Volver a empezar

Te alejan de nosotros unas plaquitas que se han instalado en tu cerebro sin previa invitación

Pedro Moreno Brenes
PEDRO MORENO BRENES

El tiempo deteriora las capacidades físicas, y aunque este camino tiene su fin, me gustaría pasarlo con la plena capacidad para disfrutar de los seres queridos el máximo de tiempo y con un reconocimiento mutuo que garantice que los recuerdos no se van al garete a los 5 minutos por esa guadaña de la memoria que tiene nombre alemán. El mal de Alzheimer es una forma de demencia que mata poco a poco al cerebro reduciendo su potencialidad al mínimo, con el consiguiente deteriora del resto del cuerpo del afectado. Además, es un borrador implacable del tiovivo de rostros y emociones de los que hablamos un mismo lenguaje formado por el amor mutuo acumulado desde la cuna, pero también es un formidable generador de solidaridad, encarnada en los cuidadores, los verdaderos héroes de esta tragedia.

El autoengaño tiene su recorrido, te sirve para aplazar o en su caso atenuar el dolor. Permite dotar de convicción las respuestas ante las preguntas bienintencionadas que recibe todo pureta de turno sobre la salud de sus mayores. Llevamos varios años con el consuelo de saber que su aceptable salud física compensaba esos ya lejanos despistes esporádicos, en un proceso que esperábamos que fuera lento y poco dañino. Un mal día nos llevaba al derrotismo, pero siempre venía una racha de optimismo ante una prodigiosa muestra de memoria. Pero esa son las reglas del juego de este muro que cada día crece entre tu cerebro y nosotros. Combina momentos de desconcierto en tu cara ante sitios y personas que no reconoces, para pasar en 5 minutos a contar con todo detalle lo que te decía tu maestra en el colegio o recitar una poesía que aprendiste en tu niñez. Es nuestro mundo al revés mamá, los que siempre te hemos tenido, junto con papá, como apoyo y consuelo en los momentos vulnerables, ahora tenemos que asistir a este paulatino deterioro de lazos trazados por el mayor amor que la naturaleza conoce, el que nos has dado desde que nacimos. El desgarro de enterrar a tu marido y a un hijo te tambalearon, pero lo que te aleja sin querer de nosotros son unas puñeteras plaquitas que se han instalado en tu cerebro sin previa invitación. Cada encuentro es un reto al desconsuelo, sabes que de esas risas y felicidad que observas en su rostro no quedará rastro en su cabeza apenas pasen unos minutos, sabes que estás perdiendo a tu madre en vida. Todo es volver a empezar, buscar el punto de conexión que permita pasar del momento desgarrador en el que le preguntas a tu nieta quién soy yo, al instante mágico en el que te dice que ¡cómo no va a saber quién es su hijo! No podemos hacer nada para derribar este muro, pero haremos todo lo necesario para que no te falten las caricias y el cariño que siempre recibes risueña, aunque a veces no seas capaz de ponerle nombre a las fotos del salón de tu casa.