Historia de la Semana Santa

Las procesiones de la Sangre en la Málaga ilustrada

Antiguo trono de la Sangre/SUR.ARCHIVO
Antiguo trono de la Sangre / SUR.ARCHIVO

Resulta documentada la existencia en el cortejo de esta corporación de los hermanos de sangre o flagelantes y los hermanos de luz llevando hacha de cera

RAFAEL RODRÍGUEZMÁLAGA

Si exiguas son las noticias relativas a las diferentes actividades de las cofradías dieciochescas, no menos lo es el conocimiento del culto externo de éstas. Atendiendo al Código de Derecho Canónico vigente, una hermandad o cofradía es una asociación pública de fieles, que se constituye como corporación, y se erige canónicamente para incrementar fundamentalmente el culto público en nombre de la Iglesia. Por tanto, es en la procesión donde una fraternidad penitencial muestra su fiel compromiso cristiano al representar plásticamente, en una clara lección catequética de primera orden, el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Los cortejos del Setecientos, a diferencia de los del siglo XVI, incluían solamente a la Catedral como único punto de visita para la realización de la estación de penitencia. Según admite el profesor Lorenzo Pérez del Campo, el itinerario dentro del templo catedralicio variaba en función de la jornada y la hora procesional. Así, los séquitos de las corporaciones del Miércoles, Jueves y Viernes Santos por la tarde abarcaban el crucero, debiendo las cofradías cruzarlo en línea recta hasta el monumento, mientas que el trayecto de las hermandades del Viernes Santo por la mañana comprendía el brazo norte del crucero para, a través de la girola, acceder al monumento, instalado delante de la puerta del Sol o de los Abades.

Altar, primitivo Cristo e imagen de la antigua iglesia / SUR.ARCHIVO

Se desconoce la autoría y datación de la imagen titular de la Archicofradía de la Sangre en aquellos momentos. Las constituciones de 1790 tan sólo hacen mención a la «Soberana Imagen» (reglas 10 y 12, reformadas). En cambio, gracias al hallazgo de una hoja volandera impresa en Málaga, en la librería de don Félix de Casas Martínez, frente al Santo Cristo de la Salud, incluida en la obra 'Romances en pliegos de cordel', de Manuel Alvar, quien estudió una colección malagueña del siglo XVIII, puede apreciarse la hechura de un crucificado, flanqueado por dos nazarenos provistos de capirotes y la primitiva heráldica de la corporación de La Sangre en el centro inferior del marco que envuelve a la escena. La figura cristológica se presenta con la cabeza desplomada hacia la derecha, coronado de espinas, faldellín de tejido y fijado al patíbulo con tres clavos –el pie derecho se monta sobre el izquierdo–, lo que nos reafirma que se trata de la antigua escultura procesional destruida en los lamentables sucesos ocurridos el 12 de mayo de 1931 y tallada posiblemente en el segundo tercio del siglo XVI. El dato que ratifica la advocación está reflejado en el cáliz de la parte inferior del que surge la cruz, pues se trata de la simplificación de la tradicional iconografía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en la que cinco ángeles recogían la sangre de cada una de las llagas en un cáliz. El número se fue reduciendo como una solución iconográfica, quedando en uno o tan sólo en el cáliz, como en el ejemplo que nos ocupa. El Cristo de la Sangre se representaba así, y esta imagen del crucificado malagueño es una de las mejores muestras de la época, como la Fuente de la Vida, un gran vaso del que surge la cruz.

La imagen aparecía desde el Quinientos con el único acompañamiento escultórico de varios ángeles que llevaban en las manos toallas de hilo, hasta que en la segunda mitad del siglo XIX se dio paso al grupo escultórico de Antonio Gutiérrez de León, donde se escenificaba en un principio el 'Stabat Mater', pues el episodio de La Lanzada no tuvo su desarrollo hasta los años veinte de la centuria siguiente y de la mano del escultor valenciano Francisco Marco Díaz-Pintado, afincado en Sevilla por motivos profesionales al ejercer la docencia durante diecisiete años en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos.

Del trono para el transporte de la efigie, conocemos el encargo efectuado por la archicofradía en 1731 al entallador Lorenzo de Espinosa, a quien se le había entregado un adelanto de mil reales para su ejecución, y la forma de carga: a correón. A propósito de este último asunto, las reformas de las constituciones de 1790 advierten que las andas han de ser llevadas por dieciséis «cofrades con sus decentes correones, por la mayor seriedad, decencia y uniformidad», lo que nos hace imaginar las reducidas dimensiones del conjunto. Este sistema de portar a las imágenes sagradas fue empleado en poblaciones como Archidona y Casabermeja –aún vigente–, además de la propia ciudad, como así se atestigua en varios documentos hallados en torno a esta cuestión. En el método del correón malagueño, los portadores se ubicaban en los costeros del trono, alineados en los varales y provistos de una banda ancha de cuero o correones cruzados y terciados sobre el torso, que servía de sujeción de las andas, mientras que para las paradas se usaba la horquilla –gancho metálico–, a modo de patas.

Referente a la organización de la procesión dieciochesca, gobernada por los mayordomos, resulta documentada la existencia en el séquito de La Sangre de los hermanos de sangre o flagelantes y los hermanos de luz llevando hacha de cera, los cuales debían colaborar económicamente con la cofradía según el cargo que ostentaba cada uno. Esta disposición fue derogada con la reforma de 1790, al quedar igualada la cantidad a cada hermano, cuya limosna era de cuarenta reales en cada año. Asimismo, fue frecuente incluir en el cortejo a la junta de oficiales portando un cetro.

El horario procesional sufrió un cambio significativo a finales del siglo XVIII, tras el abandono de la madrugada del Jueves al Viernes Santo, franja horaria tradicional, por la vespertina del Jueves Santo, entre las tres y cuatro de la tarde, «por la oportunidad que ofrecen esas horas para esta seria, devota y majestuosa solemnidad, y obviar a consecuencia la confusión, y tal vez el desorden, que en las Nocturnas pueden ocurrir», razón impuesta por la autoridad eclesiástica, a instancia del poder real, fruto de unas normas dictadas en 1777 por el obispo José Molina Lario (1776-1783). Esta medida no obtuvo la continuidad esperada, pues la prensa, durante la década de los años cincuenta de la centuria decimonónica, anunciaba ya la salida de la cofradía a las ocho de la tarde.

Por último, y aunque ajeno a los ritos semanasanteros, en 1751 se constata igualmente la celebración de una procesión extraordinaria de acción de gracias, bajo licencia episcopal, en la que se contó con la participación de un grupo de cautivos rescatados por la orden de la Merced en el norte de África y con la presencia posiblemente del crucificado denominado de la Merced o del Santísimo Cristo de la Sangre. Así lo indica Alberto Jesús Palomo Cruz en su libro 'La Catedral de Málaga: centro devocional y procesional', quien concreta que el cortejo se inició pasadas las dos de la tarde del día de San Esteban –26 de diciembre–, «viniendo en derecho a esta Santa Iglesia –la Catedral– con San Pedro Nolasco, Nuestra Señora y Cristo Crucificado».

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