La granizada

En un campamento rohingya: «Nunca te acostumbras a la muerte»

De crisis en crisis. El pediatra argentino, con sus colaboradores en África, donde también trabajó con refugiados. /RC
De crisis en crisis. El pediatra argentino, con sus colaboradores en África, donde también trabajó con refugiados. / RC

El pediatra advierte de que incluso los conflictos más lejanos pueden acabar salpicándonos

ZIGOR ALDAMA

Es muy posible que se corte la comunicación, porque a menudo se cae internet o se va la luz». Juan Carlos Martínez advierte de una realidad que, efectivamente, se impone durante la accidentada conversación que mantiene desde Bangladesh con este periódico. Cuando la red no flaquea, son los ensordecedores bocinazos de los camiones los que dificultan escuchar con claridad a este pediatra argentino de 33 años, cooperante de Médicos Sin Fronteras, que lleva más de dos meses inmerso en los campos de refugiados rohingya.

Su objetivo va más allá de salvar la vida de los niños enfermos que trata en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital que gestiona la ONG: él también se dedica a formar al personal sanitario local, para que adopte protocolos y modos de actuar propios de los centros médicos occidentales. «Tenemos que lograr hacer mucho con recursos muy limitados», explica.

Ha trabajado antes en tres países africanos. ¿Qué diferencia a la crisis de los rohingya de las que vio allí?

Cada misión tiene sus propias características, pero en este caso yo destacaría dos cosas fundamentales. Por un lado, la magnitud de la emergencia. En los campos hay casi un millón de personas. Es como una ciudad enorme que nunca acaba. Por otro lado, los refugiados son ciudadanos de otro país, no desplazados internos. Esto complica mucho todas las operaciones porque están sujetos a multitud de restricciones, incluida la de movimiento. El hacinamiento y la falta de higiene facilitan el contagio de enfermedades.

¿Cuáles son las más comunes?

Las diarreas agudas son muy habituales. Pueden parecer poca cosa, pero a veces resultan letales. Además, tenemos muchas enfermedades respiratorias y de la piel. Afortunadamente, la malaria y el cólera no son ahora problemas importantes, pero hemos detectado un brote de dengue. También hay muchos casos de sarampión, porque la mayoría de los rohingya no han sido vacunados. La situación es muy compleja.

Durante nuestra visita a los campos la mortalidad de los niños enfermos rondaba el 30%. ¿Se acaba acostumbrando a la muerte?

Mire, en los cuatro años que ejercí en Argentina creo que vi unas 20 muertes. En África eran en torno a dos al día. Así que en un mes allí asistí a muchos más fallecimientos que en toda mi vida anterior. En Bangladesh la mortalidad está entre el 20% y el 30%, así que la muerte es parte del día a día. Pero nunca te acostumbras a ella.

Tiene que ser muy frustrante.

Lo es. La tristeza es enorme, y es muy difícil sentir satisfacción con el trabajo. Al menos de forma inmediata. Pero hay que ser paciente y constante, porque la diferencia la marcamos a largo plazo. Estamos formando a personal sanitario que será clave para reducir esa mortalidad, y preparándolo para hacer frente a diferentes adversidades con más garantías de éxito. En cualquier caso, para mí lo peor de la muerte es no saber qué la ha provocado. Con los medios de los que disponemos aquí podemos aproximarnos a las causas, pero no siempre trabajamos con certezas.

La única opción

Hay quienes critican que las ONG hacen el trabajo que corresponde a los gobiernos, y que los países que reciben ayuda se hacen adictos a ella. ¿Qué opinión tiene al respecto?

Médicos Sin Fronteras generalmente trabaja en emergencias puntuales, pero es cierto que en Bangladesh lleva ya diez años. A menudo debatimos sobre la cuestión que plantea, porque es cierto que existe esa posibilidad de que se desarrolle una dependencia de la ayuda. Pero yo siempre llego a la conclusión de que no existe otra opción. Trabajamos en países con recursos muy reducidos y poca capacidad de respuesta ante crisis como la de los rohingya. Este caso concreto es especial porque muchas organizaciones se han volcado en él, pero en otros lugares MSF es la única ONG presente. Si nosotros no ayudamos a esta población vulnerable, ¿qué futuro le espera?

¿Y qué futuro le augura a la crisis de la etnia rohingya? Parece que tiene difícil solución.

La mayoría de los conflictos en el mundo están provocados por intolerancia, falta de educación y de comunicación, y ansia de poder. Este no es una excepción. Ahora mismo tenemos un millón de personas con acceso muy limitado a salud y educación, y con una nutrición deficiente. Es una situación que se da en otras partes del mundo. Si estos focos de conflicto se hacen cada vez más numerosos, la intolerancia y las luchas por los recursos y el poder también aumentarán, con el consiguiente riesgo de que problemas que considerábamos ajenos terminen salpicándonos a todos. Por eso, buscar una solución no solo beneficiará a los rohingya sino a todos nosotros.

Personal

Formación: Juan Carlos Martínez (Argentina, 1986) estudió Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Buscó trabajo como cooperante y Médicos Sin Fronteras le contrató en agosto de 2017.

Experiencia: Su primer contacto con las emergencias sanitarias en el ámbito internacional lo tuvo en Angola, donde estuvo destinado durante tres meses. Le siguieron Guinea-Bissau y Etiopía, donde también trabajó con refugiados. Bangladesh es su primera e