VUELTA A LAS ANDADAS

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

ESTO de las andadas tiene guasa. La frase se me vino inmediatamente a la cabeza cuando escuché unos lamentables comentarios. Como todo el mundo sabe, el dicho alude a reincidir o volver a caer en un vicio o mala costumbre que ya se había abandonado. Pero 'andadas' merece un comentario. No tan elocuente como el de Melendi «Andadas que no valen nada; Andadas que das por sentadas»· pero más cargado a la gramática, una de mis pasiones. El participio, que estudiamos como una forma verbal impersonal, asume el carácter, generalmente, de adjetivo, aunque en este caso es sustantivo lo que ya es menos frecuente. Y como parte variable de la oración está expuesto a los cambios de género -muy importante en estos tiempos- y número: la niña perdida, las niñas perdidas, el diputado elegido, los diputados elegidos... Iba a decir el político corrupto pero me iba a meter en otro jardín, no por lo de la corrupción sino por lo de los participios irregulares que siempre me sumen en la duda: frito o freído, confuso o confundido, converso o convertido, impreso o imprimido, provisto o proveído, etc. Hay veces que el irregular se ha comido al regular: roto y rompido es el paradigma. A pesar de la definición académica, me atrevo a afirmar que no tiene la significación obligada de volver a experiencias desagradables del pasado. No todas las reincidencias son malas en sí. Puede perfectamente retornarse a un hábito admirable, la lectura, la asistencia a conferencias o espectáculos, el baile, el estudio. Pero la frasecita se usa generalmente para reprochar a alguien por algo que había abandonado y vuelve a caer en ello porque si se ha dejado, por algo será.

Lo curioso es que 'andadas' no se usa casi para nada más que para el dicho. Ya nadie lo utiliza para significar hijastro ni para denominar la ropa usada o gastada -ya casi no existe tampoco, la renovamos constantemente- y tampoco casi como sinónimo de transitado, aunque literariamente encontramos por ahí lo del camino andado para referirnos a las experiencias de la vida. El pensar que puede equivaler a ordinario o común es decimonónico como para aludir a una clase de pan.

Antes que se me vaya definitivamente el santo al cielo y me quede sin espacio voy a reclamar que es el propósito de estas líneas. Es que me he enterado que nuestro flamante vicepresidente -de la Junta quiero decir- designó a un Abogado para que desempeñase un importante cargo de confianza en su departamento. El nombramiento produjo críticas acervas y no porque se estuviese reincidiendo (vuelta a las andadas) en la designación de cargos de confianza, costumbre que me gustaría ver extinguida ya que la administración está dotada de funcionarios que la sirven ejemplarmente y casi siempre se bastan para atender todas sus necesidades. Aunque se entiende que si vienes de fuera, como los políticos que asumen, prefieres estar rodeado de amigos, conocidos y paniguados que te agradecerán la sinecura en lugar de tener que recurrir a los que estaban allí antes y que se sienten un poco dueños del cortijo. No, la crítica venía porque el Letrado, a quien no tengo el gusto de conocer, había defendido a determinados justiciables con los que la opinión pública no simpatizaba precisamente. A un Abogado se le puede criticar por la forma como desempeña una defensa, si lo hace bien o mal, si beneficia o perjudica a su cliente, si emplea los medios legítimos para conseguir su objetivo o no pero jamás por las condiciones de la persona a la que presta sus servicios, salvo que se identifique con ella y participe en sus actividades, esto es, que de defensor se convierta en parte. Es verdad que hay compañeros que se especializan en atender a determinados delincuentes y, por eso, el personal puede confundirlos con sus defendidos. En lo de la droga, por ejemplo, pero son casos excepcionales y nada ejemplares. No era el caso de este hombre que, dedicado al derecho penal, había patrocinado a algunos personajes objeto de crítica pero de ámbitos muy diferentes. Honestamente pensaba que ya habíamos superado esa etapa y ya comprendíamos que la Constitución consagra el derecho de defensa y que a todos, incluso a los más abyectos, les asiste y que no tenemos más remedio los que nos dedicamos a esto que asumirla.

Mi comentarista presumía de amistad con el nombrado. No me imagino lo que diría si no se la profesase.