La noche en la que mataron a la familia del último zar de Rusia

La noche del 16 al 17 de julio se cumple un siglo del atroz asesinato

La familia imperial al completo. De izquierda a derecha, María, Tatiana. Nicolás, Alejandra, Anastasia, Alexis y Olga./R. C,
La familia imperial al completo. De izquierda a derecha, María, Tatiana. Nicolás, Alejandra, Anastasia, Alexis y Olga. / R. C,
ALBERTO SURIO

Dieciséis de julio de 1918. Noche de verano en la Rusia de los Urales. A la una y media de la madrugada, se encienden súbitamente las luces de una casa señorial en la ciudad de Ekaterinburgo. La mansión pertenece al comerciante Nikolai Ipatiev, ha sido requisada por los revolucionarios y desde hace varios meses es la prisión del zar Nicolás, su esposa la zarina Alejandra, el zarevich Alexis y sus hijas, las grandes duquesas Olga, María, Tatiana y Anastasia. También están recluidos el médico Eugene Botkin y tres miembros del servicio: Anna Demidova, camarera de Alejandra, el mayordomo Ivan Jaritonov y el cocinero Aleksei Trupp.

Nicolás había abdicado en marzo del año anterior en la convulsión de una Rusia destrozada por la Gran Guerra en la que triunfaba la primera Revolución moderada. Los bolcheviques se hicieron con el poder en noviembre, pero los 'blancos', partidarios de la restauración monárquica, amenazaban la revolución de los Soviets en una guerra civil a las puertas de la ciudad.

El comandante bolchevique Yakov Yurovsky lleva varias semanas al frente de la guardia de la casa, custodiada por miembros de la policía secreta bolchevique. Durante el día se escucha a lo lejos el fragor del frente cercano entre los rojos y los blancos. Yurovsky avisa primero al médico, que aún no se ha acostado, para que comience a despertar a todos para que se vistan y bajen al sótano. Alega el riesgo de caos en la ciudad por la previsible llegada de las tropas checas contrarrevolucionarias. La consigna es que tienen que evacuar rápidamente la casa en un camión.

La orden fue dada por el Soviet de los Urales ante el riesgo de que la familia fuera liberada

Alexis, enfermo de hemofilia, se levanta con dificultades de la cama y se viste con el uniforme caqui. Se encuentra débil tras una reciente recaída. Días antes se había golpeado con fuerza la rodilla tras lanzarse en trineo por las escaleras de madera de la casa. Fue su última travesura. Nicolás viste también su abrigo caqui, el mismo que ha lucido con orgullo durante todo su arresto, aunque los bolcheviques le han arrancado las charreteras de coronel en los hombros.

La habitación de la casa Ipatiev en la que fueron asesinados los Romanov.
La habitación de la casa Ipatiev en la que fueron asesinados los Romanov. / R. C,

Los revolucionarios denominaban en clave a la mansión Ipatiev la «casa de los propósitos especiales», en alusión a su objetivo. Tras la abdicación de Nicolás en marzo de 1917 y la proclamación de la República, los Romanov habían iniciado una angustiosa travesía. Durante los primeros meses, con los moderados de Kerensky al frente del Gobierno provisional, su estancia en Tobolsk, en Siberia, fue más relajada. La llegada al poder de los bolcheviques cambió el trato y el panorama se llenó de malos presagios.

Las claves

La guerra civil entre blancos y rusos
Tres días después de la masacre, Ekaterinburgo fue tomada por las tropas checas que formaban parte del Ejército blanco, partidario de la restauración monárquica, y que libraba con los rojos –los bolcheviques– una cruenta guerra civil.
Diamantes en los corsés como chalecos antibalas
Las hijas del zar llevaban cosidos en sus corsés numerosos diamantes que ejercieron de chalecos antibalas y provocaron que muchos proyectiles rebotasen y que los atacantes tuvieran dificultades para clavar las bayonetas. La emperatriz llamaba crípticamente en su diario «ordenar las medicinas» a esta labor preventiva ante la posibilidad de un rescate o una fuga. Las piedras preciosas estaban también incrustadas en el cinturón de la zarina y bajo la gorra del zarevich. Tras la masacre se recogieron seis kilos de diamantes. Dos de los verdugos se negaron a disparar a las mujeres.

