CUANDO VOTAR SÍ ERA UNA FIESTA

JOSÉ MANUEL BERMUDO

Hoy hace cuarenta años que votamos la Constitución. Aquel día de 1978 se formaron grandes colas en los colegios electorales porque había necesidad de acudir a las urnas después de tantos años esperándolo. Antes de esta cita ya habían tenido lugar la de dos años antes para votar la Ley de Reforma Política, que se había aprobado antes en Las Cortes, y las primeras elecciones generales, en 1977, ganadas por la UCD de Adolfo Suárez.

En estas convocatorias se notaba que aún no estaba engrasada la maquinaria burocrática para agilizar el acto de depositar una papeleta en una urna. Los censos eran unos listados con numerosos fallos que impedían encontrar los nombres de todos lo votantes para que supiera en que mesa les tocaba ejercer su derecho. Las reclamaciones posteriores fueron numerosas y no existía esa tarjeta censal que ahora te llega a casa unos días antes de las elecciones. Sin embargo, el porcentaje de votantes era significativamente mayor del que se registra ahora, donde la abstención es casi la mitad del censo. En las elecciones de 1977 hubo electores en Marbella, Estepona o Málaga que permanecieron en una cola más de tres horas con su papeleta en la mano, armándose de paciencia y aguantando el cansancio y el calor del mes de junio. Incluso antes de que abrieran los colegios ya había en algunos de ellos más de cien personas esperando. Votar era toda una victoria, porque algunos, cuando llegaban al final se encontraban con que su nombre no aparecía por ningún lado. Para evitar cualquier incidente, las autoridades autorizaron que los colegios no cerraran hasta que no se acabase la cola, por lo que algunos terminaron pasadas las diez de la noche, tal era la ilusión y las expectativas que tenían los ciudadanos tras haber sufrido una sequía de elecciones durante varias décadas. Hoy, no solo es impensable que se den aquellas circunstancias, sino que es posible que algunos jóvenes piensen que eran batallitas de sus abuelos.

Está claro que en cuatro décadas han cambiado muchas cosas y hoy se acude a los colegios electorales con la tranquilidad de no emplear más de dos minutos, como se ha podido comprobar en las autonómicas del pasado domingo. Los mecanismos funcionan casi automáticamente y se registran pocas incidencias, pero también es verdad que buena parte del censo se queda en casa. Habrá quien considere molesto tener que desplazarse hasta el lugar asignado, aunque sea al lado de casa, mientras que otros tienen otro problema: el de elegir a quién darle su apoyo. Unas cosas por otras nos hemos encontrado con un alto índice de abstención que sería curioso poder analizar por edades o situación económica, por ejemplo, para saber algo más de su actitud, aunque hay cosas que parecen bastante claras.

En aquellos años de primeras experiencias democráticas las únicas protestas que se produjeron tras la celebración de unas elecciones fueron las de aquellos que quisieron votar y no pudieron hacerlo por no figurar en un censo aún incompleto. Entonces no se pensaba que cuarenta años después, cuando se supone que la democracia ya estaba asentada y engrasada, se iban a producir manifestaciones al día siguiente de las elecciones en protesta por los resultados de las urnas. No son protestas por supuestas irregularidades, por no haber podido votar o porque no había papeletas, no, son protestas porque aquello que han decidido los que han ido libremente a votar no les ha gustado.

En algunas ciudades se han registrado incidentes violentos, con quema de contenedores o rotura de escaparates, porque a determinados elementos les ha dado la gana. Y esto si que es para reflexionar, sobre todo para que lo hagan estos radicales planteándose por qué las urnas han dado votos a los de signo contrario y en que forma han contribuido ellos a estos cambios. Pero habrá que hacerlo rápido, porque en pocos meses tenemos otros comicios y es ahí donde pueden arreglar lo que no les gusta, no sacando a relucir la violencia que, paradójicamente, dicen que rechazan...en los demás.

 

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