Las tribunas de los pobres

Hay ciudades que se disputan con nuestra querida Málaga la palma de los primeros puestos en el 'ranking' en cuanto a lo de currarse el descanso vacacional

Las tribunas de los pobres
ANA SANZJurista y autora de teatro

Quienes vivimos en capitales turísticas lo sabemos: la mayor parte del espectáculo que ofrece la ciudad está en la calle. Ay, el aire libre malacitano en una mañana de cualquier mes del año con nuestro bendito clima, cuando lo único que hay que hacer es levantarse a la hora que fije el reloj biológico de cada uno, disfrutar de un chocolate con churros en la terraza de alguna callejuela del centro histórico y darse un garbeo por la ruta que más le apetezca de monumentos, tiendas, bares, gastrobares, sin olvidar las playas; degustar el típico espeto en algún chiringuito, regresar al hotel a descabezar una siestecita y hacer hora para volver a iniciar la ronda de noche por los locales de ocio malagueños, que son unos cuantos, antes de terminar un día de asueto que precede a otro parecido. ¿Quién puede asegurar que la vida del turista es relajada?

Hay ciudades que se disputan con nuestra querida Málaga la palma de los primeros puestos en el 'ranking' en cuanto a lo de currarse el descanso vacacional. Hoy me referiré a Nueva York. Cada vez que paso unas semanas en esa curiosa metrópoli me pregunto cómo viniendo de Málaga todavía me sorprenden algunas costumbres que observo en los turistas año tras año y también me pregunto cómo puede ser que personas de procedencia de todo el planeta repitan los mismos ritos en una especie de ceremonia que parece sacada de un plan de estudios para extranjeros cursados en una escuela para turistas. Es como si la experiencia viajera despertara una especie de inconsciente colectivo que aunara a personas de los cinco continentes en lo que se refiere a disfrutar de la vida de turista más o menos accidental.

Uno de los ritos miles de veces repetido en Málaga, bien es cierto que por visitantes y por los propios malagueños, es el que consiste en buscar sitio para ver el paso de las procesiones durante la Semana Santa en el remedo de anfiteatro de la calle Carretería en su confluencia con el Pasillo de Santa Isabel y la Rampa de la Aurora que, gracias a la creatividad local, fue bautizada con el sobrenombre de tribuna de los pobres. Y, en un feliz hermanamiento entre la ciudad que riega el Guadalmedina y la isla que bañan el East River y el río Hudson, ese mismo rito se repite a diario en el tramo donde se unen Broadway y la calle 47 de la cuadrícula de Manhattan.

Encontrar un hueco para ver durante unos segundos cómo pasa El Rico seguido de un preso indultado escoltado por millares de procesionantes en la madrugada del Miércoles Santo es casi misión imposible. Lo mismo sucede en algunos enclaves de la hermana ciudad de Nueva York. (Imagino que con lo amigables, cosmopolitas y gentes de corazón abierto que son los neoyorkinos no tendrán el menor inconveniente en que considere a estas dos ciudades unidas por los fraternales lazos del talante abierto y acogedor). De la dificultad para hacerse sitio en la escalinata roja del norte de Times Square les podemos preguntar a los millares de turistas que quieren hacerse un selfie a cualquier hora del día de cualquiera de los días del año, especialmente en la Nochevieja, cuando la noción de turista se diluye en la de vecino universal. Y muchos de los visitantes consiguen inmortalizar su sonrisa en la memoria de su celular. Proezas de turista.

Ja, ja, parece decir el que ha encontrado sitio y ve el espectáculo cómodamente sentado en esa macro platea al norte de Times Square. Ja, ja, se lee en la cara del que desde su atalaya y con una semisonrisa de triunfalismo vacacional luce como un turista afortunado en la singular megalópolis. Al pasar por delante de ese patio de butacas al aire libre dudo sobre si merece la pena utilizar el tiempo, siempre escaso para descubrir los secretos de la Gran Manzana, en conseguir una localidad a pie de calle para ver el desfile callejero y tener que soportar los rigores invernales de la intemperie en un clima continental. Quienes lo hacen en agosto dicen que es peor; el asfalto abrasa. Para gustos, los colores, que diría un castizo y, puestos a escoger, muchos turistas prefieren el color de la tribuna roja. Es una opción.

Anfiteatro improvisado en Málaga, platea escarlata en el centro de la capital del imperio; turistas a todas horas y vecinos del lugar que, por un rato, como si estrenaran la calle, quieren gozar de la fiesta colectiva. Es el canto al año que se fue en Manhattan en un coro de voces de todos los orígenes, razas, clase y condición; son los intérpretes del espectáculo que parece sacado de una superproducción hollywoodense en la calle Carretería cualquier madrugada de la Semana Santa; todos en pacífica pugna por ser dueños durante unos instantes de un metro cuadrado de calzada, escalera o acera donde extender el brazo para abrazar al novio, a la amiga o al aire, ¿qué más da?... y sobre el telón de fondo de la noche, salir guapa en el selfie de una de las tribunas de los pobres.

 

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