Aquel verano de 1918 el frente bélico estaba a las puertas de Ekaterinburgo. Los intentos de Jorge V, primo de Nicolás, para acoger a la familia imperial en Gran Bretaña, se frustraron por la fuerte oposición laborista. En las últimas semanas un espía británico había visitado Ekaterinburgo para explorar las posibilidades de una operación de salvamento, pero las numerosas ametralladoras que rodeaban la casa le llevaron a una conclusión: misión suicida.

Contra el símbolo

El 29 de junio el Soviet de los Urales acordó la ejecución de Nicolás para evitar que los blancos se hicieran con el símbolo vivo de la Monarquía. El soviet trasladó a Moscú su decisión, a través del comisario bolchevique Filipp Goloshchokin, para que fuera el Soviet Supremo el que diera luz verde. Aunque no hay una constancia de la orden escrita, la mayoría de los historiadores están convencidos de que tanto Lenin como Trostky avalaron la ejecución de Nicolás –en un principio se pensó para él un juicio público en Moscú– si bien dejaron su materialización en manos del Soviet de los Urales. Fueron, al parecer, los elementos más radicales quienes incluyeron a todos los Romanov en la ejecución ante el riesgo de que la familia imperial permaneciera como emblema para una eventual restauración monárquica. De hecho, nunca se dijo al comienzo que la masacre había afectado a toda la familia y se apuntó que los hijos habían muerto en la 'evacuación' de la ciudad.

Cuatro de los hijos del zar, en su reclusión en Tobolsk.
Cuatro de los hijos del zar, en su reclusión en Tobolsk. / R. C,

Julio de 1918. En las últimas semanas el régimen disciplinario se ha endurecido en la casa Ipatiev. Las ventanas se han tintado de blanco para evitar que se vea el exterior, los jóvenes guardianes que solían bromear con las hija del zar – incluso uno tuvo un idilio con María– son relevados por bolcheviques más rudos, milicianos letones. Los guardianes hacen dibujos obscenos en las paredes de la casa. Los Romanov pasan las horas aislados del exterior. Nicolás debe administrar su economía. Dispone de seiscientos rublos por cabeza y una cartilla de racionamiento. Les queda oír misa, la lectura, la costura y los interminables juegos de cartas para matar las horas. La familia imperial ha perdido a parte de su servicio. Algunos, como el profesor de francés Pierre Guilliard, han sido despedidos. Otros, como el marinero que ayudaba a Alexis, ha sido fusilado.

Nicolás nunca deja de leer en alto sus libros, ya sean los Evangelios o la historia de Rusia. Ni de fumar compulsivamente. Tampoco deja de apuntar en su diario personal sus movimientos, por nimios que sean. Su esposa escribe a menudo: «Hoy hemos vuelto a ordenar medicinas». Una frase críptica que revelaría más tarde un secreto. Su última anotación: «Después de cenar a las ocho, juego de cartas con N. A la cama a las diez y media de la noche. Quince grados».

La familia imperial y sus ayudantes bajan confiados al sótano y se santiguan cuando pasan por debajo de un oso disecado que hay en la escalera. Son las dos y media de la madrugada. Alexis se da cuenta de que falta un muchacho de su edad. Es un mozo de cocina al que los bolcheviques han obligado a huir de víspera.

Visita de la familia imperial al frente durante la Primera Guerra Mundial
Visita de la familia imperial al frente durante la Primera Guerra Mundial / R. C.

