La naturaleza toca fondo

Underwater Photographer of the Year 2019 otorga uno de sus premios principales al español Eduardo Acevedo. Han competido 5.000 imágenes

La imagen superior, una tortuga boba atrapada en una red en Tenerife, ha sido la única premiada de un español. Junto a estas líneas, una serpiente herbácea y un caballito de mar asfixiándose en un vaso de plástico. A la derecha, ballenas jorobadas compiten por aparearse. Abajo, la foto ganadora, unos tiburones devorando un pez loro./UPY 2019
La imagen superior, una tortuga boba atrapada en una red en Tenerife, ha sido la única premiada de un español. Junto a estas líneas, una serpiente herbácea y un caballito de mar asfixiándose en un vaso de plástico. A la derecha, ballenas jorobadas compiten por aparearse. Abajo, la foto ganadora, unos tiburones devorando un pez loro. / UPY 2019
Susana Zamora
SUSANA ZAMORA

Sus vidas transcurren en mar abierto, pero en cuanto desciende la temperatura huyen del frío. Emprenden entonces una larga travesía por el Océano Atlántico hasta hallar refugio en las cálidas aguas canarias. Ayudadas por las corrientes marinas de ida y retorno, las tortugas bobas ('caretta caretta') llegan desde Mauritania, Cabo Verde o el mar Caribe, aunque este viaje transoceánico, que puede prolongarse durante varios años, no siempre es de placer.

Suelen ser presa de depredadores como los tiburones y las orcas, pero también de otros que no impone la naturaleza. En su ruta tienen que sortear peligrosas trampas: plásticos, cuerdas, redes de pesca... En una de ellas quedó atrapado un ejemplar que el fotógrafo español Eduardo Acevedo captó con su cámara mientras buceaba en el litoral tinerfeño. Por esa impactante imagen, en la que denuncia la contaminación y el uso irregular de las artes de pesca, Acevedo ha sido galardonado con el premio Fotógrafo de Conservación Marina 2019 en los Underwater Photographer of the Year.

Un caballito en peligro

Se trata de una competición anual, con sede en el Reino Unido, que rinde homenaje desde 1965 a la fotografía submarina en océanos, lagos e incluso piscinas. En esa misma línea, Noam Kortler capturó el instante en que un caballito de mar quedó atrapado en un vaso de plástico. «Quedé sobrecogido al comprobar que se asfixiaba. Afortunamente, pudimos liberlarlo antes de que muriera», recuerda el autor.

Noam Kortler, tercer premio conservación marina
Noam Kortler, tercer premio conservación marina / Noam Kortler

Una sobrecogedora fotografía, que muestra el momento exacto en que un grupo de tiburones grises de arrecife atrapa y devora a un pez loro, le ha valido al fotógrafo británico Richard Barnden el reconocimiento como Fotógrafo Subacuático del Año.

'El guantelete', nombre que su autor le dio a la instantánea, se tomó en las profundidades a altas horas de la noche en los arrecifes de la Polinesia Francesa, en mitad del Océano Pacífico. «A medida que descendía, cientos de tiburones cubrían el fondo. Un pequeño movimiento del pez loro alertó al enjambre de escualos. El caos se precipitó directamente hacia mí e instintivamente apreté el obturador», explica Barnden. Ganadora absoluta de la competición, esta fotografía se hizo con el primer premio en la categoría Comportamiento ante la dura competencia de más de 5.000 imágenes submarinas presentadas al concurso por profesionales de 65 países.

Richard Barnden, ganador del certamen 2019
Richard Barnden, ganador del certamen 2019 / Richard Barnden

Esta edición ha contado con 13 categorías, en las que los fotógrafos han puesto a prueba sus habilidades en técnicas como el retrato, el macro o el gran angular que empleó Jack Perks para captar la imagen de una serpiente herbácea en un estanque. Entre las temáticas que han entrado a concurso, destaca la imagen de Scott Portelli en la que un grupo de ballenas jorobadas compiten por aparearse con una hembra. «Colocarme en el lugar más idóneo fue el gran desafío. Tras 25 intentos, conseguí captar algo realmente sorprendente», se enorgullece Portelli.

«Nos miró como dándonos las gracias antes de irse»

El fotógrafo submarino Eduardo Acevedo denuncia el drama de las tortugas bobas en aguas canarias

Eduardo Acevedo, en su domicilio de Tenerife.
Eduardo Acevedo, en su domicilio de Tenerife. / E. A.

Tiene 47 años y lleva más de treinta explorando el mar. Es su pasión, su medio. Allí, Eduardo Acevedo se mueve como pez en el agua y se deja llevar por la vida submarina, misteriosa y sorprendente a partes iguales. Cámara en ristre, bucea a pulmón abierto hasta que el cuerpo aguanta. Cada inmersión es una aventura para este profesional tinerfeño de la fotografía subacuática. «A veces, después de seis o siete horas de navegación me vuelvo con las manos vacías», admite. En un año puede disparar más de 5.000 fotografías, aunque solo tres o cuatro son «carne de concurso».

Supo que lo era la que hizo hace dos años desde el primer momento. Decidió presentarla al Underwater Photographer on the Year, uno de los certámenes internacionales de fotografía submarina con más repercusión mediática. Su olfato no le falló y, tal como deseaba, aquella impactante imagen de un tortuga boba atrapada en una red de pesca abandonada resultó galardonada. «Lo tenía todo. Técnicamente era impecable, porque las condiciones del agua eran muy buenas, estaba limpia y había buena luz; además, el animal estaba en buen estado», detalla.

Por esas razones, ha obtenido el primer premio de la categoría Conservación Marina, que no tiene remuneración económica pero sí el reconocimiento al trabajo bien hecho con un viaje de diez días a Filipinas. Satisfecho con el premio, Acevedo confiesa que no es el que más ilusión le ha hecho, «aunque debo admitir que escuchar a Matías Prats pronunciar tu nombre en el telediario es realmente impactante; eso sí que me hizo ilusión».

Un encuentro «no casual»

Cuenta Acevedo a este periódico que aquel día salió «al azul» (así se refiere cuando se sumerge en mar abierto) como otros muchos días a ver qué encontraba. «No fue un encuentro casual», recalca. Fue a 13 millas mar adentro cuando este fotógrafo se topó con la escena. «Es frecuente ver tortugas bobas en aguas canarias, procedentes de Mauritania, Cabo Verde y el Caribe;muchas mueren al ingerir anzuelos o quedar atrapadas en mallas. En aquella ocasión, descubrimos este ejemplar (de unos 40 kilos de peso) que no podía escapar. Decidimos fotografiarlo para denunciar el drama que sufre esta especie en su tránsito por los océanos. Tardamos apenas diez minutos. Luego, tras comprobar su buen estado de salud, la liberamos. Pero no salió huyendo; como si quisiese agradecernos el gesto, nos miró antes de emprender su viaje de nuevo».

Acevedo denuncia los peligros que acechan a estos ejemplares en sus largas travesías, que pueden prolongarse hasta quince años. «Lo que aún desconoce la ciencia es qué extraño GPS tienen en su organismo que les permite regresar a la playa donde nacieron... Si sobreviven, claro».