Viaje al fin de la noche

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

'Viaje al fin de la noche' es la más famosa de las novelas del polémico escritor francés Ferdinand Céline, en ella se describe, con nocturnidad y alevosía, la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial. Se describe minuciosamente el clima moral de Francia y sus colonias, sus grandezas y sus miserias en la terrible década de los 30 del pasado siglo. Céline narra distintos mundos, y lo hace sin ningún solapamiento ético. Y ensalza a los noctívagos: «La noche -escribe- es la guarida de los que no desean que el sueño les destruya»; yo me considero un noctámbulo empedernido, la noche me fascina por mi naturaleza insomne e inquieta. Por la noche escribo, leo, estudio, y disfruto de placeres, que el día, y más aún el día malagueño, con su demoledora irradiación me hace difícil. Confieso que muchas de las noches de mis últimos treinta años las he pasado, con mayor o menor intermitencia, en el mítico bar Onda Pasadena, situado en Gómez Pallete, 5, esa pequeña calle situada entre la plaza de la Merced y el Teatro Cervantes. Hace unas semanas cerró y lo he sentido como una pérdida cercana. Ya son dos pérdidas si sumo a la clausura del Onda el de Aduana Vieja porque su responsable, mi recordada Alexia, hace dos años decidió marcharse para siempre. Aseguran que los establecimientos donde se mezclan música, conversación, y los buenos licores, son como cajas de Pandora a través de las cuales se esfuman todos los males y en el fondo sólo permanece la certeza de vivir. Onda Pasadena estaba regentado por un amigo mío, José Daniel Jiménez del Paso, popularmente conocido como Dani, que se ha marchado sólo del establecimiento y que continúa impartiendo clases de física en la universidad, y que además mantiene la misma curiosidad intelectual que poseía el primer día en que lo conocí, curiosidad intelectual a la que añade una conversación poderosa, rica y versátil. Además, Dani siempre ha sabido escuchar, por ejemplo, al que suscribe, con esa tendencia a la elocuencia manierista que, a veces, me caracteriza. Pero uno de sus sonoros fracasos ha sido no lograr que aprendiera a jugar al billar en la mesa de snooker con tapete verde de la planta de arriba. He experimentado una dilatada escala de sensaciones en Onda Pasadena. He hecho buenos amigos, y también, hay que decirlo, he discutido y he tenido desagradables percances cuando se ponía especialmente canallesca su faz de garito. No es de extrañar, como en la vida fuera del Onda.

Pero ahora ha cerrado y el hecho cierto es que el centro histórico de Málaga pierde una pequeña capilla laica donde la bohemia cultural se reunía y se divertía, se ofrecían conciertos de buenos intérpretes de clásica, jazz, rock, pop, indie, y hasta el inefable Miguel de los Reyes realizó su famoso paseíllo en la tarima de nuestro querido Onda Pasadena al que hemos peregrinado durante tres décadas, se dice pronto, sin perder la esperanza.

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