El votante perplejo

Para salir de la perplejidad ante el panorama político futuro, el votante debe hacer un ejercicio de prudencia, llegando, si es necesario, al altruismo

federico romero hernández
FEDERICO ROMERO HERNÁNDEZJurista

Ante la inminente etapa preelectoral que se nos avecina, acaba uno descubriendo que la actividad política actual –¿o siempre ha sido así?– consiste en la constante búsqueda del enemigo contra el que más interesa abalanzarse para justificar y afianzar las propuestas y posiciones propias. Es conocido que en los regímenes totalitarios la propaganda de Estado utilizaba la oscura sombra de un contendiente, real o ficticio, para forzar la cohesión interna y las adhesiones inquebrantables.

Así, ante las inevitables confrontaciones, todo vale como arma arrojadiza, y las acusaciones de corrupción política, económica, social y hasta las corruptelas académicas (que desde luego denotan el talante del acusado) sirven para la descalificación del contrario. Con esto no pretendo fijar la atención del lector en algo que, por desgracia, resulta obvio, sino más bien apelar a la importancia del perfil humano de los eventuales candidatos de cara a la credibilidad y solvencia de sus respectivos programas electorales.

Digámoslo ya: ante el espejismo del atractivo físico, lo que de verdad importa es la estatura moral de quién va a representarnos tras los correspondientes comicios. Ante la aparente apostura, lo relevante es si, tras las palabras de unas promesas electorales, hay verdaderas imposturas. Finalmente, ante los utópicos cantos de sirena de unos programas plagados de incongruencias, rupturas y derribos, resulta imprescindible descubrir dónde están los verdaderos proyectos constructivos edificados desde el realismo.

Para resolver la situación derivada de la confusión de los respectivos mensajes de la inminente entropía debemos evitar que las muchas veces emocionales, o interesadas, decisiones nos impidan ver 'lo que de verdad importa', que no es otra cosa que el bien de nuestra ciudad, de nuestra autonomía y de España; y no el que ganen los nuestros, con adscripciones insuficientemente contrastadas. España es un gran país (no necesitaba que me lo dijera 'The Guardian') y, a pesar de sus sombras, «esta democracia es el mejor periodo de nuestra historia», ha dicho literalmente Nicolás Sartorius en su entrevista en un reciente XL Semanal.

Y opino con él que los actuales ataques a la Transición y a la Constitución de 1978, verificados por quienes no han vivido la pelea por traerla desde las universidades, las fábricas y los barrios y olvidando que fue el pueblo, y no solo el Rey, quienes tal cosa hicieron, o hicimos, forma parte de la peligrosa corriente secesionista en Europa y de una táctica interesada de constituirse en salvadores de lo previamente destruido por ellos mismos. No es de recibo permitir «esta estrategia de algunas fuerzas políticas para llegar a un nuevo proceso constitucional», como ha dicho Francisco Vázquez. Porque ante la incertidumbre de los resultados de las próximas elecciones, lo que no tendría remedio de cara al futuro sería entregar nuestro país a aquellos radicales e independentistas que quieren destruirlo, desmembrándolo y convirtiéndolo en una regresiva república soviética, al rancio estilo de etapas gracias a Dios periclitadas. Se está empezando a echar de menos un partido socialdemócrata, que fue, como también ha dicho Paco Vázquez, un pilar esencial de la Constitución que ahora se pretende revisar en lo esencial. Como hemos repetido reiteradamente desde este rincón, no pretendemos petrificarla, pero tampoco podemos permitir que se llegue a desvirtuar de tal manera que lo tan difícilmente consensuado en sus aspectos fundamentales quede tan difuminado o trastocado que lo conviertan en instrumento jurídico distinto.

Quienes, con el fin de dividir a los españoles para que venzan sus espurios intereses, difunden mentiras históricas y provocan algaradas no se dan cuenta que, en el futuro que se avecina, va a ser precisa una España cohesionada que afronte retos difíciles y previsibles, siendo a la vez una democracia moderna y bien asentada. Uno de los pilares es un poder judicial libre e independiente capaz de crear seguridad jurídica. Comprendo que en la cuestión de la hipotecas resulta difícil determinar el concepto de beneficiario o resolver el arduo problema de las retroactividades. Entiendo que dilucidar si en el 1-O hubo sedición o rebelión acaba remitiendo a conceptos jurídicos difíciles de establecer como puede ser si existió verdadera violencia. Pero este, ahora, es un debate jurídico que no debe estar contaminado con injerencias políticas. Y en el ámbito económico la crisis que eventualmente se sitúa en el año 2020 no puede afrontarse con un PIB desacelerado y una deuda pública creciente hasta niveles peligrosos.

Los retos a los que acabo de aludir exigen 'seguridad', que es un bien público con efectos indudablemente benéficos para nuestra sociedad y la convivencia dentro de ella. Y estar mirando al pasado del franquismo y de la Transición no aporta nada para poder alcanzarla, sino más bien para enturbiarla. Es por ello que para salir de la perplejidad ante el panorama político futuro, el votante debe hacer un ejercicio de prudencia, llegando, si es necesario, al altruismo.

 

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