España, un país muy putero

España, un país muy putero

Un tercio de los hombres han pagado por sexo, y entre ellos hay personas de todas las edades, clases y niveles de formación. El PSOE propone seguir el ejemplo sueco y sancionar a quienes contraten a una prostituta

CARLOS BENITO

En el primer tercio del siglo XVII, Felipe IV decidió que ya era hora de cerrar los burdeles. Le respaldó en aquella medida la Inquisición, aunque también hubo consejeros que trataron de disuadirle: el fraile Pedro Zarza se ganó la reprensión del Santo Oficio y el destierro de la Corte por discrepar del monarca, ya que el franciscano consideraba que «las mancebías públicas vigiladas con cuidado por el gobierno y sujetas a ciertas reglas» eran negocios «útiles a la buena moral, a la salud pública y al bienestar del reino». El rey que, por cierto, era un portentoso engendrador de hijos fuera del matrimonio se salió con la suya y no tardó en comprobar cómo la nueva ley empeoraba la situación, ya que propició el comercio sexual en las calles.

Cuatrocientos años después, ahí siguen los poderes públicos, sin saber muy bien qué hacer con las prostitutas y con la otra cara de la moneda, sus clientes. Resulta difícil encontrar otro asunto que fracture de tal modo a colectivos que, en todo lo demás, presentan una coincidencia monolítica: tanto en la izquierda como en la derecha, y no digamos ya en el seno del feminismo, se pueden encontrar voces partidarias del abolicionismo (que busca erradicar en lo posible la prostitución, al considerarla incompatible con la igualdad de sexos) y otras que abogan por la regulación (que considera esta actividad un trabajo y aspira a normalizarla). Todos esgrimen encuestas que apoyan sus tesis y sostienen que, en el fondo, la opción contraria está perpetuando los argumentos del patriarcado. Es un buen lío, que muchas veces sume al ciudadano medio en el desconcierto ético.

Samanta Villar

La última aportación a este debate eterno ha venido de las filas del PSOE, que incorporará a su programa electoral varias medidas propias del abolicionismo: los socialistas quieren devolver al Código Penal la llamada tercería locativa (es decir, el alquiler de espacios para ejercer la prostitución) e imponer sanciones a los clientes, para «eliminar el halo de normalidad» que sigue rodeando a estas prácticas. Es decir, aspiran a reproducir el modelo sueco, implantado en el país escandinavo desde finales del siglo pasado. La número dos en las listas del partido por Madrid, Meritxell Batet, ha reconocido que el asunto es «muy complejo» y ha recordado que también el carné de conducir por puntos «fue muy discutido y ha tenido resultado positivo». Antes de los socialistas, los últimos políticos en salir a la palestra habían sido los de Ciudadanos, que en primavera se reafirmaron en su postura favorable a la regulación, siempre que fuese con profesionales autónomas en establecimientos controlados. «Lo hemos propuesto en varias ocasiones, con el objetivo de mejorar los derechos de las prostitutas», confirmaban esta semana en el partido de Albert Rivera.

«La prostitución no le importa a nadie mientras no moleste: solo se acuerdan de ella cuando llegan elecciones y quieren ganarse a la mayoría biempensante», ironiza Cristina Garaizabal. Ella es una de las fundadoras del Colectivo Hetaira, una organización que lleva veinte años defendiendo los derechos de las trabajadoras del sexo, y considera que los socialistas están errando el tiro: «Su objetivo es la abolición, que nos parece algo totalmente insensato: no han estudiado bien los efectos en Suecia, donde, en lugar de acabar con la prostitución, se ha clandestinizado. Penalizar a los clientes es penalizar a las prostitutas, es como permitir que exista un supermercado y poner a la Policía en la puerta para que nadie pueda comprar. Así se recorta la capacidad de decisión de las trabajadoras, que no tienen tiempo de establecer sus tratos tranquilamente, y se da pie a que estas mujeres estén cada vez más expuestas a agresiones».

¿Ustedes ven al cliente como el malo de la película?

Entre los clientes hay de todo, buenos y malos. Es cierto que la prostitución, por el estigma que recae sobre las prostitutas, es un terreno donde los hombres con ansias de dominio pueden ejercerlas más fácilmente. Pero no todos los hombres van en busca de esclavas sexuales, ni mucho menos: esos son una minoría. Hay que eliminar el mito de que las prostitutas son víctimas: son mujeres que se ganan la vida con esto e incluso viven mejor que con los otros trabajos que les ofrece la sociedad.

Para encontrar la postura diametralmente opuesta no hace falta salir del feminismo. La Plataforma por la Abolición de la Prostitución considera que las iniciativas regularizadoras no hacen más que consolidar la desigualdad entre hombres y mujeres. «El dinero de los clientes es el que alimenta la industria del sexo y la trata de personas para la explotación sexual», resume su portavoz, Rosario Carracedo. ¿Y, si una mujer desea ejercer la prostitución, no vería coartada su libertad individual por medidas como las del PSOE? «También podría venir un grupo de mujeres y reclamar un contrato basado en el principio de desigualdad en el matrimonio, porque provienen de una cultura que contempla la autoridad del marido. ¿Qué respondería nuestra sociedad? Que nuestro modelo se basa en la igualdad entre hombres y mujeres. La cuestión no es que yo quiera ser esclava, sino que tú no puedes tener esclavos. Además, debería estar supermatizada la idea de que hay mujeres que lo eligen libremente: eso es como decir que los emigrantes que vienen en patera ejercen la libertad deambulatoria».

¿Cómo es el mercado español de la prostitución?

