Morenísimo

JOSÉ JAVIER ESPARZA

LAS tradiciones televisivas de la última noche del año son tres: el espectáculo de estilo Moreno (original o copia), las uvas en la Puerta del Sol y el artículo posterior explicando por qué todas las nocheviejas pasa lo mismo en la tele. Este tópico artículo consta, a su vez, de dos partes: una expone los motivos por los que el español medio, al llegar la Nochevieja, tiende a comerse las uvas con TVE, como si el producto ofrecido en las privadas no fuera de fiar; la otra parte glosa, inevitablemente, el singular fenómeno de que los programas más vistos de la primera noche del año sean siempre los mismos, a saber, esas galas de música con lentejuelas, pierna al aire y mucha risa. En este último capítulo también aparece, con idéntica frecuencia, el nombre de José Luis Moreno. Le confesaré algo: a estas alturas, todavía no me había dado cuenta de que el productor del programa de Nochevieja de TVE-1 no fue José Luis Moreno. ¿Despiste? No: indiferencia en el sentido estricto del término.

Allá por el mes de noviembre, TVE contó que prescindía de Moreno para el habitual cotillón de después de las uvas. Al mismo tiempo, Antena 3 anunciaba que su gala la haría Moreno. Hoy ya hemos visto todos el resultado: el programa de TVE parecía hecho por José Luis Moreno -si excluimos la ausencia de María José Suárez- y el de Antena 3, también. Hagamos un poco más de memoria: antes de 2004, los socialistas, entonces en la oposición, criticaron el carácter de los programas de Moreno en TVE; pese a ello, el primer programa de Nochevieja de la etapa Caffarell lo hizo Moreno. Volvamos a este año, a esta semana: el programa 'morenista' de TVE-1, después de las uvas, lograba una cuota de pantalla del 35,3%; el programa 'morenero' de Antena 3, a las mismas horas, tenía el 23,5%. El de TVE-1 era 'morenismo' de imitación, el de Antena 3 era 'morenismo' original.

Pero he aquí lo realmente prodigioso: entre uno y otro se llevaban a la mayor parte de la audiencia. Y digo más: estoy seguro de que si preguntáramos a la inmensa mayoría de los espectadores, apenas nadie sabría explicarnos las diferencias entre un programa y otro. Yo tampoco. Porque la aportación de Moreno es haber concebido un tipo de programa tan vistoso como trivial, tan anodino como intercambiable, que ofrece al espectador la posibilidad de sentirse acompañado sin exigirle el menor esfuerzo de atención. El programa-Moreno, original o copia, significa, sin duda, el destierro de la originalidad, de la osadía, de la aventura; pero también significa el triunfo de la televisión, del espectáculo sin huellas, de la burbuja que cosquillea el paladar y después se desvanece. O sea, como la Nochevieja misma.