Reyes Magos

TEODORO LEÓN GROSS

SI la infancia es el tiempo que transcurre mientras uno cree en la existencia de los Reyes Magos hasta tener la certeza de que éstos no existen y que las cosas finalmente no son tan sencillas; eso mismo cabe aplicarlo a los sistemas democráticos, que permanecen en su infancia mientras la sociedad cree que sus gobernantes son tipos providenciales, dotados de poderes excepcionales para manejar discrecionalmente un presupuesto ilimitado a golpe de magnanimidad, y esa infancia se prolonga hasta que cuaja la certeza mayoritaria de que los gobernantes no son sino representantes públicos para administrar los recursos colectivos bajo mecanismos de control. En España la madurez democrática está evidentemente lejos. El anuncio de Zapatero de 12.000 millones para la Tercera Modernización, como si no fuesen fondos razonablemente adjudicados a una comunidad de renta 1 para amortiguar su infradesarrollo sino el 'regalito' de Navidades de Papa Noel para los pobres, reviste esos matices. Y lo malo no es que haya quien diga eso, sino que haya quien lo crea. A veces se tiende a pensar que eso se da sólo en países como Bolivia que, tras una historia desgraciada a más de un golpe de Estado por año, se entregan al populismo. Pero en Europa son constantes, incluso en años recientes, y Gil no es un fenómeno insólito, como ahora se ve en el lepenismo tibio de Sarkozy en la derecha francesa, entre Heider y Fortuyn. El presidente Chaves tiende mucho a eso -ya es casualidad que se buscara el aforo de un programa infantil para dar doctrina navideña- de ahí sus salidas como al rechazar las críticas al precio de la matrícula universitaria sosteniendo que «los ciudadanos pagan menos del diez por ciento de ésta», que tiene bemoles, como si el 90 por ciento restante no lo pagaran también los ciudadanos mediante sus impuestos sino que saliera de los bolsillos del presidente de la Junta, perdón, de la saca de los Reyes Magos de Andalucía, Manolo, Gaspar y Griñán. Ese estilo a menudo se le ha visto a Fraga en Galicia. Y es que no se trata de un síntoma de la izquierda, sino una patología de inmadurez democrática. No hay más que ver cómo se presentan las inversiones de los Presupuestos generales, autonómicos, municipales como si fuesen la Carta de Reyes. Ahí se delata, más que nunca, la infancia de la democracia, ese tiempo en el que, tal como los niños no saben que los Reyes Magos son sus padres, la sociedad tiende a creer que los padres de la patria son como Reyes Magos.