«Se me cayó todo el pelo en un día»

De izquierda a derecha, Laura, Marta, Lucía, Fiorella, Celia y Laura. Las seis sufren alopecia areata. /virginia Carrasco
De izquierda a derecha, Laura, Marta, Lucía, Fiorella, Celia y Laura. Las seis sufren alopecia areata. / virginia Carrasco

Las mujeres con alopecia areata viven con desgarro la pérdida del cabello. Los cánones de belleza las estigmatizan. El Ramón y Cajal les brinda psicoterapia grupal contra la depresión y la ansiedad

ANTONIO PANIAGUA

Celia comprobó un día mientras se duchaba que el pelo se le caía a mechones. En apenas quince días, se quedó completamente calva. No le dolía nada, pero el sufrimiento psicológico era terrible. Se estrelló contra la incomprensión de mucha gente que reducía su padecimiento a un problema de cariz exclusivamente estético. «Me ocurrió hace ocho años. Me metí en casa y no era capaz de hacer nada. Desde entonces, tomo ansiolíticos y voy a un terapeuta». Celia sufre alopecia areata, una enfermedad autoinmune que provoca la pérdida de cabello y la desaparición, en los casos más graves, de cejas, pestañas y vello púbico. Pese a que se trata de una patología indolora y no contagiosa, causa un grave deterioro emocional y muchos perjuicios en la calidad de vida. Los varones que la padecen suelen sobrellevarla sin excesivos contratiempos, pero los códigos culturales y los cánones de belleza hacen que las mujeres lo soporten a duras penas. Viven la afección como un estigma, atraen miradas impertinentes y compasivas y, en los casos más prematuros, hasta son víctimas de acoso escolar.

Es lo que le ocurrió a Laura, quien narra con voz imperturbable trances dolorosos ocurridos en el colegio. «Un día fueron mis compañeros desde mi casa hasta el colegio conmigo llamándome 'la pelucas'. Me la intentaron quitar en el recreo muchísimas veces». A Laura le salió la primera placa (como dicen los dermatólogos para referirse a las calvas) a los doce años. De pronto, recobró el pelo dos años más tarde. Como todas las pacientes, experimenta recaídas que no sabe a qué atribuir y sigue con expectación y cierta impaciencia la aparición de medicamentos realmente eficaces, dado que los actuales tratamientos no son curativos, además de generar efectos adversos. A lo sumo, frenan a veces la caída y hacen que el cabello vuelva a crecer, aunque no resulta tarea fácil. Si difícil es que se repueble el cuero cabelludo, más lo es que luego el pelo se mantenga.

La enfermedad

1-2% es la prevalencia de la alopecia areata, una enfermedad autoinmune que provoca la pérdida del cabello y cuya causa no está totalmente aclarada. En los casos más graves también desaparece el vello corporal, incluidas cejas y pestañas. Se da tanto en hombres como en mujeres, aunque en estas últimas el impacto emocional es mucho más acusado. La evolución de la dolencia areata es imprevisible; puede durar unos pocos meses o muchos años. El estrés constituye a veces un factor detonante.

La segunda Laura del grupo que se presta a hablar para este reportaje padeció de forma más precoz la afección, con solo seis años, lo que suele ser un indicio de mal pronóstico. «Tengo una hija normal y corriente y de pequeña no sufrí traumas. Cuando se me empezó a caer el pelo no había ninguna causa aparente».

«En este tipo de alopecia no son posibles los trasplantes capilares porque el pelo se volvería a caer. El sistema inmunológico atacaría de nuevo las raíces y produciría otra vez una inflamación del folículo piloso», apunta Sergio Vañó, dermatólogo y director de la Unidad de Tricología del Hospital Ramón y Cajal, en Madrid. «No está justificado procurar corticoides durante quince años porque es un tratamiento que puede generar efectos secundarios. Con miras al futuro, se están investigando fármacos que aporten más seguridad y que quizá puedan conseguir que la paciente mantenga el pelo todo el año con la administración de cinco inyecciones», avanza Vañó, quien informa a un grupo de mujeres de los tratamientos actuales y los que están por llegar.

Insomnio y baja autoestima

Todas ellas se reúnen una vez al mes en una sala del Ramón y Cajal para compartir sus experiencias y prestarse apoyo mutuo, bajo la dirección de Patricia Fernández, psicóloga clínica y miembro del servicio de Psiquiatría del centro. Buscan superar un problema que viven con desgarro. No en balde, el cabello desempeña un papel crucial en la identidad y la imagen, por lo que su pérdida menoscaba la autoestima y acaba generando, sobre todo en las mujeres, depresión y ansiedad.

