El Parque

TEODORO LEÓN GROSS

NO resulta precisamente alentador que el debate social sobre el paisaje vegetal de las ciudades haya sido espoleado por una pin up reciclada baronesa. Pero eso es lo que hay. El asunto ha pasado de Salsa Rosa al telediario, y no al revés. Al menos, eso sí, ella ha logrado que haya debate, porque hasta ahora se afeitaban parques y bulevares entre la indiferencia colectiva. No obstante, la irrupción de la baronesa Thyssen ha tenido ventajas pero también inconvenientes: si su influencia mediática ha popularizado un asunto a menudo invisible, obligando a las autoridades a reconsiderar talas masivas en Madrid, Sevilla o Málaga; en cambio, sus amenazas de amarrarse o subirse a un árbol le ha dado al asunto ese barniz demagógico que siempre socava la dialéctica de la razón.

En Málaga, de hecho, José Antonio del Cañizo, un experto de prestigio tan comprometido con la ciudad -basta leerle en estas mismas páginas- como alejado de los despachos oficiales, ha dado su aval a la tala de los plátanos peligrosos del Parque invitando a los escépticos al cementerio de troncos para comprobar que efectivamente estaban enfermos, en tanto que los ejemplares más sanos se han trasplantado en Las Virreinas sin condenarlos a esa guillotina de la aristocracia vegetal que es la motosierra.

Descontada esa bronca, el problema del Parque no es la desaparición de esos plátanos que comenzaron a morir hace veinticinco años con una tala salvaje. Ahora se trata del futuro de ese paseo que en verano arderá bajo la solana. Y el debate no parece claro. La Universidad ha sido excluida de las consultas y la Sociedad de Ciencias -a la que sí han dado velas en este entierro de árboles- apuesta por el almez, especie desaconsejada por quienes creen, como Cañizo, que cabrán mal entre las copas de las palmeras alienadas estrechamente. En todo caso, y a más corto plazo, este ingeniero se apunta a una tesis sugerente: crear una larga pérgola sobre la acera propiciando un umbráculo de paseo que además se convertiría en una atracción en sí misma como la del jardín Fairchild de Miami. Ésta sería tal vez la mayor pérgola del mundo, embellecida con glicinias, bignonias y pirostegias, con flor todo el año. El asunto, más allá de las demagogias de la baronesa, merece un debate y quizá un concurso de ideas. Lo que no vale es la coartada de que esto encaja mal en los planes del arquitecto. Se entiende que el Parque no tiene que encajar en los planes del arquitecto, sino los planes del arquitecto encajar en el Parque.