¡Qué tropa!

El diálogo siempre es bueno salvo que, por inútil, dilapide tiempo y prestigio

PEDRO MORENO BRENES

Se cuenta que el Conde de Romanones, presidente del Consejo de Ministros en varios periodos durante el reinado de Alfonso XIII, acarició en su tiempo la idea de sentar sus posaderas en la Real Academia de la Lengua; el hombre pasó por el viacrucis de 'hacer campaña' pidiendo el apoyo, uno a uno, de los miembros de tan docta institución, asegurándole todos los académicos su apoyo. Mientras esperaba el resultado de la votación, su secretario le comunicó: «Excelencia, malas noticias, no hemos salido». Cuando el conde preguntó por el número de votos obtenido, le responden que ninguno, momento memorable en el que suelta: «Joder, ¡qué tropa!». He recordado esta anécdota al hilo del culebrón montado sobre la 'mesa de partidos' pactada en la reunión de Quim Torra y Pedro Sánchez el pasado 20 de diciembre en Barcelona y que, según Moncloa, ha de encontrar «puntos en común que saquen a la sociedad catalana del actual escenario de fractura». El revuelo político montado en torno a esta propuesta ha terminado con la ruptura de las conversaciones y con una manifestación convocada hoy para rechazar una mesa cuyas sillas parece que se quedarán vacías sine die. Por medio, la polémica sobre el dichoso relator. En los usos académicos, la palabra 'relator' viene a ser una traducción del 'discussant' en inglés, caballero o dama que en congresos y otras reuniones científicas concreta los aspectos esenciales de las ponencias presentadas. Pero puede que se estuviera pensando en una especie de fedatario, alguien que certifique lo que se dice, y en su caso lo que se acuerda, para evitar el habitual resultado de las reuniones enconadas: hay tantas reuniones como personas intervienen en la misma. En todo caso me parece un tema menor, ya que la pregunta es si hace falta crear un espacio paralelo a la Comisión Bilateral Generalitat-Estado que, según el artículo 183 del Estatuto de Autonomía de Cataluña, constituye el marco general y permanente de relación entre los Gobiernos de la Generalitat y el Estado.

Derrochando ingenuidad a doquier (para olvidar que la ley de presupuesto está pendiente del voto de los independentistas), se puede admitir, como mantiene el Gobierno de la nación, que no sobra ampliar el perfil político del diálogo mediante una mesa de partidos. Sin embargo, queda preguntarnos: ¿Y de qué hablamos? El diálogo siempre es bueno salvo que por su manifiesta inutilidad dilapide tiempo y prestigio, bienes escasos que han sido maltratados en toda esta polémica, ya que intentar hablar sobre el «actual escenario de fractura» es olvidar que no hay margen frente al pateo a la Constitución y que en democracia aplicar la ley no es una opción, es una obligación. Éramos pocos y parió la abuela, y animando el ambiente de crispación, Casado jubila la elegancia y buenas formas al confundir la legítima discrepancia con su elenco de insultos a Sánchez: traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, mentiroso compulsivo, ridículo. Lo dicho: ¡qué tropa!