«Desde un punto de vista psicológico, es muy duro. Además del disgusto, vives sumida en la incertidumbre; no sabes qué hacer, te recorres todas las consultas, pruebas con todos los médicos, experimentas todos los tratamientos, lees todo lo que se publica», explica Lucía. «Ahora estoy fenomenal, pero no tener pelo puede provocar muchos problemas, como infecciones de orina, alteraciones respiratorias, sequedad en los ojos… El pelo protege», agrega.

Nada más citar estos contratiempos, todas asienten y citan inconvenientes asociados a la calvicie. Y es que el pelo regula el calor corporal, retiene el sudor e interpone una barrera frente a los patógenos. «Yo llevaba gafas con cristales de mentira para protegerme los ojos del polvillo», comenta Celia. Si se atreven a salir a calle sin la peluca o el pañuelo para ocultar su alopecia, muchas veces son confundidas con enfermas de cáncer y se producen malentendidos.

Fiorella decidió un día raparse la cabeza y encarar de frente los prejuicios. Cuando alguien le pregunta si es una paciente oncológica, responde con asertividad. «Le digo: 'estoy fenomenal. ¿Y tú?'. He decidido llevar peluca porque soy así. Quiero que dentro de veinte años, si a mis hijas se les cae el pelo de golpe, lo vean como algo normal. No quiero que pasen por lo que yo he pasado y no les apetezca salir a la calle. Es una pequeña reivindicación».

Fiorella no quiere caer en el discurso derrotista. «Le vamos a dar otra vez un enfoque negativo», avisa a sus compañeras de terapia. Marta, a quien le salió su primera placa a los seis años, aunque lleva en tratamiento los últimos siete, no oculta que la enfermedad es muy limitante. «Es que no hay un enfoque positivo. Es cierto que tenemos trabajo y un lugar donde comer y dormir, disponemos de agua caliente y fría. ¿Es posible vivir sin pelo? Sí. ¿Se puede vivir sin piernas?, también. Pero a lo mejor una persona sin piernas es más feliz que yo con estas placas. Como tú, he ido por la calle sin peluca, calva y tranquila, pero esto es muy desagradable. Porque, al final, no crees que seas una buena compañía, no te encuentras a gusto contigo, lo que se traduce en que no te encuentras a gusto con nadie. En mi casa solo entra un sueldo, de modo que no podía deprimirme y quedarme entre cuatro paredes, así de claro», alega Marta.

Por la terapia grupal del Ramón y Cajal ya han pasado 22 mujeres. Según la psicóloga Patricia Fernández, seis de cada diez sufren insomnio. Además de una baja autoestima, una tercera parte de las pacientes presenta ideas obsesivas. Suelen tener miedo a ser juzgadas y, en ocasiones, a no encontrar trabajo. «Muchas han dejado su empleo por el temor a dar explicaciones y las que no lo tenían temen las entrevistas de trabajo por su vulnerabilidad. Un 38% registran antecedentes familiares de trastorno mental», aduce Fernández. Algunas de ellas llegan a desarrollar una personalidad obsesiva. No es raro que al levantarse cuenten en la almohada los cabellos que han perdido durante la noche.

Para Laura, los hombres comprenden mejor la razón de su malestar que las mujeres. Al menos sus amigas tienden a quitar hierro al asunto, quizá para consolarla, mientras que ellos son más conscientes de lo que supone el trauma de estar calva. «Entienden que al perder pelo pierdes femineidad». En esta situación, las relaciones amorosas y sexuales son delicadas. Laura ha encontrado plena sintonía con su pareja. Antes de su relación, explicaba a sus ligues su problema nada más producirse la segunda cita. «Tampoco quería que se quedara con mi peluca en un arrechucho», comenta entre risas. «Todos reaccionaban alucinados cuando se lo decía. A mi marido lo conocí así, a él le dio igual. No obstante, he tenido que aguantar que algunos que me acosaban en el colegio intentaran ligar después conmigo en los bares porque, al verme en épocas en que tenía pelo, no me reconocían».

No se sabe con certeza la causa de la alopecia areata, si bien el estrés puede ser a veces el detonante. Pese a la incertidumbre que concita la enfermedad, existen pruebas de que la genética influye en su desarrollo. Los tratamientos que son efectivos surten resultados al cabo de varios meses. Según indica Vañó, la evolución de la afección es en muchos casos impredecible.

Los fármacos que vienen

Fiorella ha tenido varias reincidencias, y no descarta que alguna vez la tensión haya desencadenado rebrotes de la patología: «El año pasado, no sé si porque mi hija estuvo a punto de morir, se me cayó todo el pelo en un día». No le ocurre lo mismo a Laura, cuyo hermano pereció en un accidente de tráfico y todo su cabello permaneció en su sitio.

