Una malagueña en el cielo de la astrofísica

Amelia Bayo lidera en Chile un proyecto para la construcción de los espejos de un sistema gigante de telescopios

La malagueña Amelia Bayo /ESO/Max Alexander
La malagueña Amelia Bayo / ESO/Max Alexander
Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

En Málaga no veía las estrellas. En el barrio de la Victoria donde se crió de niña, los edificios y la luz esconden el cielo. Es lo habitual: dos tercios de la población del mundo nunca ha visto la Vía Láctea, «no han comprobado por qué nuestra galaxia se llama así». Ahora ella no entiende la vida sin los astros. Se pasa horas y horas mirando hacia arriba en observatorios internacionales y también hacia abajo, en el laboratorio, para entender qué pasa sobre nuestras cabezas. La malagueña Amelia Bayo Arán (1981) lidera en Chile un proyecto para la construcción de los espejos de un sistema gigante de telescopios. Con él espera responder a la pregunta que le obsesiona desde que fue consciente del inmenso y complejo universo que nos rodea: ¿Cómo se forma un planeta?

Amelia Bayo es profesora del Instituto de Física y Astronomía de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valparaíso (Chile) y está al frente del Núcleo Milenio de Formación Planetaria. El año pasado ganó una subvención del Gobierno chileno de un millón de dólares para llevar adelante una iniciativa que revolucionará la manera de ver los cuerpos celestes. En estos momentos, el ESO (Observatorio Europeo Austral, donde ella también trabajó) construye el telescopio más grande del mundo, un aparato de 30 metros de diámetro que estará listo en una década. Este gigante se acompañará de otros telescopios de grandes dimensiones, pero para conocer en profundidad cómo se construye un planeta alrededor de una estrella, cómo va ganando poco a poco masa interactuando con el material que tiene a su alrededor, hasta esa herramienta se quedará pequeña. «Para eso se necesitaría un telescopio de un kilómetro de diámetro, y eso es físicamente imposible».

Pero hay una alternativa factible. Y en ello está. «Puedes construir un telescopio de ocho metros de diámetro o varios más chiquitos de un metro y ponerlos separados ocho metros. Cuando la luz coincide exactamente, la interferometría te da el mismo nivel de detalle en una imagen que un telescopio de ocho metros», detalla de forma didáctica. Así que Amelia Bayo, como parte de un consorcio internacional, planteó un reto: ¿por qué no hacer 20 o 30 telescopios idénticos, relativamente pequeños, separarlos un kilómetro unos de otros y hacer coincidir la luz que llega? De esa forma, se podría obtener una imagen reconstruida «fidedigna de lo que está pasando».

La meta ahora es crear 20 o 30 réplicas de espejos para que todo cuadre, y este desafío es el que Amelia quiere atacar desde Chile. Un trabajo de laboratorio en el que invierte prácticamente todo su tiempo junto a otros 24 investigadores. Han sustituido el vidrio por la fibra de carbono, un material estable y muchísimo más ligero. Con dos horas en un horno de alta presión, se obtiene una copia perfecta. Lo están haciendo por partes para luego componer el espejo final. Este sistema permite construirlos en serie, con lo que implica de ganancia de tiempo y dinero. Quedan muchos retos por delante, como que la ligereza de estos espejos no haga que vibren. De hecho, Bayo estima que faltan diez años para que sea una realidad, pero ya están en el camino.

Mirar al cielo le ha hecho ver la Tierra de manera «distinta». «Un árbol, por ejemplo. Todo el carbono de ese árbol se ha formado primero en una estrella. De granos de polvo que son tan enanos que no podemos ni ver, de algún modo, en torno a una estrella se pegan, crecen y terminan convirtiéndose en un planeta. Si lo haces en laboratorio, no funciona de ningún modo. ¿Cómo ocurre?», explica con la pasión de quien dedica su vida a desentrañar un misterio.

Esta antigua alumna de las Teresianas nunca se lo hubiera imaginado. Empezó estudiando Matemáticas, primero en Málaga y después en Madrid, impulsada por sus ansias de investigar. Quería hacerlo antes de terminar la carrera y la única oferta que encontró un verano fue para física en la Agencia Espacial Europea. «Pensé que el no ya no tenía, así que lo intenté», cuenta. No solo se hizo con las prácticas, sino que descubrió todo un universo de posibilidades. «Me enamoré de las astronomía».

Terminó la carrera de Matemáticas con la especialidad de Astronomía y Geodesia, comenzó dos doctorados en Inteligencia Artificial y en Astrofísica, y realizó su tesis en el Centro de Astrobiología. De ahí daría el salto a Chile, al Observatorio Europeo Austral (ESO). Fue «de mochileo» a observar al país austral e inmediatamente tuvo claro que tenía que volver allí para trabajar. Lo hizo con un contrato de cuatro años con el que pasaba una semana al mes en la montaña, contemplando el universo. Y cada vez se metía más en el tema de «cacharreo, instrumentos, telescopios». Después (con otros contratos y proyectos entre medias) se sacaría unas oposiciones para la Universidad de Valparaíso. Y hasta ahora. Desde Alemania, hasta donde ha viajado por una reunión de expertos en la materia, no quiere acabar la conversación sin añadir algo: «Sin el ejemplo de mis padres no habría tenido el convencimiento de que trabajando todo lo duro que haga falta uno puede perseguir lo que quiera».

 

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