VIENEN PARA QUEDARSE

VIENEN PARA QUEDARSE

LAS SOCIEDADES EXTRANJERAS Y FONDOS DE INVERSIÓN PONEN SUS OJOS EN EL NEGOCIO DE LOS ALQUILERES TURÍSTICOS, UN SECTOR QUE TIENE UNA INFLUENCIA DECISIVA EN LA ORGANIZACIÓN DE NUESTRAS CIUDADES

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Debe haber muy pocos ciudadanos españoles, y es incluso probable que no exista ninguno, que no haya tenido al menos una vez en su vida una experiencia frustrante al hacer alguna reclamación telefónica con una compañía de servicios. Desde un tiempo a esta parte, y de la mano de las tecnologías que han abierto como nunca antes el abanico de lo que podríamos llamar economía telemática, las empresas han renunciado el contacto humano con sus clientes y los consumidores se encuentran una y otra vez con el teléfono convertido no en un instrumento para la comunicación, sino en un muro infranqueable contra el que chocan todos sus derechos. Muchas empresas han encontrado en la modernización la coartada perfecta para pisotear los derechos de sus clientes y multiplicar sus beneficios con la estrategia del aburrimiento. Sólo los más persistentes y los que están dispuestos a destinar tiempo a ello, consiguen en alguna ocasión no ser avasallados por aquellos en los que en algún momento depositaron su dinero y su confianza.

Esta situación se producía inicialmente con las empresas de telefonía, pero con el tiempo la práctica se ha expandido a la banca, la televisión de pago, las ventas por internet o los servicios de suministro básicos como agua, energía, gas o internet. Deberíamos echarnos a temblar si esta situación llegara algún día al sector turístico. No ya como consumidores, sino también como destino, deberíamos tener cuidado de que semejante despropósito llegara a producirse. El turismo es un negocio que funciona esencialmente por el prestigio que otorgan las experiencias individuales de sus clientes. La satisfacción de quien ha pagado no debería jamás estar supeditada a un operador telefónico que trabaja, manual en mano, quién sabe desde dónde.

Durante muchos años, a finales del siglo pasado y principios de éste, los hoteles veían una amenaza en el llamado turismo residencial, los turistas que después de repetir varias veces en el mismo destino acababan adquiriendo una vivienda. Este fenómeno tuvo su auge durante la época de la burbuja inmobiliaria, a la que contribuyó decisivamente. Aquello suponía, es verdad, una amenaza contra el sector hotelero, el que más empleo directo genera, pero por otro lado creaba una fidelización en el destino que también acababa aportando a la economía de la zona. Durante los peores años de la crisis, los turistas que siguieron viniendo porque ya tenían su vivienda en la Costa del Sol contribuyeron a que el quebranto no fuese mayúsculo.

La aparición de las plataformas de alquiler de viviendas turísticas hizo que la situación diera un nuevo giro. Quienes ya contaban con una segunda residencia vieron que podían comenzar a alquilarla con cierta facilidad durante los meses en los que no la utilizaban e incluso, sobre todo en Marbella, los extranjeros cuya época de estancia en la Costa del Sol podría denominarse 'contra-temporal', es decir, que pasan aquí el invierno y se marchan a sus países en verano, también comenzaron a alquilar sus viviendas en la época de mayor demanda, con lo que descubrieron una interesante vía de ingresos hasta entonces desconocida.

Quien no se haya preocupado hasta ahora en profundizar acerca de cómo ha quedado conformada la estructura del sector de las viviendas de alquiler turístico podría suponer que sigue siendo tal y como comenzó, compuesta principalmente por familias con una segunda residencia que la alquilan cuando no la utilizan o por jubilados extranjeros que vienen a la Costa del Sol a pasar el invierno y que sacan un ingreso extra cuando regresan en verano a sus países de origen. No es así, o al menos no es solamente así.

El alquiler de viviendas turísticas se ha convertido en un negocio a gran escala en el que más de la mitad está en manos extranjeras y donde empiezan a tener un peso creciente los fondos de inversión de los más diversos orígenes geográficos. La gestión supuestamente profesional pero ciertamente despersonalizada de estos inmuebles ya está generando en muchas ocasiones la misma indefensión no ya en los consumidores, a lo que ya se llegará, sino sobre todo en los vecinos de los inmuebles contiguos, que cuando se producen problemas de ruidos u otros incidentes que afectan a la convivencia no encuentran a quién reclamarle.

Un estudio de la Consejería de Turismo señala que el 50 por ciento de las viviendas turísticas de la provincia de Málaga está en manos de extranjeros, pero en Marbella, la principal plaza de la provincia ese porcentaje es mayor, con un número creciente de inmuebles pertenecientes a sociedades limitadas y entidades extranjeras.

Esta situación es importante porque las viviendas turísticas no sólo son una realidad con la que estamos obligados a convivir y que ha venido a revolucionar la vida del sector. No solamente han llegado para plantear un serio órdago a los hoteles que, no debemos olvidarlo, siguen siendo los principales generadores de empleo y la referencia indispensable de un destino que aspira a mantenerse en el nivel máximo de calidad y en el segmento más alto de precios. Las viviendas turísticas también son un desafío a la organización comunitaria de nuestras ciudades, a su urbanismo, a sus espacios públicos compartidos, a sus transportes, a sus servicios. Su presencia ha alterado de una forma determinante la posibilidad de acceso a la vivienda de los vecinos que viven y trabajan aquí.

Hasta ahora este fenómeno se había producido en las grandes ciudades, donde los vecinos de los centros históricos eran expulsados a los suburbios, pero también se está produciendo en Marbella, donde empieza a producirse un desplazamiento hacia la periferia y a municipios vecinos. En una ciudad en la que la movilidad comienza a ser su gran problema, esta migración está creando un problema que debe atajarse antes de que sea demasiado tarde.

Hay que actuar. Se escuchan propuestas.

 

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