Sin aire acondicionado y con cámaras de carrete. Así se viajaba en los 80

Si hoy en día se hace largo un trayecto en avión y no tener conexión a internet es una tragedia de grandes dimensiones, ¿cómo sería cuando el compañero de asiento podía fumar y las postales eran los únicos 'whatsapps' posibles?

Dos Seat 600 con las bacas llenas de maletas./Archivo
Dos Seat 600 con las bacas llenas de maletas. / Archivo
Raquel Merino
RAQUEL MERINOMálaga

Cualquier tiempo pasado fue mejor..., aunque no siempre. Si bien es cierto que para los más pequeños de la casa era una aventura en los años 80 ir con toda la familia en un solo coche, sin aire acondicionado y escuchando los chistes de Eugenio, hoy en día supondría algo así con una tortura china.

Y es que la manera de viajar ha variado mucho en tan solo cuatro décadas. Lejos quedan las pelotas de playa de la marca de turno que caían desde una avioneta o guardar religiosamente las dos horas de digestión antes de bañarse. Ahí van algunas de las diferencias entre las salidas veraniegas de los 80 y las actuales. ¡Cuarentones! Va por vosotros.

Fumar estaba permitido. Cuando ahora se les cuenta a los niños que se podía encender un cigarrillo en un sitio cerrado, ya fuera el aula de clase o la consulta del médico, poco menos que se echan las manos a la cabeza. Pues bien, también estaba permitido fumar en los aviones y en los trayectos en coche o autobús. Bastaba con adquirir un billete para zona de fumadores. Pero, ¿de qué servía en un espacio reducido? Al final, el humo llegaba a todos los pasajeros. No fue hasta los 90 cuando el Gobierno prohibió fumar en los vuelos nacionales y autobuses interurbanos. Aunque aún habría que esperar hasta 2006 para que la prohibición se hiciera extensible a todos los medios de transportes, que no contarían con ningún espacio disponible para fumadores, y a los vuelos internacionales.

Salir fuera de España era un lujo que pocos se podían permitir. Los viajes solían tener como origen y destino el territorio nacional. Principalmente, porque los vuelos al extranjero resultaban prohibitivos para la mayoría de familias. Por ejemplo, en los 80 el billete más barato a Londres podía rondar entre las 50.000 y 100.000 pesetas, lo mismo que el sueldo medio español en ese momento. En la actualidad, cruzar la frontera, tomar un vuelo transatlántico o irse de crucero están a la orden del día. Incluso se opta cada vez más por destinos lejanos y exóticos como Vietnam o Camboya.

Los cuatro ruedas preferidos: el 127, el 600 o el 1430... y sin aire acondicionado. Como coger un avión, barco o tren no se lo podían costear todos y como los destinos más habituales se encontraban dentro del territorio nacional, los trayectos vacacionales solían hacerse en coche. Pero, no en cualquier coche. La marca reina de la época era Seat y los preferidos el 127, 600 o el 1430. ¿Cómo entraban los padres, hijos, abuelos y alguna mascota en el interior de estos vehículos? Es un misterio sin resolver, pero lo hacían. Y ni que decir tiene, que los maleteros de estos modelos dejaban mucho que desear. Nada comparable a los monovolúmenes de hoy día de siete o nueve plazas. Por ello, las maletas, ¿dónde acababan? En la baca del coche que, en ocasiones, incluso alcanzaba a llevar un colchón para estar cómodos en el camping. Y por supuesto, sin aire acondicionado. Se abrían las ventanas y, si las altas temperaturas o incluso el terral lo permitían, se iba medio fresquito.

¿Listas de reproducciones? El casete por la cara A y cara B. Ni Spotify ni lista de reproducciones, la banda sonora de los viajes en coche procedían del casete que reproducía los éxitos del momento en las voces de Nacha Pop, Duncan Dhu, Mecano, Michael Jackson, Hombres G, Europe, Rick Astley, Queen...; o lo más granado de la 'rumba quinqui' con Los Chunguitos, Los Calis o Los Chichos a la cabeza; por no hablar de las cintas de chistes de Arévalo, Eugenio o Gila.

Postales y cabinas telefónicas. ¡Papá, mamá, la wifi va mal en este hotel' o ¿no tenemos internet? Si las conexiones no marchan como se esperaba, las vacaciones pueden convertirse en una tragedia. Sin internet ni posibilidad de compartir cada momento del viaje en las redes sociales, los esperados días de descanso no son lo mismo para muchos. Que se lo cuenten a los que en los 80 tenían que buscar la cabina telefónica más cercana o pagar un extra al hotel para llamar a la familia y decirle que habían llegado bien; o a aquellos que optaban por comprar postales de todos los lugares que visitaban para mandárselas a sus seres queridos con un breve mensaje en el que intentaban explicárles de la manera más escueta posible lo bien que se lo estaban pasando.

Cámara de carrete.
Cámara de carrete. / Archivo

Cámaras de carrete. Las fotos se tomaban con las llamadas cámaras analógicas o de carrete, que tenían limitaciones y podían acarrear algún que otro problema. Había que elegir muy bien el lugar en el que se quería posar, el enfoque y el momento porque los carretes que solían comprarse no pasaban de 36 instantáneas. Y una vez hechas, no había marcha atrás. Por no hablar del momento en el que había que sacar el carrete de la cámara para sustituirlo por otro. Un mal paso, demasiada exposición a la luz, y las fotos podían salir veladas, ¡adiós recuerdos! Hoy en día, casi todos utilizan los propios teléfonos móviles o las tablets para inmortalizar esos momentos inolvidables, que se suben directamente a las redes y se comparten al instante. Además, las imágenes ya no se guardan en el álbum borrosas, cortadas o con caras extrañas, porque las que no salen bien se borran con solo darle al icono de la papelera.

Imagen de la icónica serie 'Verano Azul' que tan bien reflejan las vacaciones de la época.
Imagen de la icónica serie 'Verano Azul' que tan bien reflejan las vacaciones de la época. / Archivo

Nadie se saltaba las dos horas de digestión. El malagueño Dani Rovira tiene un monólogo que ilustra muy bien una escena que se repetía de manera casi calcada en todas las playas españolas. Esa madre con las fiambreras de filetes empanados y tortilla de patatas, mientras que la sandia se enfriaba enterrada en la orilla de la playa. Después de un atracón de aúpa, a 40 grados a la sombra, el niño o niña se disponía a meterse en el agua para refrescarse y la madre o padre lo paraba al instante con un sonoro: ¡Hay que guardar las dos horas de digestión! En la actualidad, sin evidencia médica ni biológica que apoye esta necesidad de quedarse en la toalla durante este espacio de tiempo, lo más que piden los padres a los pequeños es que entre poco a poco en el agua, mojándose primero el cuello y las muñecas.

Pelotas de plástico y camisetas caídas del cielo. Aún hoy se pueden ver por la costa avionetas con grandes carteles publicitarios, pero en los 80, además de la pancarta de rigor, las marcas surtían a los bañistas con pelotas de plásticos, camisetas y otros 'souvenirs' que caían literalmente del cielo con la consecuente avalancha de niños y mayores que se lanzaban para pillar alguno, aunque supusiera tirarse al agua y hacerse unos largos.