Es más verde el césped del vecino

Ahora se habla de migrantes suprimiéndose el prefijo que diferenciaba pero que solamente representaba dos puntos de vista para la misma cosa

NIELSON SANCHEZ-STEWART

Ya escribí una vez sobre esto pero la cosa se pone peor y creo que se justifica el reincidir. Antes se hablaba de emigrantes e inmigrantes. Eran las dos caras de la moneda porque quien dejaba su país entraba a otro y adquiría ese doble carácter. Mientras al emigrante le cantaba Juanito Valderrama y nos emocionaba hasta las lágrimas aquello de mi España querida que llevaba metida, al inmigrante se le miraba con cierta desconfianza y se esperaba su reacción antes de formular un juicio definitivo. Para evitar estas diferencias ahora se habla de migrantes suprimiéndose el prefijo que diferenciaba pero que solamente representaba dos puntos de vista para la misma cosa. Así, por ejemplo, la OIM. Migrante es el que migra y migrar te lo remite el diccionario a emigrar, esto es abandonar de manera más o menos definitiva el país, la ciudad o la región donde se ha vivido. Mientras emigrar se recoge, inmigrar todavía no, me parece. A pesar de eso, las cosas han cambiado y no sólo la terminología. El emigrar era un fenómeno individual que afectaba al interesado o cuando mucho a su familia y entorno cercano. Era contagioso porque las experiencias se comentan y se trasmiten: vente a Alemania Manolo pero en cualquier caso cada uno era el que decidía. Cuando el traslado era colectivo o multitudinario no era una emigración, era una invasión. La invasión era repelida o triunfaba y cambiaban las cosas. Los godos y sus diversas familias, «visi», «ostro», no fueron migrantes, ni los suevos, ni los alanos, ni los vándalos: invadieron, antes lo habían hechos otro montón de pueblos, romanos, cartagineses, y después, otra pléyade, árabes, beréberes, en fin. Ahora no se habla de invasores, es políticamente incorrecto. Se habla de refugiados y de solicitantes de asilo.

En mi carácter de emigrante, hijo y nieto de emigrantes tengo gran simpatía por aquellos que en momento de su vida dejan su ambiente, a veces desagradable, otras insoportable y se deciden a asomarse a un mundo donde no saben lo que les espera. A mi entender el que demuestra esa inquietud, en lugar de echarse a morir donde está aposentado, contribuye al progreso de su tierra de acogida porque generalmente se esfuerza más que el indígena que no tiene que demostrar nada. Las experiencias son innumerables y están por doquier. Solo me parece que hay algo que debe exigirse como natural y obvio: que procure adaptarse a su nuevo ambiente y no pretenda imponer sus costumbres por muy respetables que sean. España es un país de larga tradición en esta materia porque, además de acoger a muchas etnias, pobló un continente que mantiene al país en su corazón y le llama madre y también porque Europa fue bendecida con legiones de compatriotas que contribuyeron decisivamente al progreso de esos países y, de paso, enviaron el dinero a sus familias que les permitió sobrevivir. Hoy las cosas no son como solían ser. Muchos migrantes han decidido entrar al país por las buenas, sin papeles ni engorrosos trámites administrativos. Leo que solo este año que ya expira han ingresado cuarenta y cinco mil. Muchos me parecen aunque también dicen las estadísticas, ya se sabe que sirven para todo, que los que entran así son una minoría dentro de un conjunto numerosísimo. También que la mayor parte se va y que el saldo final es negativo. Hace ahora treinta años que murió el primer migrante en esa tumba colectiva que es el Mediterráneo. Desde entonces han sido miles los que han perecido en su intento pero muchos más han conseguido triunfar en su empeño de una manera algo desordenada. No estamos preparados para esta absorción en masa, de sopetón. Siempre me he temido que un día se presenten en Marbella, cincuenta o cien pateras. No sabría qué hacer.

Pero lo que más me preocupa en este momento, no sólo es la salida de personas descontentas de Venezuela, sin pasaporte porque no se los expiden a pesar de sus ruegos, sino el destino de esas interminables caravanas que comenzaron en San Pedro Sula y que ya van por Chiapas o más allá que busca entrar a los Estados Unidos. No quisiera estar en los zapatos del hijo del emigrante que, olvidándose de esa circunstancia, puede enviar el ejército.

Porque aquello no es una caravana: es un éxodo.

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