El último emperador

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Hay un rumor apagado en la Ciudad Prohibida. El recinto de los dioses vivientes está ocupado por el Gran Buda, que es como la llaman a la Señora del Tiempo que gobierna el país desde sesenta años atrás. Cixi, la eterna regente, ahora espera la visita de la muerte aferrada al sello supremo. Avanzada la noche, por fin, se oyó un hondo estertor y la estampida de los eunucos que se habían enriquecido a su costa. Una hora más tarde un niño era sacado de su cama y llevado al Pabellón Rojo; se llama Pu-Yi, tiene sólo tres años. A Pu-Yi lo acercan a su tía-abuela, le hacen meter la manita en la boca y extraer la perla negra; inmediatamente después Pu-Yi, asqueado, será ungido como cabeza de dragón, los deditos del niño arrojan la perla al suelo de mármol blanco y estalla en llantos. Aquel niño desconoce que su paso por la historia de China será convulso. Precisamente hace dos días murió Bernardo Bertolucci, director de 'El último emperador', una de las grandes películas jamás realizadas, que contó con diecinueve mil extras y una veintena de galardones. Bertolucci fue un artesano delicado y sutil que con cada entrega cinematográfica nos dejaba sin aliento, iba al tuétano de las cosas, viajaba a la verdad a través de pulcros emblemas que eran mucho más impactantes que el pulso narrativo: no sólo trataba de contar sino de provocar; sin ir más lejos, en 'Novecento', otra de sus joyas cinematográficas, un repulsivo Donald Sutherland estrella a un niño contra una columna y se queda tan fresco; en 'La luna', considerada, no entiendo muy bien por qué, como obra menor, la relación de una madre con su hijo adolescente, a golpe de arias operísticas, supera lo permitido; en 'El conformista', nunca descendió un protagonista del cinematógrafo a tanta bajeza moral; la escena de la mantequilla de 'El último tango en París', con la consecuente violación anal, intenta enfangar, hoy día, la carrera del genio. Es curioso, todo esto sucede cuando los tres protagonistas nos han dejado y cuando, al efectuar la crítica del filme, apenas se aborda la calidad de la cinta sino los desagradables recovecos utilizados por Bertolucci para motivar a la humillada María Schneider; en 'Soñadores', el incesto, la dependencia y el fraude ideológico van de la mano.

Pero volvamos a 'El último emperador', para mí su obra maestra. No sólo por la fotografía de Storaro, la banda musical de Sakamoto o la soberbia interpretación de Peter O'Toole, en esta película hay mucho más; se trata del declive de la dinastía manchú y de su régimen anacrónico anclado en los siglos de la fundación del Imperio, contado a través de unas imágenes deudoras de David Lean pero que sobrevuelan la magia con una puesta en escena que contó con el apoyo técnico de los mejores cámaras del mundo y con la solvencia de una mirada majestuosa. La caída de Pu-Yi, ralentizada en el paisaje de emperador títere de Japón en Manchukúo, sus perversidades y consortes, su arresto en el avión que le llevaba a no se sabe dónde, y su aparición final como jardinero que confiesa a una turista: Yo fui emperador de China, aún ponen los vellos de punta. Bien vale este y otros pequeños homenajes.

 

Fotos

Vídeos