Los últimos sequeros

Los impuestos, los permisos y la venta ilegal ahogan una tradición milenaria Sólo sobreviven cinco puestos en Ceuta arrinconados en un aparcamiento

TEXTO: JAVIER SAKONA FOTOS: JENS THOMAS ZIEGNER
AHOGADOS. «Tenemos que pagar alrededor de 600 euros al mes por estar aquí mientras cuelan pescado ilegal y no hacen nada», denuncian los sequeros./
AHOGADOS. «Tenemos que pagar alrededor de 600 euros al mes por estar aquí mientras cuelan pescado ilegal y no hacen nada», denuncian los sequeros.

Esto no es un negocio, es una tradición, una forma de vida», explica Rafael, sequero y pescador, a quien quiera escucharle. Rafael es uno de los últimos sequeros de Ceuta. En su puesto del aparcamiento de la playa del Chorrillo cuelgan exánimes bonitos y voladores, puestos en salazón y secados por la brisa marina. Una tradición milenaria que ahora malvive al borde de la extinción.

Hubo un tiempo, hace casi dos mil años, en que la salazón de pescados era la principal actividad económica de Ceuta y las factorías ocupaban todo el istmo desde las Murallas Reales hasta la muralla califal (junto a la basílica tardorromana), convirtiéndose en el enclave dedicado a la transformación de productos marinos de mayor extensión de la historia. Un esplendor que alcanzó hasta el siglo VI y del que hoy sólo sobreviven cinco sequeros que a duras penas mantienen viva una tradición que «tiene los días contados», lamenta Rafael.

«La gente cree que esto es un negocio de no veas, que nos hacemos millonarios en un verano, pero no es así, esto es una forma de vida, así pasamos el verano, trabajando en familia, con la ayuda de los amigos», explica mientras hace recuento de las cuentas que le ahogan: «Hay que pagar a Costas por ocupar el terreno, que yo eso lo veo bien, que la costa es de todos, hay que pagar módulos a Hacienda, licencias y por si fuera poco autónomos, y eso que yo ya lo pago por el barco, que es todo uno, con el barco pesco lo que vendo... que esto es artesanal, una tradición de Ceuta que se nos va».

La 'volaera' de Rafael, coronada por una bandera en la que ondea la efigie de Camarón, es una de las cuatro que sobreviven en la explanada del Chorrillo La quinto se encuentra al otro lado de la Almadraba, camino de la frontera. Fueron expulsados por decreto municipal hace quince años de la playa de la Almadraba y hoy resisten arrinconados en una explanada de cemento como casetas de una feria olvidada.

Cada mes han de abonar alrededor de 600 euros en impuestos y permisos «y de esto vive una familia», dice Rafael, «menos mal que están los amigos para ayudar». Un poco más allá, Juan, sequero jubilado, pasa las horas muertas en el lugar en el que trabajó durante treinta años. «No hay corriente eléctrica y tenemos agua gracias a los bomberos que la tubería se acaba al otro lado de la carretera y ni se molestaron en traernosla hasta aquí, eso sí, de los impuestos no se olvidan», ironiza recordando que son quizá la última tradición realmente ceutí. «Esto es lo más bonito que hay en Ceuta y se va a perder», avisa.

Venta ilegal

Ni Juan ni Rafael están en contra de pagar impuestos y tener su puesto en regla. «pero que lo paguemos todos», subrayan. Sus secaderos están a la orilla de la carretera de la frontera, el camino por el que se cuela el pescado ilegal procedente de Marruecos. «No veas la higiene que tiene que tener eso, si viene en el maletero o debajo de la rueda de repuesto, y luego lo venden en el suelo y, claro, a mitad de precio».

«Esto es canela pura, y calidad. Yo aquí me fío, que siempre es bueno y no todo eso que entra por ahí», zanja una clienta que acaba de reservar un par de bonitos a los que les queda aún dos o tres días a merced de la brisa y el sol.

No hay mucho margen de negocio. Es una auténtica delicia gastronómica al alcance de cualquier bolsillo. Desde los dos euros de un volador, -«me los compran hasta los chavales que hacen el botellón»- a los 20 euros de uno de los hermosos bonitos abiertos en canal que cuelgan de los puestos, una de las imágenes más atractivas e impactantes de Ceuta. Y es que la tradición se ahoga pero sigue siendo un atractivo turístico para quien viene de la Península. «Los turistas nos los quitan de las manos, hay algunos que sólo pasan por Ceuta para llevarse unos volaores o un par de bonitos», afirma Rafael mientras encaña decenas de bonitos por si viene una mala racha. Cosas del mar. «Hemos estado cinco días sin poder pescar y hay que estar preparado, que dependemos del mar y de esto vive una familia».

Juan y Rafael, como los otros sequeros, todos al borde de la jubilación, tienen por delante 90 días de trabajo. Sus puestos aparecen con el verano, igual que los voladores llegan en julio con la Virgen del Carmen. Venderán cerca de un millar de piezas en tres meses y con la llegada de septiembre desaparecerán con la esperanza marchita de una especie en extinción que no sabe si tendrá un próximo verano.

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