La confianza de las pacientes que sufren alopecia areata, cuya prevalencia oscila entre el 1 y el 2%, reside en la aparición de nuevos fármacos en los próximos tres años. Hay muchas esperanzas puestas en los inhibidores de los JAK, un tratamiento que se ha mostrado eficaz en la repoblación del cuero cabelludo, aunque todavía está en fase de investigación.

Esta patología es la segunda modalidad de alopecia más frecuente, después de la androgénica, que tiene una raíz hormonal. «El objetivo de la terapia grupal es fomentar la resiliencia y las conductas adaptativas. Un alto porcentaje de ellas se sentían solas porque no lo verbalizaban. Otra finalidad del grupo es que se acompañen unas a otras», argumenta Patricia Fernández.

En los casos más extremos, acontecen intentos de suicidio. Si a la vulnerabilidad que comporta el trastorno mental se une una mala gestión del estrés y determinados rasgos patológicos de la personalidad, las pacientes pueden sentirse abocadas a intentar quitarse la vida. «Nuestra socialización pasa por dar una buena imagen de nosotros», arguye la terapeuta.

Víctimas de los prejuicios

ergio Vañó (izda.), Patricia Fernández y el dermatólogo David Saceda, junto a algunas pacientes que acuden a terapia de grupo en el Hospital Ramón y Cajal.
ergio Vañó (izda.), Patricia Fernández y el dermatólogo David Saceda, junto a algunas pacientes que acuden a terapia de grupo en el Hospital Ramón y Cajal. / VIRGINIA CARRASCO

Celia: «Me metí en casa y no era capaz dehacer nada. Tomo ansiolíticos y voy a un terapeuta»

Laura: «Mis compañeros fueron desde mi casa hasta al colegio llamándome 'la pelucas'»

Lucía: «No sabes qué hacer, te recorres todas las consultas y pruebas con todos los médicos»

Laura: «Cuando se me empezó a caer el pelo no había causa aparente que lo explicara»

Fiorella: «Ojalá que dentro de 20 años, si a mis hijas se les cae el pelo de golpe, lo vean como algo normal»

Marta: «Se puede vivir sin pelo, pero a lo mejor una persona sin piernas es más feliz que yo»

«Un trasplante no es como ir al peluquero»

No es infrecuente que al Hospital Ramón y Cajal lleguen hombres que han viajado a Turquía y se han hecho allí un trasplante capilar. Atraídos por los bajos precios, en ocasiones se ponen en manos de clínicas que no cumplen las condiciones mínimas para operar con seguridad y que carecen del personal sanitario preparado. Es una forma de turismo sanitario que puede salir cara. «Cada dos o tres semanas vienen pacientes con la cabeza llena de heridas. Han ido a centros 'low cost' para someterse a un injerto en Turquía, donde el coste de la operación es hasta un 20% inferior. En ese país, una clínica buena cobra entre 6.000 y 7.000 euros por el procedimiento, mientras que una de bajo coste pide unos 1.500. Más barato que si te fueras de vacaciones», apunta el dermatólogo Sergio Vañó.

«En la misma sala operan a seis o siete personas. Son intervenciones que no las realizan médicos, sino técnicos sin mucha formación que además no sulen hablar el idioma del enfermo», destaca Vañó. Lo malo es que también están surgiendo en España establecimientos que tiran los precios y llevan a cabo trasplantes capilares por 4.000 o 5.000 euros, cuando lo normal es que en un centro acreditado el precio se mueva en una horquilla de 6.000 a 10.000 euros.

En principio no hay nada que objetar a la ley del mercado, pero Vañó recomienda que eligir bien la clínica, porque hay gangas sospechosas. Solo el alquiler del quirófano no baja de los 2.000 o 3.000 euros. Y es que una intervención de estas características exige la presencia de un anestesista, un cirujano, una o dos enfermeras y tres o cuatro técnicos capilares. «El pelo hay que irlo perfilando uno a uno e insertarlo en el cuero cabelludo del paciente», explica Vañó, quien subraya que Turquía puede ofrecer precios más ventajosos porque no aplica un IVA del 21%, a lo que se suma que el propio Gobierno concede subvenciones para potenciar el país como destino turístico. «A un paciente que vino aquí le quitaron tanto pelo de la zona de atrás que le dejaron lleno de calvas –recuerda–. No había nada que hacer para remediarlo, salvo tatuar el cuero cabelludo con micropigmentaciones para disimular la ausencia de pelo. Un trasplante capilar no es como una visita a la peluquería».

Hay más de cien causas que provocan la pérdida de pelo, desde factores hormonales a inmunológicos, pasando por la dieta alimenticia, ciertos tipos de infecciones, estrés... La alopecia androgénica es la forma más frecuente de calvicie en los varones. La frontal fibrosante suelen sufrirla las mujeres a partir de la menopausia. Quienes la padecen pierden el pelo en la zona de la diadema (fronto-temporal).