El bromista

El amigo, el viajero, el padre, el hijo... Pablo Aranda es igual en la vida y en sus libros, y en ambos el humor es un ingrediente esencial

JOSÉ A. GARRIGA VELA
El bromista

PABLO Aranda ha dado el pregón de la Feria del Libro de Málaga y ha demostrado que la literatura es un juego apasionante y divertido. Pablo Aranda es un escritor que sabe disfrutar la vida y, consecuentemente, la literatura; que es la vida escrita. La vida soñada. La vida inventada. La vida de aquellos que no existen hasta que el escritor los inventa. Pablo Aranda no sólo crea universos verbales, sino que también juega con la literatura a cronometrar, por ejemplo, cuánto tiempo tarda en leer un libro. También se dedica a anotar en fichas todas las referencias de las novelas que lee: «ciudades, cuadros, películas, canciones, libros, iglesias, incluso comidas». Pablo Aranda es un sabueso literario que escribe guías de los libros, como si fueran países.

Pero Pablo Aranda no sólo juega con los libros de los otros, sino que también juega con sus propios libros. Crea puzzles: personajes, acciones, lugares, que aparentemente no guardan relación entre sí y que luego van encajando como las piezas de un rompecabezas. Así hasta que acaba montando una historia. El puzzle contiene diversos registros. Cada pieza tiene vida propia y puede funcionar bien por separado o bien unida al resto. Todo esto constituye un mundo particular plagado de voces. Las voces de Aranda. Quizá porque quienes han viajado mucho se desprenden de parte de sí mismos para impregnarse de aquello que les rodea. Los viajeros son seres generosos. No se contemplan el ombligo como hacen otras personas. Otros escritores. Las novelas de Pablo Aranda son como esos planos topográficos que a través de la historia van cambiando de forma y de color sin por ello perder su identidad. Ni las manchas de los países, ni las cicatrices de la historia son capaces de cambiar el alma humana. Pablo Aranda ha viajado por el mundo y sabe estas cosas.

No soy capaz de desligar al escritor Pablo Aranda del amigo que parece vivir inmerso en una broma constante. La vida es la broma de Dios. Pablo juega con la vida igual que hace con la literatura: Otea el horizonte, curiosea alrededor, se fija en las pequeñas cosas, vigila. Luego crea ese puzzle que es la novela y que también es el propio Pablo. El personaje dividido que contiene varias vidas, diversas experiencias, que al final confluyen en una sola persona. El licenciado en literatura hispánica. El profesor de español. El educador de menores. El viajero solitario. El hombre capaz de reírse de sí mismo porque sabe que la vida entera es una broma. El hijo. El hermano. El padre. El compañero. ¿Quién es él? Lo dijo el Poeta: «Soy inmenso y contengo multitudes».

La literatura de Pablo Aranda es una ventana abierta al mundo. «Mira -le dijo su padre una tarde-, al otro lado de esa ventana hay un hombre inocente que lleva muchos años preso y quiere escaparse y recuperar su espada y volver junto a la mujer que ama». Una frase que encierra una historia. Un microcuento. Otra broma del destino. Pablo Aranda recoge estas pequeñas historias y las reúne en sus novelas. Chispazos. Piezas del puzzle. Bocados de realidad. Pentagramas que al final componen una sinfonía. El ritmo de la vida. La música del azar. El hombre que conoce a una mujer ucraniana por Internet: una mujer, un país, una historia. Los personajes femeninos destacan en las novelas de Pablo Aranda. Mujeres inmigrantes y mujeres extranjeras de sí mismas. Nadia. Nuria. Elena. «Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes», escribe Lawrence Durrell. El mundo de Pablo Aranda está plagado de personajes que se dejan querer, que infunden ternura, incluso personajes secundarios que parece que van a pasar inadvertidos pero que después descubrimos que han calado en nuestro corazón, como Andrei, el compañero de viaje generoso. El personaje real que probablemente nunca llegue a saber que un gesto suyo propició el inicio de una novela: «Ucrania es un trozo de bizcocho envuelto en papel de estraza».

Los personajes de Pablo Aranda son a menudo seres ingenuos e indefensos que se ven obligados a enfrentarse a un mundo que no acaban de comprender. Pablo no escribe desde un rincón apartado de la sociedad. No habita en su torre de marfil como sucede con otros escritores. Él escribe desde la cercanía. Le gustan las distancias cortas. A veces es preciso viajar lejos para encontrarse a sí mismo. Pablo habla desde la propia experiencia. Una cuestión de piel. Eso también se nota e impregna de realidad el mundo que construye en su novela. Esa única novela que pasamos escribiendo toda la vida y que está formada por piezas de un mismo puzzle que son personas, sentimientos y países.

El arma que Pablo Aranda emplea para enfrentarse tanto al mundo real como al mundo ficticio es la palabra y el sentido del humor. En ocasiones, la ironía. Pablo Aranda se ríe con respeto del mundo. Además posee una virtud fabulosa que resulta muy poco habitual: reírse de uno mismo. Si la vida es una broma de Dios, cada uno de nosotros es una partícula de risa. Aranda se mofa de la broma y nos hace reír. La broma constante. La vida que rueda. La risa es la manera más audaz de enfrentarse al absurdo que nos rodea. No es fácil hacer reír en medio del caos. Pablo lo consigue. Una risa verdadera. Detrás de esa risa no hay ningún payaso, sólo un hombre, un escritor que nos muestra el escenario triste de este circo en el que estamos todos implicados. Un escritor que habla y se comporta igual tanto dentro como fuera de la literatura. Un novelista sincero consigo mismo que escribe con la misma naturalidad con la que habla. El bromista. Pues hay que echar humor y fantasía para sobrevivir en este trozo de bizcocho envuelto en papel de estraza.

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