Pruebas de paternidad

El estudio minucioso de algunas obras de arte ha permitido descubrir que sus creadores reales no son quienes han figurado como tales durante siglos. En ocasiones, y de forma paradójica, el trabajo más célebre de un autor resulta no ser suyo

LUISA IDOATE CÉSAR COCA
Pruebas de paternidad

CUADROS de Tiziano o Velázquez que no fueron pintados por ellos. Una pintura de Goya que tiene notables posibilidades de no ser suya. Obras de Mozart que fueron escritas en realidad por su padre. Montañas de títulos de Bach que no se sabe quién hizo, pero que con seguridad no son suyos. La melodía más popular de Haydn fue escrita por otro compositor.

El análisis riguroso y detallado de muchas obras de arte está descubriendo que no son de quien durante décadas, o siglos, se pensó que eran. A veces hubo una intención clara de ocultar al verdadero creador. Pero otras fue un cúmulo de circunstancias incontrolables lo que llevó a atribuir la obra a quien no correspondía. Ésta es la historia de un puñado de cuadros y partituras que en los últimos tiempos han dejado de ser de quien siempre creímos que eran.

Dudas, recelos, sospechas y especulaciones ensombrecen la paternidad de muchos cuadros. Los discípulos que imitan al maestro, los copistas y las obras inacabadas generan confusión y polémica sobre la autoría y dividen a los expertos. Museos y colecciones privadas están plagadas de piezas de origen incierto. Para solucionar el problema, los pintores del Renacimiento reivindicaron la firma de sus cuadros que, a menudo, reforzaban deslizando su imagen en la composición. Autentificaban su trabajo y, de paso, obtenían prestigio inmortalizándose en el lienzo junto a sus poderosos mecenas. Pero la táctica no es infalible.

De nada sirve que en el 'Altar de Gante', de 1432, aparezcan los pintores Hubert y Jan van Eyck. Para unos, el llamado 'Políptico de Gante' fue realizado por Hubert. Otros piensan que lo ejecutaron ambos hermanos. Y la mayoría cree que el 'Políptico del Cordero Místico', como también se le llama, es obra de Jan.

En la pintura renacentista, los errores de autorías son abundantes y enrevesados. Muchas obras del veneciano Giorgione (1477-1510) se atribuyeron a Tiziano Vecellio (1485-1576) y, con el tiempo, han vuelto a formar parte de su currículo. No es de extrañar que las creaciones de estos artistas se confundan: fueron discípulos de Giovanni Bellini (1429-1516).

Varias opciones

A la hora de autentificar sus trabajos, los especialistas no se ponen de acuerdo. Para muchos, 'Natividad Allendale', de 1504, no es de Tiziano, sino de Giorgio da Caltelfranco, verdadero nombre de Giorgione. Vehementes y encontradas son también las tesis sobre 'Concierto campestre', de 1510: algunas opiniones apuntan a Tiziano; otras a una labor conjunta de ambos artistas. Todo es polémico en este óleo, hasta el tema. Unos ven en él la descripción de la Arcadia, y otros tantos lo consideran una alegoría de la fidelidad.

Los expertos hilan muy fino al adjudicar las cuatro tablas que integran 'La historia de Nastaglio degli Onesti' a Alessandro Boticelli (1444-1510). Las piezas se pintaron en 1483, para una boda entre miembros de las familias florentinas Pucci y Bini. Narran un cuento del 'Decamerón' de Bocaccio, 'El infierno de los amantes crueles': una historia de amor, celos y muerte.

Puede que decorasen un 'casone' o arcón de boda; o quizá fuera un 'spalliere' para recubrir las paredes de una noble casa. Francisco de Asís Cambó compró tres de ellas a los herederos de Joseph Spiridon en 1929 y luego las donó al Museo del Prado; la cuarta pertenece a una colección privada. En el siglo XVI Vasari las atribuyó a Boticelli, pero la diferencia de ejecución entre ellas delata la mano de varios artistas. La mayoría de los críticos concede la concepción global a Boticelli, aunque no toda la autoría.

Además de no firmar sus obras, Leonardo da Vinci (1452-1519) solía dejarlas inacabadas. De nada servían las draconianas cláusulas que los mecenas le imponían en los contratos. En la 'Madona Benois', de 1478, presenta una aniñada Virgen, sentada y mostrando unas flores a un Niño Jesús de gesto severo. Las dudas sobre la paternidad del lienzo se solucionaron con las dos 'madonnas con El Niño y un gato' realizadas por Da Vinci como estudios preliminares de la obra.

