La voz del campo clama en el desierto

María de los Ángeles en su tractor, la foto que en solo unas horas ha dado la vuelta a España./RC
María de los Ángeles en su tractor, la foto que en solo unas horas ha dado la vuelta a España. / RC

Una agricultora de Sayatón, un pueblo de Guadalajara de 50 habitantes, logra reabrir un debate tan viejo como olvidado. «En estas zonas están más protegidas las aves que los niños», dice María de los Ángeles

IRMA CUESTA

María de los Ángeles Rosado no podía imaginar que una foto suya a los mandos de su tractor, y un mensaje reivindicando un tipo de vida tan duro como olvidado para la mayoría, bastarían para colocar en el punto de mira la realidad de todos esos pueblos de España en los que se sobrevive como se puede. Ángeles, de 39 años, decidió despedir 2018 en Twitter con una imagen suya en medio de campo y la siguiente leyenda: «Terminando de sembrar. Madre, joven agricultora en Sayatón, pequeño municipio de 50 habitantes de Guadalajara, junto a la Sierra de Altomira, Red Natura 2000, sin colegio ni pediatra, médico una hora a la semana. Y aquí seguimos, con una sonrisa, dando de comer al mundo». Unas horas después, su tuit se había convertido en viral y su mensaje había calado entre los miles de personas que, como ella, viven en un lugar en el que el médico, como el panadero, el carnicero, el pescadero y el hombre de la fruta, pasan una vez a la semana; y en donde cada día uno debe recorrer más de cien kilómetros para que sus hijos puedan ir y volver del colegio.

«La realidad es que no pensé para nada en que podía tener esa repercusión. Hice la fotografía y escribí para mis hijos, que estaban con mi madre. Pensé en reivindicar esta forma de vida y este lugar increíble, pero sin olvidar el hecho de que somos ciudadanos olvidados. Demasiado pocos... demasiado pocos votos», lamenta encantada con la idea de que su reflexión sirva para algo.

El mejor lugar para crecer

Licenciada en Ciencias Políticas, Ángeles dejó Ciudad Real, la ciudad en la que nació y creció soñando con ser ministra de Agricultura, cuando se enamoró del hombre con el que 20 años después sigue compartiendo su vida. «Él era agricultor, y a mí me pareció bien olvidar otros proyectos y dedicarme a esto. Al fin y al cabo, mi padre fue pastor y todo esto me gustaba y resultaba cercano», dice mientras enumera todo lo bueno que tiene vivir en el campo. «Imagina, aquí vemos la Vía Láctea cuando anochece, mis hijos se alimentan con lo que cultivamos en el huerto, y el aire que respiramos no puede ser más puro. No creo que exista mejor lugar que el campo para crecer».

Guadalajara, zona cero

Sayatón
El municipio en el que vive Ángeles se fundó nada menos que en el siglo XV pero, desde entonces, no ha hecho más que perder habitantes. Hoy, dos empresas familiares dedicadas a la explotación de las tierras y un bar que abre solo de vez en cuando siguen dando vida a este pueblo de 50 vecinos.
La Laponia española
a provincia de Guadalajara comparte con las de Cuenca y Teruel el título de zona cero de la despoblación. Se trata de los Montes Universales y sus 41 municipios donde apenas residen de forma permanente 3.500 vecinos, es decir una densidad de 0,98 habitantes por kilómetro cuadrado, la mitad de los 1,9 de los 21 municipios de Lappi, la región menos habitada de Laponia, en el ártico finlandés. Como recuerda el periodista Paco Cerdà en su libro 'Los últimos' (Pepitas de Calabaza), la densidad en Siberia es el triple que en esa zona de España.

El problema, explica esta madre de dos niños de 12 y 8 años, es que vivir en el paraíso tiene su lado malo. «Frente a todo lo bueno están los inconvenientes. Tener que llevar a tu hijo enfermo de asma por la comarca en busca del médico, que ese día puede estar de ronda en cualquier lugar; recorrer muchos kilómetros para llevarlos y traerlos del colegio, porque en Pastrana, el municipio al que acuden, ha sido imposible poner en marcha un comedor escolar... hago más de cien kilómetros al día, al año gasto casi cinco mil euros en gasolina. Todo eso hace que algunos días me levante con ganas de marcharme de aquí, que incluso mis hijos me pregunten por qué no podemos vivir con la abuela, en un lugar con más niños y muchos más servicios. Pero luego pienso en lo bueno y, sobre todo, en que los agricultores no podemos deslocalizar nuestro trabajo», afirma riendo.

Cada día, los niños de Sayatón acuden a Pastrana al colegio.
Cada día, los niños de Sayatón acuden a Pastrana al colegio. / RC

«Se olvidan las personas»

Mientras aprovecha para reivindicar una suerte de complemento salarial rural que ayude a los hombres y mujeres del campo con todos los gastos extra que están obligados a afrontar por haber decidido vivir lejos de la civilización, Ángeles confiesa que su vocación fue convertirse en política. «Entendiendo la política como servicio público, pero no sé si habría sido capaz de encajar en la estructura de un partido». Lo dice convencida de que todos deberíamos sentir la necesidad de velar por el bien común. «Mi tuit tenía un claro contenido político. Este es un lugar precioso y perfectamente protegido, incluido en la Red Natura 2000, pero también un lugar que en ocasiones se olvida de las personas, de quienes viven en él. Y eso no quiere decir que debamos tener un médico o un colegio en cada pueblo, pero sí garantizar los servicios mínimos priorizando».

Hace ya mucho tiempo que Ángeles se percató de que el diseño de las políticas públicas no se realiza en función de las necesidades reales de la población, sino de los rendimientos electorales. «Aquí, muy cerca de casa, hay un enorme frontón al que devora la maleza sin que haya sido prácticamente estrenado. Cuando se construyó solo había empadronado un niño en todo el pueblo. Nadie preguntó si hacía falta o no, se hizo y punto, gastando miles de euros».

Hoy son seis los chavales que crecen en Sayatón y es por ellos por los que lucha Ángeles. «Hay que buscar un equilibrio, lo que no es normal es que en estas zonas estén más protegidas las aves que los niños. Esa es la realidad aunque nos pese».