Un día cualquiera

Un día cualquiera

El desayuno de hoy va a ser más ligero que de costumbre porque mi jefe quiere que llegue media hora antes para hablar sobre su reunión con los socios y necesita que yo le tenga todo preparado

PABLO ANTÓN / FUNDADOR DE TALENT NETWORK

La alarma del despertador es horrible. La apago como todas las mañanas a las 6.30, pensando que tengo que cambiar de una vez por todas su tono y con la sensación de no haber cubierto las horas de sueño recomendables para el correcto funcionamiento de mi cuerpo y mi mente. Tambaleándome aún por el letargo, me levanto y ya en la ducha aprovecho para hacer el recorrido mental de lo que voy a ponerme y de lo que voy a preparar de desayuno para los niños y mi pareja, que aún sigue en la cama. El desayuno de hoy va a ser más ligero que de costumbre porque hoy mi jefe quiere que llegue media hora antes para hablar sobre su reunión con los socios y necesita que yo le tenga todo preparado: datos, todos los números al día e incluso un discurso de lo que tiene que decir. A veces pienso que quien debería ocupar ese cargo soy yo, pero por ser quien soy jamás podré llegar a ocuparlo. Me resigno y sigo preparando los huevos revueltos mientras grito a Isabel y a Rodrigo para que se salgan ya de la cama y vayan directo a la ducha. Todavía me quedan cinco gritos y un amago de castigo sin tocar la Play en toda la semana para que me hagan caso. Mi pareja ya viene bajando las escaleras y parece que tiene prisa. Sólo alcanza a beberse el café y darme un beso mientras abre la puerta de la casa para irse al trabajo. Cuando ya está fuera me doy cuenta de que se le ha olvidado la cartera y se la acerco a su flamante BMW que ayer cumplió apenas un mes. Mi pareja piensa que una persona que ostenta un cargo como el suyo en una compañía como la suya, necesita de un coche que esté a la altura de su categoría. Yo me conformo con mi pequeño utilitario, que me lleva a todos lados y que, pese a sus 10 años de vida, aún no ha pisado el taller. El bus de la ruta del cole de los niños ya está en la puerta, Isabel corre y saluda al conductor mientras se sienta en la tercera fila. Rodrigo tarda y necesita que yo le ayude a atarse los cordones de los zapatos. Ya de vuelta a casa respiro diez minutos de paz con la única compañía de este bendito silencio mientras me doy cuenta de que los huevos me salieron más salados que de costumbre. Pongo la lavadora, hago las camas y termino de arreglarme.

Mi móvil no para de sonar, es mi jefe que seguro se estará poniendo nervioso por la reunión de hoy y tiene que hacerse notar. Aparco, subo y entro a su despacho. Percibo en su cara una mezcla de impaciencia para que le entregue todos los documentos pendientes y cierta sorpresa por la ropa que llevo hoy. No, me equivoco, no es sorpresa lo que reflejan sus ojos sino lo de siempre, una mirada de frío deseo que me recorre todo el cuerpo y que una vez más me incomoda. Algún día se lo voy a tener que comentar, pero sé que ese día significará un antes y un después en mi relación con la empresa, por lo que mejor actúo como de costumbre; ignoraré todas estas pretendidas insinuaciones como si no fueran conmigo e incluso me convenceré de que son fruto de mi imaginación.

Frente a mi pantalla de ordenador donde juego al tetris encajando todas las reuniones que mi jefe tiene pendiente para el próximo mes, busco un hueco para que mi mente pueda volar un instante y me libere de esta horrible rutina administrativa. Es mi momento preferido del día, me imagino en un puesto de alta responsabilidad, con 5 personas a mi cargo y con asistentes que me lo hagan todo, hasta traerme el café cortado con un poco de leche, bien caliente y con dos azucarillos. El teléfono suena y me aterriza de nuevo en la realidad, es alguien 'muy cercano' a mi jefe que me pide que hoy se vean en otro hotel, el del miércoles pasado no le gustó.

Son las seis de la tarde, y me toca fichar, el tráfico está imposible y creo que voy a llegar tarde para recoger a los niños que ya habrán salido de natación. Rodrigo e Isabel tienen el pelo mojado, se ve que no se lo han secado bien y seguro se van a resfriar, cuando lleguemos a casa les daré un ratito con el secador a ver si entran en calor. Veo que mi pareja aún no ha llegado, se habrá entretenido en el trabajo o vete tú a saber dónde estará, mejor no enterarse, ya se sabe, el que busca, siempre...

Deberes de los niños, baño y cena son una rutina vespertina imposible de sortear. Después, ya en la cama vuelve el bendito silencio que sólo se ve interrumpido por los pasos de mi pareja subiendo por las escaleras con un sospechoso aliento a alcohol que avanza dos metros por delante. Cierro los ojos y me duermo. Por cierto, se me ha olvidado presentarme, me llamo Eduardo.

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