Las cuentas de Elena

MANUEL ALCÁNTARA

ESTAMOS a punto de descubrir al bebedor pasivo. Pronto será obligatorio instalar zonas, completamente aisladas, en bares y restaurantes para quienes persistan en la perjudicial costumbre de tomarse una copa de Jerez, un whisky, un cubata o cualquier otro líquido maligno. «Necesitamos una norma contra el alcohol similar a la del tabaco», ha dicho la ministra de Sanidad, Elena Salgado. Se trata de proteger a los abstemios empedernidos, a quienes puede afectarles al hígado, como nadie ignora, ver cómo trasiega el señor de la mesa de al lado, que es que no para.

Ha hecho números doña Elena y asegura que la recién estrenada Ley Antitabaco sitúa a España entre los países más restrictivos y a ese orgullo se une un ahorro a las arcas del Estado de 3.900 millones de euros anuales. ¿A cuánto ascendería una normativa semejante que restringiera la bebida al agua? Al fin y al cabo, no sería demasiado dura ya que nos dejaría tres opciones: beber agua mineral sin gas, con mucho gas o del grifo. Ya se sabe, lo descubrió Mark Twain y hay que divulgarlo para que todo el mundo se tranquilice, que el agua, si se bebe con moderación, no tiene por qué ser dañina.

En mi opinión, las cuentas de Elena están mal hechas. Los miembros de nuestra clase política, que es inferior a cualquier otra, tienen muy cortas miras y no prevén el futuro. Si bien es cierto que algunas enfermedades asociadas con el tabaquismo le cuestan un dineral al Ministerio de Sanidad, el Estado gastará mucho más cuando una vida sanísima nos haga estar aquí más tiempo. Habrá que construir más asilos y más residencias para ancianos que no tosan. A algunos, el Alzheimer les impedirá rememorar los tiempos en los que fumaban y eran felices.

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