Asperones: las otras voces

Les dijeron que estarían 24 meses y ya va para 20 años. Quieren que en el horizonte de sus hijos haya algo más que un poblado en el que nada hay

TEXTO: GEMA MARTÍNEZ FOTOS: SALVADOR SALAS
LOS NIÑOS. La población infantil en el poblado es altísima debido al índice de natalidad del barrio./
LOS NIÑOS. La población infantil en el poblado es altísima debido al índice de natalidad del barrio.

LA vida es complicada en un poblado que ni se explica ni se entiende en esta ciudad del desarrollo. Va a ser precisamente ese desarrollo que busca suelo en el que construir nuevas viviendas y ansiadas infraestructuras el que en poco tiempo se va a topar sin remedio con las casas prefabricadas que configuran las tres fases de este barrio de marginalidad vergonzante, convertido con el paso del tiempo en negra ironía de aquellos que lo anunciaron como una solución transitoria.

Eso fue lo que le dijeron a Pilar Fernández hace casi dos décadas, que esto era sólo para un par de años, en tanto buscaban las viviendas definitivas. Entonces su hija tenía tres días. Esa hija es la misma que hoy da de comer a su bebé, en la puerta de la misma casa en la que a su madre le dijeron que iba a estar 24 meses: «Al final mis hijos se han criado aquí, en esta casa que un día se nos va a caer encima; en mitad de un campo, que para cuando quiera venir una ambulancia ya nos hemos muerto. Aquí estamos, como si fuéramos bichos, como si no hubiera criaturas aquí».

Es por eso y por otras muchas cosas que a los habitantes de Los Asperones les cuesta creer que pueda llegar el día en el que su horizonte no esté limitado por el cementerio, el antiguo vertedero y la perrera municipal, que esos son los parques que, dicen, tienen sus hijos para jugar. Y claro, algunos al pasar gritan y con razón que menos fotos y más realidades, hartos de que ninguna de estas visitas haya modificado un ápice sus vidas.

Sin incentivos

Es lo que pasa cuando las promesas, que crean expectativas, no se cumplen. Entonces, el trabajo que con la población realizan educadores, trabajadores sociales, voluntarios y representantes de las dos asociaciones de vecinos también se complica, porque es difícil incentivar a quien nunca ha visto que el esfuerzo traiga las mejoras anunciadas y porque, con el paso del tiempo, los modelos aprendidos se cronifican.

Manuel Muñoz, 18 años de vida en Los Asperones, no tiene el menor inconveniente en hablar del día a día allí, que califica de «infierno», pero sí dice que le da pudor que el habitáculo en el que vive salga en los periódicos.

Manuel, que consiguió trabajo cuando decidió quitar de su currículum la palabra Asperones, ocupa un minúsculo espacio arrancado al aire para poder independizarse con su mujer y sus dos hijas.

No es el único caso el de este hombre, que asegura tener dos discos en el mercado, y que confirma que en Los Asperones la música ha sido y es un valioso instrumento de supervivencia. Ha ocurrido que esos niños que acompañaron a sus padres en el traslado al gueto crecieron, se emparejaron pronto y tuvieron hijos, muchos a edades tempranas, y así, las nuevas familias han tenido que 'acondicionar' antiguos garajes, a los que llaman 'cuartillos'.

Es lo que ha hecho Yolanda Triano, que llegó al barrio procedente de San Andrés hace once años, cuando empezó a vivir con su pareja actual. «Aquí me tenía recogida mi cuñada, pero llegó un momento en que éramos 15 viviendo en una casa. Ellos eran ocho y nosotros cinco. Luego se casó su niño y llevó a su mujer».

Yolanda está parada y su marido es chatarrero. Dice que hace cuatro años echó la solicitud para una vivienda pública de segunda ocupación y que este año la petición ha sido aprobada. Tiene exactamente 511 puntos que la colocan en el puesto número 50 de la lista de espera para una casa en no se sabe dónde. «¿No, a La Corta yo no me voy! Para meterme en otra cosa peor me quedo aquí. Yo lo que quiero es que mis hijas tengan sus columpios y sus parques y sus buenas cosas».

Paternidad precoz

La paternidad precoz sigue reproduciéndose hoy, y hace que en las estadísticas de este barrio, en cuyas calles no hay ni bares ni tiendas ni luz ni alcantarillado, aparezcan madres que son niñas de 13 años y chicos de 17 que ya son padres por segunda vez. Es otro de los factores que explican la notable presencia de críos en el barrio y también el que los jóvenes a duras penas concluyan la secundaria.

«Incide en el tema de los niños. Es importantísimo quitar a los críos de la calle, para que no vean cosas malas». Mientras habla, suave y bajito, Manuel Muñoz acaricia la cabeza de Indara, una de sus niñas. «Es difícil no salir manchado de aquí. Si lo consigues es porque has aprendido de experiencias cercanas muy traumáticas. De amigos, de hermanos, de familiares que han muerto por la droga».

En Los Asperones es difícil, por no decir imposible, llegar puntual a un trabajo que comience a las ocho de la mañana, a menos que se disponga de vehículo propio, porque el primer autobús pasa a las 7,45. En la parada no hay marquesina ni banco, así que la espera, llueva o truene, se hace a la intemperie. Para alcanzar el centro de salud más cercano, sus habitantes tienen que coger dos autobuses, una circunstancia a la que no se ve obligado casi ningún ciudadano de la capital, y los niños de la tercera fase del gueto tienen que atravesar un arroyo haciendo equilibrio por una tubería enfoscada para alcanzar el colegio María de la O o la guardería de la Junta.

Juan Moreno, hoy vocal de la revitalizada asociación vecinal Oropéndola Callí (Ilusión Gitana), fue uno de esos niños arrancados de los corralones de Martínez Maldonado tras las inundaciones del 87, en dónde había once o doce familias que se conocían. Dice que en el mismo momento en el que le realojaron en la barriada le destrozaron la vida: «Al llegar a este barrio nos encontramos con gente de todo tipo: mala, buena y de lo peor. Aquí hicieron una bomba, y la fabricaron ellos».

Los amigos muertos

Entonces tenía once años y recuerda que se juntaban unos cuarenta o cincuenta chavales de su edad: «De ese grupo sólo quedamos vivos seis o siete. El que no lleva diez años preso está muerto». Dice Juan que cuando llegó a Los Asperones no sabía qué era un 'chiné' (heroína y cocaína mezclada), «pero aquí salía de la puerta de mi casa y veía a la gene fumándolo. Estábamos aislados, no había nada más. Nosotros, gracias a Dios, nos hemos librado, pero muchos amigos de la escuela murieron con 17 o 18 años. Yo no he tenido nunca ninguna oportunidad. Ahora lo que no quiero es que destrocen la vida de mis niños».

Los estragos que la droga ha hecho en Los Asperones también quedan reflejados en el informe realizado por el Defensor del Pueblo Andaluz, en el que se indica que en la segunda fase del poblado mayoritariamente son las mujeres las cabezas de familia, ya que se han producido muchos fallecimientos a consecuencia del Sida, o en otros casos, los hombres están en prisión. Este núcleo es el que se encuentra en peores condiciones. En él viven casi 150 personas de las más de 800 que habitan en las tres fases, siendo el 75 por ciento menores.

«Yo lucho por mis niños y por todos los niños de aquí. Quiero que se relacionen con otra gente y otros mundos. Es una pena que niños de nueve años piensen que su futuro es sólo buscar chatarra. Quiero que sepan que también tienen derecho a ser bomberos o policías», sentencia Juan Moreno.

Fotos

Vídeos