Un paseo por la colección permanente del Museo Carmen Thyssen Málaga

Un paseo por la colección permanente del Museo Carmen Thyssen Málaga

La colección del museo ofrece una muy buena selección de los costumbristas andaluces y hasta 230 referencias de la pintura española de los tres últimos siglos

ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Quizá una historia de mecenazgo pueda comenzar con otra similar. Quizá el relato de la colección del Museo Carmen Thyssen-Bornemisza encuentre un buen arranque en la labor de otros amantes del arte: los duques de Montpensier, valedores de buena parte de los pintores andaluces de la segunda mitad del siglo XIX. Para ellos trabajaron autores como Joaquín Domínguez Bécquer o Manuel Cabral Aguado Bejarano. Lo recordamos en un paseo por los fondos de la institución: unas 230 referencias de la pintura española de los tres últimos siglos.

Justo al otro lado del vestíbulo del palacio de Villalón esperan algunos de los protegidos de los duques de Montpensier. Fueron mecenas y grandes promotores de los artistas locales. La colección del museo ofrece una muy buena selección de los costumbristas andaluces.

De este modo, la primera sala actúa como una suerte de máquina del tiempo. Nos trasladamos a la Andalucía del XIX para encontrar iconos de la cultura popular como los bandoleros, las gitanas, los toreros o los comerciantes ambulantes. Personajes que desfilan por títulos como Jaleando a la puerta del cortijo (1854), Escena en una venta (1855) o En la feria de Sevilla (c. 1855), por citar algunas de las obras firmadas por el mencionado Manuel Cabral Aguado Bejarano.

Se trata de la sección denominada Costumbrismo, en la que también reclaman protagonismo pintores como Domínguez Bécquer o Dehodenq, siguiendo las indicaciones de María López. De Alfred Dehodenq reclaman la atención del visitante Un baile de gitanos en los jardines del Alcázar, delante del pabellón de Carlos V y, sobre todo, el lienzo Una cofradía pasando por la calle Génova, Sevilla (ambos fechados en 1851).

Por su parte, Joaquín Domínguez Bécquer deja títulos como Maja y torero (1838) y Baile en el exterior de una venta (1867). Aunque tampoco conviene olvidar a Manuel Wssel de Guimbarda, que firma, entre otros, el óleo sobre lienzo titulado Lavando en el patio, datado en 1877. Serían algunas de las referencias más destacadas de esta sección.

Esa premisa se plasma ya en la sala inaugural, donde comparten espacio las secciones llamadas Costumbrismo y Paisajismo romántico. En este punto conviene detenerse, al menos, en dos autores: Manuel Barrón y Carrillo y Genaro Pérez Villaamil. Del primero sobresalen Vista del Guadalquivir (1854) y Cruzando el Guadalquivir. En cuanto a la representación de Pérez Villaamil, citar Corrida de toros en un pueblo (1838) y La capilla de los Benavente en Medina de Rioseco (c. 1841), que justo enlaza con el título de la sección temática.

Libros antiguos

Subimos las escaleras. Turno para el paisaje naturalista y la pintura preciosista. Pero antes, una parada al otro lado del patio central del palacio de Villalón. En concreto, en la estancia que mostrará una selección de libros del siglo XVII y XVIII, también pertenecientes a la colección de la baronesa.

Respecto a los temas, se trata de una pintura que insiste mucho en asuntos amables de la burguesía y, además, los artistas andaluces continúan con los temas costumbristas andaluces. El preciosismo incluye a Fortuny, García Ramos, Madrazo y, sobre todo, Martín Rico. Mientras que en el paisaje naturalista emerge la obra de Carlos de Haes.

Y ahora algunas referencias. Por secciones, según se traspasa el arco de entrada a la sala, llegan primero las obras inscritas en el preciosismo. Y ahí, entre otros, Paisaje norteafricano (c. 1862) de Marià Fortuny i Marsal; Río San Lorenzo con el campanari San Giorgio dei Greci, Venecia (c. 1900) de MartínRico Ortega o Ca dOro(c. 1897) de José Moreno Carbonero.

La mirada se gira hacia el paisaje naturalista. Y el visitante puede encontrar, por ejemplo, los lienzos de Carlos de Haes. Como Paisaje con una vacada en un río (1859) o Vista tomada en las cercanías del Monasterio de Piedra, Aragón (1856).

