El calentamiento va en serio: ya hay fresas en el Ártico

El calentamiento va en serio: ya hay fresas en el Ártico

Los inuits, que antes vivían de la caza y la pesca, han descubierto la agricultura gracias al calentamiento del clima. Donde en el pasado solo había hielo ahora asoman brotes de frutas y hortalizas

BORJA OLAIZOLA

El frío ha modelado durante siglos el paisaje ártico proporcionándole esa belleza desprovista de adornos que a tantos cautiva. Las bajas temperaturas mantienen la superficie terrestre congelada impidiendo que cualquier vegetal prenda y eche raíces. Es lo que se conoce como permafrost, una capa de hielo que compacta la tierra hasta darle una consistencia de mineral. En el pasado esa lámina únicamente se resquebrajaba en raras ocasiones, pero con el calentamiento climático empieza a ser habitual que los territorios situados más al sur queden libres de hielo durante la época más cálida del año.

El antropólogo Francesc Bailón lleva tiempo confirmando sobre el terreno las conclusiones que los meteorólogos expusieron en la Cumbre sobre el Clima que se celebró la semana pasada en Nueva York. «La temperatura está aumentando y donde más se nota el fenómeno es en las zonas polares», cuenta Bailón, recién regresado de Groenlandia. El antropólogo catalán, de 46 años, es el mayor especialista español en la cultura de los inuits. Desde que en 1997 realizó su primera visita al Ártico para conocer su forma de vida, suma ya 18 expediciones, la mayor parte de ellas a Groenlandia, donde se asienta una tercera parte de los 160.000 inuits que se calcula hay en el mundo.

A Bailón le basta una evidencia para demostrar que lo del calentamiento va en serio: desde hace unos pocos años los inuits cultivan fresas en su territorio. «Y no solo las cosechan, sino que luego las comercializan y las venden con un sello que acredita que son un producto de Groenlandia». El antropólogo explica que empieza a ser común encontrar un huerto junto a las casas de los enclaves más meridionales, algo del todo impensable cuando visitó por primera vez la isla. «Cultivan todo tipo de hortalizas, desde tomates hasta patatas, e incluso se han puesto en marcha granjas escuela para que la población aprenda los rudimentos de la agricultura».

Un asesor de película

Francesc Bailón está tan unido a la cultura inuit que hasta tiene unos padres adoptivos con los que convive cuando viaja a Groenlandia. «Algunos de mis mejores amigos están allí», confiesa el antropólogo, que procura ir al menos una vez al año al Ártico. Autor del libro Los poetas del Ártico, el último año ha trabajado como asesor de la cineasta Isabel Coixet en la película Nadie quiere la noche, que trata de la doble relación de amor que mantuvo el explorador Robert Peary, pretendido descubridor del Polo Norte, con su mujer y con una inuit. En la cinta, cuyos exteriores han sido rodados en Noruega, trabajan actores de la talla de Juliette Binoche y Gabriel Byrne. Bailón se ha ocupado de dar el mayor realismo posible a la ambientación de la historia, que se estrenará en los cines el próximo año.

A los inuits, cuenta Bailón, no les gusta que les llamen esquimales. «Para ellos es un término peyorativo porque se lo puso una tribu del norte de América con la que estaban enfrentados. Ellos mismos decidieron llamarse inuit, que en su lengua significa ser humano, cuando en 1977 se creó la Inuit Circumpolar Council, que es una organización internacional que les representa a todos». Aunque de origen étnico semejante, viven repartidos entre Canadá, Alaska, Siberia y Groenlandia. En esa última isla, que es la más grande del mundo, representan el 89% de la población. «Groenlandia pertenece a Dinamarca pero desde 2009 goza de una autonomía cada vez más amplia y hay incluso una fecha simbólica para su independencia, el 21 de junio de 2021, que es cuando se cumple el 300 aniversario de la llegada de los daneses a la isla», explica el estudioso español.

Los inuits han despertado tradicionalmente tanta curiosidad en occidente que se decía que sus familias estaban formadas por una pareja, dos niños y... un antropólogo que iba siempre detrás de ellos. Bailón se sintió desde pequeño atraído por la gran banquisa aunque la señal definitiva se la dio un libro de Knud Rasmussen, uno de los grandes exploradores árticos. «Descubrí que los inuits solucionan sus diferencias improvisando canciones o versos satíricos entre ellos y me pareció que un pueblo que recurre a la palabra en vez de a la violencia física para resolver sus conflictos tenía que ser muy interesante».

Riesgo de aborto

El investigador se quedó prendado de la comunidad inuit desde que en 1997 tuvo su primer contacto con ella. «Todavía conservan un sentimiento de pertenencia a la colectividad que en occidente hemos perdido por completo», dice. Ese sentimiento es el que les ha permitido sobrevivir manteniendo su identidad cultural a pesar de que algunas de sus antiguas costumbres suscitasen escándalo en occidente. El sacrificio de las niñas o el abandono a su suerte de los ancianos en épocas de grandes hambrunas garantizaban la supervivencia del resto del clan, pero también hacían de ellos seres sin escrúpulos a ojos de las mentes biempensantes de la época.

El vocerío se volvió ensordecedor cuando se supo que los inuits intercambiaban sus mujeres. «Lo hacían cuando una de ellas estaba embarazada y los traslados en trineo de perros aumentaban el riesgo de que abortase. Entonces los hombres cedían a la embarazada a su mejor amigo y éste a su vez le cedía a su propia mujer para la expedición porque sin su trabajo la supervivencia era inconcebible; era ella la que curtía las pieles, preparaba los vestidos, cocinaba y mantenía el hogar caliente. Si en el trayecto quedaba embarazada, el bebé no era del padre biológico sino del que la había cedido a su amigo».

Las peculiares costumbres inuits, que hicieron las delicias de los antropólogos occidentales durante décadas, han quedado arrinconadas con su incorporación a la civilización tecnológica. La comunidad vive hoy en casas prefabricadas pintadas de alegres colores y dotadas de todas las comodidades. «Lo único que les diferencia de cualquier occidental es que al salir de casa van a cazar y a pescar en vez de ir a la oficina». Caza y pesca, en efecto, siguen siendo la base de la economía doméstica de los inuits, que con los años se ha diversificado: «Algunos trabajan en la pesca industrial y otros en la administración pública, pero nunca pierden de vista que son sobre todo cazadores y pescadores».

Si las cosas siguen así los inuits van a tener la oportunidad de explorar actividades hasta ahora inéditas para ellos como la agricultura o la ganadería. Cazar, cuenta Bailón, es cada vez más difícil porque el calor ahuyenta a los animales al norte y vuelve quebradiza la banquisa. «Cada vez hay más trineos que se hunden con sus perros y sus ocupantes». También se estánperdiendo muchas embarcaciones pesqueras a consecuencia de los tsunamis que se forman por el desprendimiento de grandes bloques de hielo de los glaciares.

No es que de la noche a la mañana los inuits vayan a reconvertirse en agricultores o pastores, pero está claro que la desaparición del hielo les abre una alternativa que hace unos años se antojaba irreal. «Si me llegan a decir la primera vez que fui al Ártico, a una temperatura de 65 grados bajo cero, que un día iba a ver una caja de fresas cultivadas en Groenlandia, no me lo hubiese creído», confiesa el antropólogo Bailón.