¿Puede una foto cambiar la historia?

En Vietnam paró una guerra. La del pequeño Aylan en la orilla de una playa ha impactado "porque es un niño como los nuestros"

Phan Thi Kim Phuc tenía nueve años cuando en 1972 los estadounidenses bombardearon su alcaldea con napalm. La foto de la huida alimentó la oposición a la intervención. EE.UU. abandonó al final el país asiático./
Phan Thi Kim Phuc tenía nueve años cuando en 1972 los estadounidenses bombardearon su alcaldea con napalm. La foto de la huida alimentó la oposición a la intervención. EE.UU. abandonó al final el país asiático.
BORJA OLAIZOLA

Un manotazo. Un golpe que percute en la región más sensible del alma. Aunque nuestros cerebros de primates atrapados en la selva tecnológica están acostumbrados a procesar todos los días cientos e incluso miles de imágenes, hay algunas que se quedan clavadas en nuestra retina y se abren paso por itinerarios de nuestra conciencia poco frecuentados. Una de ellas es la del niño sirio muerto en una playa turca con su cara contra la arena, sus bermudas vaqueras, sus zapatos puestos y el agua golpeando su cabecita. Acaparó ayer las portadas de los medios de todo el planeta. ¿Cómo puede morir así un pequeño de apenas 3 años? ¿Quién ha hecho posible que algo así suceda? ¿Podríamos haber hecho algo para impedirlo?

Las preguntas que surgen al contemplar la escena se amontonan. «Es una imagen muy cercana porque el niño parece uno de los nuestros, un niño como nuestros niños», reflexiona Miguel Ángel Jimeno, periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. «Está bien vestido, es blanco y eso ha ayudado a remover la conciencia». Que el escenario de la tragedia haya sido la playa de Bodrum, uno de los principales centros de veraneo de la llamada Riviera turca, también ayuda. Decenas de miles de occidentales han pasado allí alguna vez sus vacaciones y el contraste entre el cadáver infantil de Aylan Kurdu, tendido en la orilla, y las imágenes estivales aún recientes de niños jugando entre las olas en ese mismo lugar contribuye a acentuar el dramatismo de la escena.

«Un niño de 3 años no debe morir en una playa, un niño de 3 años lo que tiene que hacer en una playa es jugar con la arena y disfrutar bañándose en el mar», se lamenta Manu Brabo, un fotoperiodista asturiano que logró hace un par de años el Premio Pulitzer gracias a su trabajo en la guerra de Siria. Brabo está familiarizado con el horror: ha visitado infinidad de frentes bélicos y llegó a estar apresado seis semanas por un grupo de partidarios de Gadafi mientras cubría el levantamiento que puso patas arriba Libia. «Es solo la punta del iceberg de un drama, el de las migraciones, que lleva décadas desarrollándose ante nuestras narices en medio de la indiferencia generalizada».

Al reportero asturiano le viene a la memoria aquella otra foto de Javier Bauluz, que fue también Premio Pulitzer, que retrataba a unos bañistas protegiéndose del sol bajo una sombrilla en una playa gaditana mientras a sus espaldas se asomaba el cadáver de un subsahariano que había fallecido después de atravesar el Estrecho en una patera. «Ojalá que la imagen del niño haga tomar conciencia a los responsables políticos, sería lo mejor que podría pasar. Las fotografías hacen más fácil que nos pongamos en el lugar del otro, del que padece, pero para eso hay que tener una sensibilidad hacia el sufrimiento humano que algunos han perdido».

Puede que el impacto provocado por la imagen tenga una duración limitada y toda la polvareda se disipe en dos días. Hay ejemplos de sobra en ese sentido, sin ir más lejos el de la foto del cadáver en la playa de Cádiz mencionada por Brabo o la más reciente de unos subsaharianos encaramados a la valla de Melilla a escasos metros de un pulcro green donde se disputa una partida de golf.