Y ahora un pequeño alto en el camino. Una parada en la pintura de autores malagueños presentes en los fondos del museo. Hay que recordar que la marina es un género que se desarrolla a partir del naturalismo, cuando el mar deja de ser ese ámbito misterioso y extraño para ser un lugar también para investigar los reflejos de la luz, del agua. Autores como Ocón y Rivas o Gómez Gil destacan de manera singular en este apartado.

Entre esas referencias incluidas en los fondos del museo se encuentran Puerto de Málaga (1896) y Puerto (1899), ambas de Guillermo Gómez Gil; así como la tela firmada por Emilio Ocón y Rivas titulada Gran velero saliendo del puerto de Sevilla. Al fondo la Torre del Oro (c. 1874).

Todavía en la primera planta, el museo reserva un espacio para los llamados Maestros antiguos. Reina en la sala el cuadro Santa Marina (c. 1640 - 1650) de Francisco de Zurbarán, una de las piezas más emblemáticas en la colección. Junto al cuadro, María López anuncia la exhibición de un Cristo del siglo XIII que ha permanecido en depósito en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC).

Para cerrar el círculo, la primera planta del Museo Carmen Thyssen-Bornemisza ofrece un pequeño espacio entre las salas expositivas de mayor formato y el atrio del palacio. Se trata del Oratorio, en el que los responsables de la institución prevén organizar exposiciones de gabinete; es decir, montajes en torno a una obra que será contextualizada y revisada.

De nuevo escaleras arriba. Segunda planta. Antes de entrar en el espacio expositivo, una sorpresa. Perspectivas insólitas de esa zona del Centro Histórico de la capital. La torre de la iglesia del Sagrado Cozarón. Miradores por los que asoman pinturas murales recuperadas. Tejados sobre las calles Compañía y Mártires.

Un instante para volverse hacia afuera y echar cuentas. El Museo Carmen Thyssen-Bornemiza de Málaga se despliega a lo largo de 7.147 metros cuadrados. De ellos, más de 5.100 metros se dedican a uso expositivo. Y de ellos, la inmensa mayoría se corresponde con nuevos recintos construidos para la ocasión y situados a la espalda del palacio de Villalón.

Es el gran contenedor de obras de arte que guarda la colección permanente del centro, a la que regresa el paseo en su nivel más elevado. Una sala espectacular. El espacio está dedicado a la pintura entre los siglos XIXy XX. Entre los renovadores del paisaje, Mara López se detiene en Aureliano Beruete y Moret, autor de Vista de Guadarrama desde El Plantío (1901) y Ávila (1909).

Autores populares

En este apartado se concentra además un número notable de autores populares: Sorolla, Romero de Torres, Gutiérrez Solana, Zuloaga, Regoyos... Muy complicado resumir la nómina de propuestas que reúne el tramo final de la colección. El primer protagonismo lo reclaman dos obras de Julio Romero de Torres: La Buenaventura (1922) y Monja (1911), enfrentadas en uno de los recodos de la sala.

Baile flamenco (sin fechar), de Ricard Canals i Llambí; Julia (c. 1915) a cargo de Ramón Casas Carbó y Niñas a la luz de un farol (también sin datar) firmada por Lluís Graner i Arrufí dan cuenta de la presencia de la pintura de la escuela catalana en esta sección.

Surge Franciso Iturrino. Dos gitanas (c. 1901-1903) y El baño (c. 1908) ofrecen un intenso cromatismo, rasgo compartido con la tela Vista de la bahía de Palma de Mallorca (c. 1905-10), de Antonio Muñoz Degrain, que asimismo firma El baño nocturno.

Darío de Regoyos y Valdés firma La Concha, nocturno (c. 1906), mientras que Joaquín Sorolla está representado en la colección del museo con piezas como Garrochista (1914) o Patio de la Casa Sorolla (1917).

Títulos que aparecen en el ecuador de la última sala, que reserva para la pared del fondo una de las piezas más renombradas dentro del catálogo del Museo Carmen Thyssen-Bornemisza: Corrida de toros en Eibar (1899), una tela de Ignacio Zuloaga y Zabaleta.

Fue una de las primeras obras del catálogo del museo que se dieron a conocer. Y una de las últimas en incorporarse a los fondos de la institución ocupa la misma sala: Las Coristas, de José Gutiérrez Solana. Otro de los reclamos que prometen permanecer en la retina de los visitantes a la colección.

Y queda todavía la tercera planta del museo. La sala reservada a las exposiciones temporales. Pero esa es otra historia...

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