Violencia

Cada fin de semana hay peleas y broncas en las áreas de diversión. El último la cosa llegó a batalla campal

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Oí a algunos viejos periodistas que la verdadera noticia sería que un niño le mordiera a un perro y no al revés. En este caso no fue así. La cosa fue más tradicional, y por tanto más dramática. Un perro le mordió en la cabeza a un niño de siete años en una piscina. De este modo ese perro se sumaba a una corriente de violencia que con distintas variantes parece haber pasado como un viento negro por estas tierras dando la sensación de que a veces la vida quiere parecerse al pequeño museo de los horrores que era 'El Caso', aquel brebaje periodístico con el que nuestros padres y abuelos se envenenaban. Un brebaje compuesto a partes iguales por dosis de sangre, sentimentalismo y tremendismo.

En Málaga, cada dos días un profesional de la sanidad es atacado por un paciente. La hidrofobia, la rabia, quedó erradicada hace mucho tiempo, pero se ve que el resto de las enfermedades son portadoras de algún tipo de virus que lleva incorporado aquel viejo germen. Las listas de espera, los inevitables descuidos profesionales y el trastorno emocional que acarrea una enfermedad pueden ser los detonantes de esa nueva manifestación de la rabia, pero en cualquier caso el fenómeno es alarmante. Nuestra sanidad, a pesar de los recortes y la precariedad a la que se ha visto sometida, sigue estando entre las mejores del mundo, y eso básicamente se debe al esfuerzo de los profesionales del sector, que han suplido con su entrega las lagunas económicas.

Un día sí y otro no aparece la rabia por algún centro de salud en esta provincia. Cada fin de semana hay peleas y broncas en las áreas de diversión. El último la cosa llegó a batalla campal. Aquí ni la falta de medios ni de partidas para la investigación ni la lista de espera para que el camarero sirva una copa sirven de coartada para la violencia. La cosa es mucho más básica aunque tal vez tenga también un trasfondo hormonal. Machos queriendo aferrarse a su condición de primates dominantes sin poder controlar las efusiones que bombean por los más recónditos recovecos de sus atávicos cerebros. Si los viejos quieren dormir en sus madrigueras que se jodan. Si la policía quiere poner orden y hay batalla la diversión sube de rango. Tribu y palos. Estas criaturas no conocieron aquellos ecos escabrosos de 'El Caso', pero tratan de emular su esencia. Ellos y esos tipos que el otro día asaltaron un banco en el polígono Guadalhorce y rociaron con gasolina a una empleada amenazándola con prenderle fuego. Menos de 500 euros fue el botín. Como si hubiera sido un millón. Ese es un viento sucio, un aire podrido que se expande sutilmente y que, en contra de lo que muchos argumentan, no tiene que ver con el cine o los juegos virtuales de guerra. Esas cosas, sencillamente, remiten a lo mismo. Al mismo germen. Al hombre mono que muchos parecen empeñados en no abandonar en la cuneta de la Historia.