Ya en la habitación de la bodega, Alejandra, con un punto altivo, pregunta: «¿Está prohibido sentarse?», y pide algunas sillas. Yurovsky se las trae del piso superior. Las maletas están apiladas a un lado. Nadie sospecha nada. Las chicas visten su ropa de viaje, blusas blancas y faldas oscuras, amplias, y colocan unos almohadones sobre las sillas. En los lados se ponen los miembros del servicio y las hijas se colocan detrás de sus padres y hermano, como si fueran a posar para uno de sus retratos. El zar sujeta a su hijo sobre las rodillas.

La sentencia

Pasa media hora en la que nadie hace preguntas. Alexis se queja, está agotado y pregunta a su padre cuándo puede volver a la cama. Le falta un mes para cumplir 14 años. De repente escuchan el ruido de un grupo bajando las escaleras. Se inquietan. Yurovsky entra en la estancia con los hombres armados con revólveres, les ordena ponerse en pie y saca un papel. En nombre de la Revolución, lee nervioso, se condena a Nicolás Romanov –el «verdugo coronado»– a ser ejecutado para evitar su fuga ayudado por sus parientes europeos. El médico balbucea: «¿Entonces no vamos a ir a ningún lado?». La emperatriz se santigua. El zar, aturdido, da un paso y pregunta: «¿Pero qué es esto?» Y pide escuchar de nuevo la sentencia. Tapa los ojos a su hijo. Yurovsky repite la frase y comienza a disparar su revólver Colt sobre el torso del zar, que cae desplomado. Ha dado una orden a los verdugos para que apunten al corazón para evitar demasiada sangre y cada uno tiene además un objetivo. Los integrantes del escuadrón vuelven a disparar. La segunda en morir es Alejandra, de un balazo en la sien con orificio de salida por la mandíbula. A Alexis, que en la primera descarga no muere, lo remata en el suelo Yurovsky.

El comandante bolchevique ordena un alto el fuego momentáneo. El humo impide la visión y los gritos son constantes. El resto de la familia y del séquito sigue con vida, aunque malheridos. Los agresores vuelven a entrar en la habitación, de seis por cinco metros, cuyo estuco ha sido picado previamente para evitar que las balas reboten en las paredes. Rematan a todos los que quedan a bayonetazo limpio, aunque la labor se complica por los corpiños resistentes de las archiduquesas. Al final se utilizan los revólveres a quemarropa. La escena es dantesca: una pista resbaladiza de sangre, sesos y excrementos de los moribundos. Matan hasta a dos de las tres mascotas de los hijos del zar. El perro de Alexis se esconde, asustado por el ruido, y escapa. Yurovsky carga los cadáveres en el camión pero sufre una avería en un lodazal del camino. Quema sus ropas e intenta deshacerse de los cuerpos en un paraje cercano tras rociarlos con ácido sulfúrico y queroseno. Prende fuego a algunos. Finalmente entierra los restos en un bosque. Los investigadores de la masacre recogieron más de un centenar de casquillos de bala en la habitación.

En 1991 unos arqueólogos descubrieron unos restos que correspondían a los integrantes de la familia imperial. En 2007 se localizaron unos huesos en las proximidades y las pruebas de ADN confirmaron que eran los del zarevich y María. Quedó así resuelto un gran enigma del siglo XX. La leyenda de la archiduquesa Anastasia como la única supuesta superviviente de la masacre dio pie a múltiples teorías que se demostraron finalmente falsas. El caso, que sacudió al mundo y cambió la historia, cumple este mes cien años.

Fin de una époc: El último «autócrata de todas las Rusias»

Nicolás Romanov fue el último «emperador y autócrata de todas las Rusias». Ese era su título oficial como zar. Incapaz de admitir la necesidad de los cambios, se quedó anclado en un modelo que colapsó en 1917. Muy religioso y amante de su familia, estuvo muy influenciado por su esposa, la emperatriz Alejandra, alemana de origen y manejada por el monje Rasputín. Las derrotas rusas en la guerra mundial fueron la puntilla a una dinastía de tres siglos.

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