España es un país muy putero, está lleno de puteros. Hicimos una estimación de 1,2 millones de usuarios diarios. Aquí, en las ferias y congresos o después de cerrar un negocio, no hay nada mejor que ir de putas. Y tenemos una población muy joven que mantiene relaciones sexuales así. Lo ven como una práctica de consumo: sale barato que me realice una felación una nigeriana, no tengo que pactar como con una pareja. Aquí se ha creado una cultura de la prostitución, lo mismo puedo comprarme unos zapatos que sodomizar a una húngara o una rumana.

es la estimación más extendida sobre el número de mujeres que ejercen la prostitución en España

300.000

El viejo y barato cliché se refiere a la prostitución como el oficio más viejo del mundo, así que los hombres que acuden a ella deben de ser también la clientela más antigua. Pero, pese a esa trayectoria de siglos, resulta llaativo lo poco que seguimos sabiendo de las unas y de los otros más allá de cuatro tópicos. En este terreno, las estadísticas tienen la fea costumbre de contradecirse hasta el punto de invalidarse unas a otras. El punto de mayor discrepancia no es ninguna tontería: el PSOE maneja la cifra de que solo el 1% de las mujeres que se prostituyen lo hace de manera libre y voluntaria, una proporción todavía más atroz que el 5% que suelen citar las fuentes abolicionistas. En cambio, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito estima que, en el conjunto de Europa, es víctima de trata una de cada siete prostitutas: siempre serán demasiadas, pero según sus datos constituyen una evidente minoría. Los clientes resultan todavía más esquivos y opacos, pero, al menos, a la hora de estudiarlos sí se ha llegado a una conclusión clara: en España son muchos, muchísimos, muy por encima de ese 13% de los suecos, el 12%de los franceses o el 14% de los holandeses.

La dos propuestas antagónicas: PSOE y Ciudadanos

Los socialistas incluirán en su programa la aplicación del modelo sueco, con sanciones a los clientes y a quienes alquilen espacios para ejercer la prostitución. También contempla penalizar todas las modalidades del proxenetismo:el Código Penal limitó el castigo a los casos en los que existe coacción. Ciudadanos, por su parte, presenta la opción contraria: lleva años abogando por una regulación de la prostitución. Defienden que las trabajadoras del sexo se incorporen al mercado laboral como autónomas, paguen sus impuestos y puedan ejercer en establecimientos legalizados y controlados.

«España es uno de los países europeos que más consumen sexo de pago: en torno a un 33% de los hombres, según estadísticas del CIS y el INE», explica Águeda Gómez Suárez, profesora de Sociología en la Universidad de Vigo y una de las autoras de El putero español, editado este año por La Catarata. El estudio clasifica a los clientes de la prostitución en cuatro categorías: los misóginos, que desprecian a las mujeres; los amigos, que entablan relaciones afectivas con las prostitutas; los críticos, que han recurrido alguna vez al sexo de pago pero lo desaprueban, y los mercantilistas, que se plantean esta faceta de su vida en puros términos de consumo, como cualquier otra operación de compraventa. En este último grupo abundan los jóvenes, lo que acaba de confirmar la «anormalidad sociocultural» y «anemia afectivo-sexual» que detectan en España las investigadoras. ¿Existe algún rasgo común a todos estos hombres? «Que todos, a pesar de las diferencias por edad, clase social, ocupación, formación o ideología, apoyan la construcción de su identidad masculina en una sexualidad acumulativa, el McSexo compulsivo. Se compra sexo de pago para que lo vean los otros hombres y así demostrarles tu virilidad, más allá de la búsqueda de sexo de calidad», responde Gómez Suárez.

Uno de los reflejos más desagradables de esa actitud depredadora frente a la sexualidad son los denominados foros de puteros, donde algunos clientes comparten sus experiencias (expes, en argot) con distintas chicas. El planteamiento recuerda al de las webs de crítica de restaurantes, de cata de cervezas o de comentarios sobre productos, con la diferencia de que, en este caso, las calificaciones y las descalificaciones se refieren a una persona. Mal depilada, le gusta que la monten, no veas cómo bota, la chavalilla pone ganas pero le falta vicio, dinero tirado a la basura, disfruta de grandes calibres, tetas flácidas o te mira con cara de ninfómana son algunos de los comentarios reproducibles. El tono de los más brutales es mejor dejarlo a la imaginación, que seguramente se quedará corta.

«El putero que pulula por los foros es un cliente que yo no quiero. Si no conociese la prostitución y leyese lo que escriben, me convertiría en abolicionista», comenta Montse Neira, una prostituta catalana con 26 años de experiencia que ha recorrido todo el escalafón del oficio, desde los burdeles y los pisos hasta tareas más especializadas, como acompañar a un cliente a un encuentro con excompañeros de facultad, haciéndose pasar por su pareja, o atender como asistente sexual a minusválidos. Montse Neira, que ha repasado su trayectoria en el libro Una mala mujer, afirma que salió de la exclusión social gracias a su oficio, que le permitió licenciarse en Ciencias Políticas. «El cliente es cualquier hombre explica. Hay una gran diferencia entre la noche y el día. De noche, hay mucho cliente joven que acude en grupo a los prostíbulos, de jijí y de jajá, bajo el efecto de las drogas y el alcohol, con ese rol masculino de ver quién es más macho. El de día es un consumidor en solitario, un hombre que se escaquea de su lugar de trabajo, mayormente casado y en esa etapa del matrimonio en la que empieza la monotonía y la crisis. Es un hombre normal».

¿Sin más?

Yo he estado con decenas de miles de hombres de todos los niveles: desde profesores universitarios y políticos hasta obreros y payeses. Suelo decirles a las abolicionistas que, si quieren penalizar al cliente, ya pueden ir preparando las multas para sus padres, sus maridos, sus hermanos. Y también para sus compañeros de partido.

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