La otra cara de la moneda es 'El Salvador Adolescente', pieza de finales del siglo XV o principios del XVI, inicialmente considerada vinciana; aunque algunos especialistas defienden la autoría de Ambrogio de Predis (1455-1508) y otros la identifican como un anónimo de la escuela lombarda.

Perspectivas que se alejan y personajes envueltos en una atmósfera húmeda caracterizan la obra de Jacob Grimmer (1525-1590). Este paisajista de Amberes pintó numerosas estaciones del año, a menudo sin fechar. Las autorías equívocas se cebaron con su 'Paisaje invernal con pueblo, patinadores en un río helado y cazadores'.

Baile de errores

Según Peter C. Sutton, el lienzo se subastó en 1971, 1972 y 1997 como cuadro de Pieter Brueghel 'el joven' . En 1987 se vendió como obra de Jacob Grimmel, pero en 1999 salió al mercado como un trabajo de la 'Escuela de Amberes' del siglo XVII. A todo este baile de errores, se añade la semejanza entre los cuadros del pintor y los de su hijo Abel; aunque este último sea más ingenuo y menos sofisticado.

«Una pintura de Santa Rufina de medio cuerpo, con palma y unas tazas en las manos, original de Diego Velázquez, de tres cuartas y media de alto y dos tercias y dos dedos de ancho», así detalla una obra del pintor sevillano (1599-1660) el inventario de Luis de Haro, sucesor de su tío, el Conde Duque Olivares, como primer ministro de Felipe IV. Tras dos siglos en paradero desconocido, el cuadro reaparece en 1868, en la colección de Earl de Dudley, como un Murillo. La galería Christie's confirma la autoría de Velázquez y lo subasta en 1999 por ocho millones de dólares. Pero Jonathan Brown, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Nueva York, rechaza la paternidad velazqueña de esta pintura, de 1632, en la que el artista pudo utilizar como modelo a una de sus hijas.

Otro trabajo del hispalense, la 'Inmaculada Concepción', de 1618, fue subastado por Sotherby's en 1994. No se vendió. La puja no alcanzó el precio del vendedor, porque varios expertos atribuyeron la pieza al discípulo del artista Alonso Cano (1601-1667) a quien se le acaba de adjudicar la ejecución de otro cuadro de Velázquez: 'San Juan Bautista'.

La pasada primavera Juliet Wilson-Bareau desató la controversia al asegurar que 'La lechera de Burdeos' no es de Goya (1746-1828), sino de su hija ilegítima Rosario Weiss, que, según escribió el pintor, quería «aprender a pintar en miniatura» y tenía «cualidades muy notables». Aunque José Álvarez Lopera, profesor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid, la considere «una artista de cortos vuelos y escaso éxito», y tuviera trece años en 1827, año en que se realizó el cuadro.

Padres e hijos

Lo cierto es que la obra lleva la firma de Goya y, según consta documentalmente, fue vendida en 1829 por Leocadia Zorrilla, amante del pintor y madre de Rosario, a Juan Bautista Muguiro, amigo del artista. Pero Wilson-Bareau fue más allá: 'El Coloso'(1808-1812) tampoco sería del pintor aragonés, sino de su hijo Xavier. Algo que el historiador José Luis Calvo Buey rechaza, porque la pintura ya aparece tasada «en 90 reales» en la partición de bienes entre padre e hijo, realizada en 1812 tras el fallecimiento de Josefa Balleu, esposa del pintor.

Cuestionar una autoría es fácil; autentificarla, no tanto. 'Árboles de Hampstead', de John Constable (1776-1857), y 'Stock-by-Nayland', de su hijo Lionel (1828-1887), son tan semejantes que sólo los ojos expertos, el rigor y la paciencia son capaces de determinar las firmas. La ciencia ayuda. Precisa la edad de la pintura y de su soporte, y desvela con rayos X la existencia de cuadros anteriores ocultos bajo la obra. La documentación también permite encadenar hechos y datos, y alcanzar la garantía de autenticidad. A pesar de todo, los errores existen. Y las disputas.

En 2003 Eric Blay anunció la subasta del presunto Van Gogh 'Los labradores', de 1883, con un precio de salida de dos millones de euros. Su anónimo propietario lo compró en un mercadillo callejero por 1.500 euros. Pero la obra nunca salió a la venta: el Museo Van Gogh de Amsterdan no reconoció su autenticidad y la casa Christie's no quiso saber nada del asunto.