Todo el Atlántico a la deriva, en un barril

Un aventurero francés de 72 años cruza el océano flotando en una barrica de madera. Le ha costado cuatro meses

Todo el Atlántico a la deriva, en un barril
PASCUAL PEREA

No vayas a donde el camino te lleve, ve a donde no hay camino y deja rastro», recomendaba el poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson. Entre las muchas páginas que se podrían escribir con las locuras protagonizadas por aventureros excéntricos, la que acaba de culminar el septuagenario francés Jean-Jacques Savin merecería un lugar destacado. El pasado 26 de diciembre, este antiguo paracaidista militar enjuto y fibroso se introdujo en un barril de madera contrachapada pintado de color naranja que flotaba en aguas de la isla canaria de El Hierro, cerró la escotilla superior y se dispuso a esperar. Cuatro meses después, cumpliendo con exactitud milimétrica un plan de navegación consistente en dejarse llevar al albur de las corrientes oceánicas, anunció jubiloso al mundo que había cumplido su objetivo: cruzar el Atlántico a la deriva, sin ningún medio de propulsión.

«Después de 122 días y nueve horas, el meridiano me posiciona en el Mar Caribe. El cruce del Atlántico ha sido un éxito», se felicitó el navegante, de 72 años, por correo electrónico. «Ahora tengo que encontrar una forma de subir a bordo de un barco que me deje cerca de un puerto; actualmente estoy derivando hacia Florida», añadió.

Savin, que durante su servicio militar estuvo destinado en África y que también ha trabajado como piloto y como guarda de parques nacionales, decidió embarcarse en este singular proyecto impulsado por «el sentimiento de libertad» y la inspiración de su «padre espiritual», su compatriota Alain Bombard, quien en 1952 cruzó en solitario el Atlántico en una balsa de goma para descubrir los límites de la capacidad de supervivencia. Así que mandó construir en un pequeño astillero de la localidad girondina de Arès, en la costa suroeste de Francia, una barrica de tres metros de largo y dos de diámetro de madera contrachapada reforzada con époxi, con un peso de 450 kilogramos en vacío y una superficie habitable de 6 metros cuadrados, espartanamente ocupados por una cocina básica, una litera para dormir y espacio de almacenamiento de víveres.

Pasarse meses y meses bailando como un corcho en el interior de un barril angosto, húmedo y maloliente parece tan apetecible como revivir la historia de Jonás en el estómago de la ballena. Pero Savin ha llegado a disfrutar de la experiencia. «El tonel se mueve de forma permanente, pero me esperaba que fuera peor», aseguraba días atrás en una comunicación vía satélite con la agencia AFP. «No me aburro nada, los días pasan demasiado deprisa», añadía el navegante solitario, que cada jornada se extasiaba ante «magníficos amaneceres y puestas de sol», se ejercitaba subiendo y bajando la escalera de su habitáculo y se entretenía buscando peces al otro lado de su escotilla inferior.

Tampoco le han faltado pequeñas alegrías: en Nochevieja degustó una lata de foie gras y una botella de vino blanco de Sauternes, y el 14 de enero celebró su 72 cumpleaños bebiéndose otra de tinto de Saint-Emilion. En otra ocasión, el barco oceanográfico estadounidense 'Ronald H. Brown' se abarloó a su barrica para entregarle 30 kilos de víveres, que animaron su aburrida dieta consistente en las doradas que pescaba y alimentos liofilizados. «Me mimaron. He recibido correo, camisetas, mucho chocolate», se emocionaba el 'náufrago', que apenas ha perdido cuatro kilos en su singladura.

¡Hombre al agua!

Bien es cierto que ha pasado momentos difíciles, como cuando, en una de sus salidas del barril para efectuar una pequeña reparación bajo una fuerte marejada, cayó por la borda y quedó colgando «como un yoyó» del arnés que le unía al cabo de seguridad, a ratos con la cabeza sumergida. Tardó media hora en conseguir trepar hasta la parte superior, y nunca le pareció tan acogedor su pequeño refugio. En otra ocasión, estuvo a punto de ser abordado por un carguero que llevaba rumbo de colisión y no respondía a sus llamadas de radio. «Afortunadamente, encendí una bengala de humo y me vio», dice. También ha padecido los embates del mar, aunque no en demasía:«Solo he vivido ocho noches difíciles», detalla. Y hubo semanas en que sufrió al comprobar que «los vientos caprichosos» desviaban su trayectoria al Norte, hacia Bermudas, lo que hubiera hecho fracasar el reto.

A bordo lleva otra botella de vino, pero esta no la descorchará: es un 'burdeos' que, al término del viaje, será analizado para determinar los efectos de los meses pasados mecido por las olas. Y es que su aventura también tiene un componente científico. A lo largo de su lento derivar, Savin fue dejando en su estela, como Pulgarcito las migas de pan, una serie de marcadores que ayudarán a los oceanógrafos a estudiar las corrientes. Y cuando por fin pise tierra firme, el propio Savin se dejará examinar para conocer los efectos de la soledad en el encierro. Tal vez puedan comprobar si es cierta la frase de Friedrich Nietzsche: «El secreto para disfrutar de la vida es vivirla peligrosamente».