerto y la Universidad nos han otorgado la enriquecedora posibilidad de huir»

Hay un ejemplo nítido en las profesiones creativas. De vez en cuando se habla de que Málaga necesita un centro de producción «para que los jóvenes artistas no tengan que salir». Lo repiten como un mantra y hasta ponen el sobado paradigma de Picasso, que tuvo que irse de la ciudad. Bueno, ¡menos mal que Picasso se fue! De haberse quedado aquí, probablemente se habría pasado la vida pintando azulejos o teniendo como mucho la aspiración de convertirse en el gran retratista de la burguesía. Si hay algo interesante en levantar un centro de producción sería para atraer talento de fuera y que deje en nosotros una parte de su impronta. A los artistas malagueños, a los periodistas y a casi todos los aspirantes a profesionales en general les animaría a que ampliaran sus miras con determinación o resignándose, aunque sea para un cursillo. Es cierto que formamos parte de la generación más preparada pero también la que más jodido lo tiene, pero también es verdad que la nuestra es una ciudad con una gran calidad de vida y que presenta una indecible capacidad para apoltronarnos. En Málaga se vive bien pero hay que irse de vez en cuando.

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