Pero en la historia del fotoperiodismo hay también ejemplos de escenas que ayudaron a cambiar las cosas. Puede que el más palmario de todos sea el de Vietnam. Las fotos de aquella niña vietnamita de 9 años huyendo desnuda de un ataque de napalm o de la ejecución de un tiro en la cabeza de un supuesto vietcong con las manos atadas en la espalda contribuyeron decisivamente a que la opinión pública estadounidense modificase su actitud ante la guerra. La oposición al conflicto creció de tal forma que EE UU no tuvo más remedio que abandonar el país asiático.

Los 'empotrados'

Prueba de la capacidad de influencia de la fotografía es que a partir de entonces el Ejército americano impidió que los reporteros deambulasen por su cuenta en cualquier conflicto bélico en el que estuviesen presentes sus fuerzas. Tanto en Irak como en Afganistán los periodistas fueron obligados a cubrir la marcha de la guerra empotrados en las filas de sus unidades, lo que garantizaba el control de lo que fotografiaban o filmaban. Entre nosotros ha habido también imágenes que han desempeñado un papel importante en la marcha de los acontecimientos: la de Franco entubado y convertido en un despojo en su agonía, que adelantaba el fin de una época, o la de un Ortega Lara debilitado y con la mirada perdida cuando fue rescatado del cautiverio al que le sometió ETA. Aquella escena del funcionario de prisiones regresando como un zombie a su domicilio hizo que la sociedad española cobrase auténtica conciencia del sufrimiento que había padecido más allá de las palabras.

«La imagen observa el profesor Miguel Ángel Jimeno sigue movilizando y lo seguirá haciendo. La imagen es una bofetada. La imagen te interpela. La imagen demanda acción. La imagen que cuenta una historia siempre hace que te pares ante ella, siempre te hace pensar. Siempre tiende a hacerte mejor persona». Gervasio Sánchez, otro reportero de largo recorrido, constata que la presencia de niños multiplica la carga dramática de las fotografías. Recuerda las escenas de Vietnam con víctimas infantiles, así como imágenes de hambrunas africanas con niños desnutridos que calaron en la opinión pública occidental.

A Sánchez, sin embargo, le subleva que tenga que ocurrir un episodio como el de Bodrum para que los gobernantes tomen cartas en el asunto. «Llevaos más de un cuarto de siglo viviendo el drama de la inmigración, ni siquiera somos capaces de contar las miles de personas que se han ahogado intentando cruzar el Mediterráneo, y ahora nos echamos las manos a la cabeza. El cinismo de las autoridades e incluso de algunos medios de comunicación no conoce límites. Hemos estado décadas haciendo la vista gorda y ahora son todo reuniones de urgencia».

¿Cambiará la foto la actitud hasta ahora cicatera de los gobiernos de la Unión Europea ante el drama de los refugiados que huyen de la guerra en Siria? Eso es lo que espera Nilüfer Demir, la autora de la fotografía, que ayer habló así para la CNNturca: «No imaginaba que las fotos llegasen a tener el impacto que han tenido, confío en que sirvan para que se resuelva la tragedia que viven las miles de personas que tienen que huir de sus países porque están en guerra». Su colega gráfico Manu Brabo también tiene la misma esperanza aunque su experiencia le dice que demasiadas veces el horror no afecta a quienes tienen la posibilidad de hacer algo para mejorar las cosas: «Ojalá que sirva de algo, pero es que son ya tantos cadáveres...».

El profesor y periodista Jimeno, por su parte, se muestra más escéptico: «La foto ha removido conciencias y ha hecho que en las redes sociales se haya ido más allá de la constatación del horror, pero me temo que ese clamor no va a suponer un cambio. Una guerra puede acabar debido a la influencia de las imágenes, como se demostró en Vietnam o en Bosnia, pero un fenómeno tan complicado como el de los refugiados no se soluciona de la noche a la mañana. Lo ideal sería atajar el problema en los países de origen, pero eso parece imposible. Es sin duda el gran tema de este siglo».