Sabor a eucalipto

AURORA LUQUE

SABOR a eucalipto: con una canción a los Baños del Carmen el Gaucho Argentino y su guitarra cerraban la primera mañana de las Jornadas sobre el Balneario, una mañana que comenzó con una conferencia de lo más instructiva. Habló de la historia del emplazamiento Fernando Gómez Hermosa, que ha realizado su trabajo fin de carrera de ingeniería industrial dentro del proyecto REVIPAN (Reconstrucción Virtual del Patrimonio Andaluz). Acompañó a sus palabras un paseo virtual por el Balneario en sus años de esplendor y una nutrida exposición de fotografías y documentos sobre los avatares del lugar. En su prehistoria hay una intervención contundente: el Monte de San Telmo, a espaldas de los Baños, se utiliza como cantera para abastecer la construcción del puerto de Málaga. Al pie se construye un puerto de carga para transportar la piedra extraída (del pedregal que formaban las explosiones surgió al parecer el nombre de Pedregalejo). De ese puerto, soterrado, surgen los terrenos de los futuros baños, que se establecen como definitivos en 1920, con sus playas separadas para hombres y mujeres. Las columnas fueron rescatadas de conventos en ruinas: de ahí los capiteles diferentes. Las pistas de tenis se mantienen desde los primeros tiempos; otras instalaciones han desaparecido. Un estadio de fútbol precedió a la Rosaleda (los balones se escapaban al mar: había un bote con un 'pescador de balones'); hubo pistas de patinaje, un acuario, una laguna con patos, una hípica. Una Fuente de Vino manaba jerez en vez de agua, y en el Quiosco de la Ruleta la que había en su zócalo componía al azar las parejas de baile. Al llegar el verano se celebraba una verbena Negra (popular) y una Blanca (más selecta). Todo este ocio encantador estaba restringido a las clases que podían pagárselo: los abonos cubrían el tranvía y las entradas al balneario.

En 1982 las playas de España dejan de ser privadas. Ahí comienza la historia del abandono. La bolsa verde de los Baños fue siempre un bocado apetitoso para los especuladores: en los 90 surge un plan para convertirlos en complejo hotelero, pero la presión hace que el ayuntamiento renuncie. La idea del puerto deportivo también fue recibida con hostilidad. En el 96 se proyectan 600 viviendas de lujo: el clamor del vecindario hace que se retire el proyecto. Ahora se prevé (¿sine die?) la construcción de un parque público.

Tras este repaso a la biografía del lugar queda un regusto amargo: la constatación del fracaso de lo público. El esplendor corresponde al mayor elitismo. La zona se abandona cuando se cede a los ciudadanos; la decadencia empieza con la democracia. Sólo la presión del barrio ha detenido los dientes de los lobos.

La implicación de los más jóvenes quizá sea lo más notorio y lo más saludable de esta iniciativa de hoy. Desconfían de las intervenciones municipales recientes, tan abusivas: el coloso del Morlaco, el arboricidio del Parque, la demolición del Silo del Puerto. ¿Son arqueólatras? No creo. El peligro que presienten es la intervención que desfigure, el ego del arquitecto que anule la historia, la tentación comercial. Y el Balneario existirá en tanto pueda evocarse su aroma 'belle époque' y se respete el fulgor de su memoria.