La última batalla de Sharon

LA gravísima enfermedad del primer ministro israelí, Ariel Sharon, y su segura incapacitación para seguir en activo han llegado en el peor momento para el país y, en general, para una región que con el proceso de paz pendiendo de un hilo debe hacer frente a dos difíciles y enconadas elecciones, si cabe más complejas ahora. Israel se ha sumido en una postración sin precedentes sólo comparable a la conmoción producida por el asesinato, hace más de diez años, del general Rabin, también primer ministro. El estupor generalizado en la sociedad israelí ha sido tal que incluso el Ministerio de Justicia ha tenido que aclarar que las elecciones legislativas previstas para el 28 de marzo se mantienen, lo que ahorra comentarios sobre el papel central que 'Arik' ocupa en el escenario israelí y hasta qué punto su ausencia lo altera.

Ariel Sharon había dinamitado el vigente 'statu quo' político israelí con su decisión de abandonar la franja de Gaza y su conversión a un súbito centrismo que, inevitablemente, llevó a la ruptura del Likud, el gran partido de la derecha nacionalista y laica del que él mismo fue uno de los fundadores. La puesta en marcha de su nuevo partido, Kadima, de amplio espectro y al que se unía otro histórico político israelí: el laborista Simon Peres, había levantado una enorme expectación; y es que el aluvión de votantes de centro-derecha que anunciaban su intención de voto hacia esa formación era muy significativo. El plan de Sharon era tan ambicioso como delicado de manejar: prefiguraba un cogobierno con los laboristas en vías de renovación para aplicar un plan de paz basado en 'dolorosas condiciones', que en realidad pasaban por la materialización de la estrategia para la región de su firme aliado y amigo, el presidente George W. Bush. Pero ahora, el desconcierto en el bando de los numerosos seguidores del antiguo 'halcón', y también en buena parte del 'aparato' palestino, son absolutas.

El electorado dispuesto a apoyar inicialmente al nuevo partido debería en buena lógica aceptar la sustitución de Sharon por quien la propia formación Kadima escogiera: Ehud Olmert, su segundo y primer ministro en funciones, o el general Mofaz, actual ministro de Defensa. El no hacerlo confirmaría que es más la persona de Sharon, percibido como el depositario de la seguridad, y no su programa, el que realmente convence a los israelíes. Y nuevamente habría de sufrirse en la región el problema de los liderazgos carismáticos e insustituibles a corto plazo. La sociedad israelí debe estar ahora a la altura de las circunstancias y si hay una corriente mayoritaria y un Gobierno moderado y negociador a la vista, ser capaz de centrarse en los proyectos políticos en términos globales y no en las personas en términos particulares, aunque se trate de la mismísima figura del que es visto por todo Israel como uno de los 'padres de la nación' y uno de los pocos capaces de manejar el frágil proceso de paz.