Algunas verdades sencillas

Ni las generaciones futuras ni la misma UE nos perdonarían que no se pusiera freno a este lobo con piel de cordero que es esta versión del nacional-socialismo a la catalana

FEDERICO SORIGUER
FEDERICO SORIGUERMédico y Miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias

Con frecuencia remito a mis amigos y conocidos alguna noticia o artículo que he leído en la prensa. Parto de la idea de que lo que me ha resultado interesante también lo puede ser para mis amigos. Ahora sé que es una idea equivocada pues algunos me han pedido que los borre del directorio, bien porque discrepan radicalmente de las tesis de los artículos, bien porque están hastiados del monotema. Y el monotema es, claro está, la cuestión catalana. Y es a estos últimos, a los hastiados del monotema, a los que va dirigido, una vez más, este artículo.

Desgraciadamente la situación ha llegado a un punto en el que entre independistas y no independentistas apenas si existen lugares de encuentro. Los independentistas son muy resilientes, que es una propiedad biológica de todos los seres animados. Frente a la resiliencia de los separatistas, el humano hastío de quien no entiende nada, de quien no comprende por qué no nos quieren, por qué no quieren continuar la convivencia civil y política que llevamos compartiendo desde hace tantos cientos de años. Frente a la épica revolucionaria de los independentistas, la no épica de la vida cotidiana del resto. ¿Cómo competir contra un sueño? ¿Qué importa la realidad si es la patria quien me llama?

Mientras en Cataluña tocan las campanas a rebato, la mayoría de los españoles están en otra cosa. Los sueños imperiales murieron con Franco y la democracia es muy aburrida. ¿Cómo explicar esa unión entre el más radical de los antisistemas con el más rancio de los capitalismos que gobernó y gobierna Cataluña? ¿Cómo ofrecer ninguna alternativa a esta quimera ideológica que encresparía la barba de Mark, pero también los bigotes de Keynes y del resto de los padres fundacionales del liberalismo, pero no los de Carl Schmitt? Porque ¿qué otra cosa es ese movimiento identitario sino una forma moderna de nacional-socialismo? Frente a esa unidad trans-ideológica teñida de fe en un destino manifiesto, los constitucionalistas ofrecen una imposible y civilizada desunión. ¿Habrá algo más tentador que dejarse seducir por la legitimidad de origen? ¿Qué hacer frente a la pretendida 'volonté générale' de un pueblo? Contra ese sueño fundacional poco puede hacer esa otra legitimidad constitucional, la única concebible, por otro lado, en un Estado de derecho, la rutinaria, triste y lenta legalidad constitucional.

Frente a los movimientos de masas, las banderas al viento, los cánticos, los himnos, las llamadas al pueblo único y unido frente a la barbarie colonial e imperial de los españoles, ¿qué se puede oponer sino el hastío? Dicen que se van porque no les queremos en España, porque lo han intentado mil veces y mil veces se les ha negado el pan, la sal y el cariño, dicen que el pueblo, en fin, ya ha hablado en la calle, en las urnas, en el Parlamento, y que la paciencia tiene un límite y que este límite ya ha llegado.

¡Qué historia más épica! ¿Cómo van a resistirse los jóvenes adolescentes catalanes a la llamada de la historia, de la sangre, de la identidad, de la injusticia? ¿Un movimiento insolidario el independentismo catalán? Ni hablar –dicen–, los insolidarios son los otros que no dejan que nos separemos. ¡No me hables de balanzas fiscales que es la hora de la historia con mayúscula! Imposible resistirse al victimismo, esa fuerza arrolladora de las sociedades líquidas de nuestro tiempo. Frente a la hirsuta España, la frágil damisela catalana tan culta, tal frágil, tan europea, tan oprimida a lo largo de los siglos. Así somos si así nos lo creemos. ¡Los españoles!, qué mal suena esta palabra a los oídos del joven independentista catalán. Ni la educación ni la política sirve ya para mucho.

¿Cómo explicar este fracaso colectivo entre gentes que han convivido durante siglos y construido juntos una comunidad política que fuera siguen llamando España? La educación. He aquí la clave dicen algunos. La educación como instrumento de construcción de una nueva identidad que necesita como todas las construcciones nacionalistas de un enemigo que encarne todas las ausencias que cualquier grupo humano tiene. Sin enemigo no es posible ninguna epopeya, ninguna construcción nacional. Frente a la grandeza épica del gran movimiento emancipador catalán, la vulgaridad ramplona de un país que ha roto con su pasado, incluido el franquista, hasta el extremo que las nuevas generaciones ignoran incluso cómo y quiénes trajeron a España la democracia. Sí, reconozcámoslo, tienen todas las de ganar los independentistas.

También Europa comienza a no ser lo que era. Ese proyecto supranacional hace aguas por todos lados pues está llena de demócratas pusilánimes, que ya han olvidado que Alemania destruyó en dos ocasiones Europa, que los ingleses son gente de poco fiar como se ha demostrado con el 'Brexit', que los holandeses no han olvidado la rendición de Breda, que los suizos pueden vendernos al mejor postor y que los intelectuales franceses nunca vieron en España sino un instrumento para emponderar sus propios egos. Así que aquí estamos frente a frente, como dos venados en celo, entrelazados por los cuernos, reconociendo nuestra debilidad y al mismo tiempo sin saber hacer de la necesidad una virtud.

La aburrida rutina de una sociedad democrática, la rigidez de la legalidad constitucional, la esperanza en una UE unida, la ingenua apuesta sobre la fraternidad y solidaridad entre las CC AA, el desdén, en fin, sobre el destino manifiesto de los separatistas no parecen armas lo suficientemente poderosas como para detenerlos. Pero habrá que armarse de paciencia pues son estas pobres armas las únicas que este viejo país tiene y las únicas que debe de emplear. Son armas de poca potencia de fuego cuyo manejo exige inteligencia, pundonor, y paciencia. No hay ninguna otra alternativa sino resistir. Ni las generaciones futuras ni la misma UE nos perdonarían que no se pusiera freno a este lobo con piel de cordero que es esta versión del nacional-socialismo a la catalana.

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